Carlos Baute y la historia de su fuga a los 11 años tras pasar por un liceo militar: “Mi papá no me habló un tiempo”

Instalado por estos meses en la Argentina como jurado de “Es mi sueño”, el cantante venezolano atraviesa un presente intenso entre la televisión, las giras y la grabación de un nuevo disco junto a músicos argentinos. En una entrevista con Infobae, recordó la dura experiencia que vivió en su infancia, habló de su familia y aseguró que, después de más de tres décadas de carrera, hoy su mayor orgullo es “haber criado hijos extraordinarios”

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Carlos Baute y la historia de su fuga a los 11 años tras pasar por un liceo militar: “Mi papá no me habló un tiempo”

Carlos Baute habla rápido, se ríe seguido y salta de un tema a otro con la misma naturalidad con la que hoy divide sus días entre la televisión, los viajes y la música. A los 51 años, el cantante venezolano sigue embarcándose en proyectos nuevos y disfrutando el camino. “Estoy feliz”, repite varias veces durante la conversación. Y alcanza con escucharlo un rato para creerle.

Instalado por estos meses en la Argentina en donde forma parte del jurado de Es mi sueño, divide sus días entre la televisión, una gira por España y la grabación de un nuevo álbum con un detalle inédito en su carrera: por primera vez trabaja junto a productores y músicos argentinos. “El único extranjero soy yo”, bromea. La conexión con el país tendrá además una nueva parada el próximo 2 de octubre, cuando regrese al Teatro Ópera con un show que combinará sus clásicos y algunas canciones de la nueva etapa. “Van a escuchar cosas muy lindas”, promete.

Pero si hay un tema que atraviesa toda la conversación es la familia. Casado desde hace 15 años con Astrid Klisans, Baute habla de la paternidad con la misma pasión con la que habla de la música. Recuerda cómo conoció a la mujer que inspiró varias de sus canciones más famosas, revive el original pedido de casamiento que le hizo sobrevolando Miami y admite que hoy sus prioridades son otras. “Me quedo con haber criado hijos extraordinarios”, asegura.

En esta entrevista con Infobae, Baute repasa la historia detrás de éxitos como “Colgando en tus manos” y “¿Quién te quiere como yo?”, recuerda la dura experiencia que vivió de niño en un liceo militar, reflexiona sobre Venezuela, el exilio y la distancia, y comparte una mirada íntima sobre el amor, la familia y el paso del tiempo. Una charla atravesada por la nostalgia, el humor y el optimismo de alguien que, después de más de tres décadas de carrera, sigue encontrando nuevas razones para ilusionarse.

—Bienvenido. Me declaro fan.

—Yo también

—¿Cómo va todo?

—Bien, haciendo de todo. Estoy grabando un programa de televisión acá en Argentina y está siendo una experiencia larguísima, pero espectacular. Además, aproveché para hacer algo que nunca había hecho: grabar un disco en Argentina. Estoy muy feliz por eso.

—¿Me contás?

—El único extranjero del disco soy yo. Todo lo demás es talento argentino. Conozco a los chicos hace tiempo, gente joven como FMK y Stanis. Les mandé dos canciones para probar, me devolvieron unas maquetas increíbles y cuando me di cuenta ya estaban haciendo todo el disco. Acabamos de lanzar “¿Quién mejor que tú?”. Estoy haciendo de todo.

—¿A quién se la escribiste?

—Esta no tiene nada que ver con mi vida personal porque habla de una propuesta con anillo. Yo no lo hice así. Cuando le pedí matrimonio a mi esposa le regalé un reloj. Estábamos viviendo en Miami.

—Vos ya eras Carlos Baute.

—Bueno, siempre fui Carlos Baute (risas), pero mi carrera empezó cuando tenía 13 años.

—¿Y a ella la conociste de más chico?

—Sí. Era la hija de mi abogado. Años después nos reencontramos de casualidad en un aeropuerto. Su mamá me pidió mi PIN de BlackBerry, empezamos a hablar y conectamos enseguida. Yo estaba terminando una relación larga y ella también acababa de separarse. Después de eso preferí esperar un tiempo prudente antes de avanzar.

—¿Prudentemente cuánto?

—Año y medio. Esperé que ella tuviese pareja primero porque estuvimos nueve años, era como un divorcio. Necesitaba hacer las cosas bien.

—¿Cómo fue la propuesta?

—Para su cumpleaños le tapé los ojos y la llevé al aeropuerto. Pensó que la iba a hacer saltar en paracaídas y estaba aterrada (risas). Pero era un paseo en helicóptero sobre Miami. Llevaba una botella de vino argentino y un regalo. Antes había hablado con el piloto para que pusiera “Me quiero casar contigo” cuando yo le hiciera una señal. Yo le había prestado mi reloj tiempo antes y le dije: “El día que te lo quite, te voy a pedir matrimonio”. Ya en el aire le entregué la caja, ella pensó que era un reloj, empezó a llorar, sonó la canción y le propuse casamiento. Fue bastante diferente.

—Estás dejando la vara muy alta.

—No hace falta hacerlo en un helicóptero ni en Miami. Lo importante es el gesto.

—15 años, tres hijos.

—Felizmente casados. Y cinco perros, una pogona –que es un dragón barbudo- y un poni.

—¿Cuántos años tienen tus hijos?

—6, 8 y 9.

—¿Les gusta lo que hacés?

—Yo creo que sí. Todos estudian piano por su cuenta. Dos además hacen ukelele y fue decisión de ellos. Mi hija hacía ballet y flamenco, pero este año decidió dejar ballet. Ellos eligen. Y eso que bailaba súper lindo.

—Ciencias exactas quiere (risas).

—Puede ser. Lo importante es que hagan lo que los haga felices. Ahora además comparten con su mamá la pasión por los caballos. Tenemos un Falabella, un pony argentino espectacular.

—¿Y ellos montan también?

—Sí, los tres. Y yo siempre digo: “Con lo fácil y barato que es andar en monopatín” (risas). Más allá de todo, pasar tiempo en el campo no tiene valor monetario. Estar desconectados de las tablets y los teléfonos es brutal, porque eso no es bueno para el desarrollo de su cabeza.

—¿Y al colegio van o se educan en casa?

—Van al colegio. Respeto la educación en casa, pero creo que los chicos necesitan convivir, jugar y compartir con otros. Las nenas son muy aplicadas y perfeccionistas como su mamá. Marco es muy inteligente, pero hay que empujarlo un poco más porque confía demasiado en su capacidad.

—¿Y vos cómo eras en el colegio?

—Igual que Marco. Había que empujarme, pero me iba bien. Mi hermana era mucho más aplicada.

—Entonces, ¿qué pesa más: inteligencia o disciplina?

—La disciplina. Puedes ser muy inteligente, pero si eres indisciplinado te termina pasando factura. He visto mucha gente brillante quedarse atrás por falta de constancia.

—Esfuerzo, disciplina, trabajo.

—Totalmente. La incorporé muy joven, cuando estudié en un liceo militar.

—¿Fuiste a un liceo militar?

—Sí, vivía en Caracas y me trasladé a Maracay. Fue una experiencia durísima. Te levantaban a las cinco de la mañana con una diana a limpiar tus zapatos, limpiar la villa, hacer las camas. O sea, tenías que estar listo en segundos. Vivir eso fue una locura, era una rutina muy exigente. No me gustó para nada, pero aprendí muchísimo sobre disciplina.

—¿Mandarías a tu hijo a un lugar así?

—Hoy no. En mi caso fui yo quien quiso entrar, tenía 11 años. Mi papá me advirtió: “Si entras, no vas a salir al mes porque te arrepientas”.

—¿Cuánto duraste?

—Cuatro meses. Y cuando quise volver, mi papá no me dejó. Me dijo: “Ahora búscate la vida”. Ahí estuvo su enseñanza como padre: “Usted aquí no regresa porque sus deseos, sus caprichos, fueron estos”. Por suerte, en esa ciudad vivía un tío –hermano de mi mamá- y me quedé con él hasta fin de año. Había entrado al liceo en agosto en orden cerrado porque antes del inicio de clases había que hacer instrucción y aprender varias cosas. Las clases empezaron en septiembre y en diciembre ya no aguantaba más. Entonces mi tío me anotó en el mismo colegio al que iban mis primos.

—Eras muy chico para que no te dejaran volver. ¿No te enojaste con tu papá por eso?

—No, hoy se lo agradezco. Pero voy a contar el cuento entero: me fui a los cinco meses del colegio y al mes, me fugué de la casa de mi tío. Un día aproveché que mis primos estaban viendo televisión, mi tía se quedó dormida en el sofá y mi tío estaba trabajando. Me fui solo a la terminal de autobuses decidido a volver a Caracas, tenía 11 años. Me dicen: “Usted es menor de edad, no puede ir sin representante”. Tampoco tenía plata. Me dijeron que me fuera en taxi pero peor, veinte veces más caro porque estaba a dos horas de Caracas. Volví llorando porque sentía que no tenía salida. Una semana después junté un poco más de dinero, aunque seguía sin alcanzarme. Pensé, analicé todo y me fui vestido de militar, me puse a llorarle a un taxista con una mentira piadosa: que mi abuelita estaba en el hospital. El tipo se apiadó y aceptó llevarme. Cuando llegué, mi abuela abrió la puerta y me dijo: “¿Muchacho, qué hace aquí?”. El señor se dio cuenta, bajé con el dinero, le pagué y me fui. Mi papá se enojó, no me habló un tiempo, pero entendió que quería estar con mi familia.

—¿Estaba tu mamá también en ese momento?

—Sí. Mi papá fue muy duro, pero estuvo bien. Es importante que te enseñen que no todo funciona como uno quiere. Ahí aprendí lo que era la disciplina. Creo que esto nunca lo había contado.

—¿Qué Venezuela era en ese momento?

—Una Venezuela completamente distinta. Imaginate haber hecho todo eso con 11 años. No sé si hoy podría hacerlo. De todos modos, la experiencia en el liceo militar fue durísima. Yo no creo que haya que maltratar a las personas para enseñarles disciplina. Nunca me pegaron, pero eran muy agresivos con las exigencias y muchas situaciones resultaban humillantes.

—Quiero volver a Astrid y a los chicos. Regresás después de meses trabajando en Argentina. ¿Llegás a casa y te hacés cargo?

—Claro. Ahora vivimos en Madrid y lo primero que hago es decirle: “Tomá las llaves, andate con tus amigas, andá a montar a caballo al campo”. Y me encargo de todo: llevarlos, buscarlos, hacer de papi-taxi. Cuando tienen actividades extraescolares, mi agenda pasa a ser la de ellos, multiplicada por tres.

—Hay un reencuentro de la pareja también.

—Sí, totalmente. A la noche, cuando los chicos ya están dormidos, salimos a cenar o hacemos algo juntos.

—Llegás vestido de Tarzán.

—Hacemos cosas divertidas (risas).

—Astrid te espera con todo nuevo.

—Hermosa.

—Ahora el salto del tigre.

—Yo le pregunto qué quiere hacer, qué le apetece, dónde quiere ir, qué quiere cenar. Lo que ella quiera.

—Viaje en helicóptero, reloj...

—Lo que quiera. Es una valiente. No es fácil hacerse cargo de tres chicos, de la casa y de todo lo demás.

—¿Cómo fue el ensamble de tus tres hijos con su hermano mayor?

—Espectacular. No imaginé que fuera tan fácil.

—¿Pensaste que iba a costar más?

—Sí, porque él ya era grande, pero los niños lo aman. Fue natural. De hecho, ahora que estoy en Argentina pasó bastante tiempo en casa ayudando a Astrid. Hace unas semanas fue la comunión de uno de los chicos y eso sí me lo perdí. Mi hija de seis años tuvo una carrera solidaria en el colegio y su hermano pudo verla, pero yo no. Hay cosas que duelen. Intento estar en los acontecimientos importantes, pero la televisión demanda una presencia muy distinta a la de las giras, donde voy y vengo constantemente.

—Pero hay un vínculo que funciona entre ellos aunque vos no estés.

—Sí, se aman. Astrid ayudó muchísimo. Es una gran persona. Y mis suegros también.

—¿Sentís que recuperaron el tiempo con tu hijo?

—Todavía queda camino porque fueron muchos años perdidos, pero es maravilloso.

—¿Estás contento?

—Muy feliz. Eso fue una mochila que llevé durante muchos años. Sentía que había cometido un error. Era el único aspecto de mi vida que me quedaba pendiente. Por suerte hoy estamos todos muy felices.

—¿Y cómo llegó ese momento en el que dijiste “hay que llamar y cambiar esto”?

—La intención siempre estuvo. Pero también depende mucho de las relaciones que existan alrededor. En mi caso, la relación con Astrid era excelente y eso ayudó muchísimo.

—¿Jugamos un poquito? ¿Qué hubiera pasado si hubieras nacido en Tenerife, como tu papá, y no en Caracas?

—No hubiese hecho música venezolana porque no habría estudiado folklore venezolano.

—¿Y a qué cantante español te imaginás pareciéndote?

—A Miguel Bosé. Me encanta.

—Si Laura Pausini, Rosario Flores o Paulina Rubio hubieran aceptado grabar “Colgando en tus manos”, ¿habría sido el mismo éxito?

—No lo sé. Con Marta Sánchez hubo una magia muy especial: su voz, el video, todo encajó de una manera increíble. Fue una bendición. Además, esa canción la escribí en 2004 y no la incluí en tres discos distintos. Son cosas del destino.

—¿Por qué no la sacabas?

—Porque era muy larga y muy personal. Hablaba de Marbella, de fotos en Venezuela, de una historia real que había vivido. Pensaba que la gente no iba a conectar con algo tan íntimo.

—Y en 2008 casi tampoco entra.

—Casi queda afuera. Entró de casualidad, porque faltaba una balada de medio tiempo. Se la canté al productor y dijo: “No está mal, incluyámosla”. Después le cambié algunas cosas y el título.

—¿Cómo se llamaba?

—“Guindando en tus manos”. En Venezuela “guindar” significa colgar, pero en otros países tenía significados distintos y la discográfica me dijo que sonaba raro. Entonces quedó “Colgando en tus manos”.

—No te imaginaste lo que iba a pasar.

—No, qué va, si no la hubiese incluido antes (risas). Hubiese estado facturando desde antes.

—¿Si Venezuela hubiera continuado en su camino democrático crees que te hubieras quedado?

—Claro. Yo y millones de venezolanos. Venezuela es un país maravilloso: el clima, las playas, la gente. Nadie quiere irse de su tierra. Uno puede mudarse de ciudad, cambiar de trabajo, pero dejar tu país es otra cosa. Emigrar es terrible porque te aleja de tu familia.

—Ustedes ya conocían el exilio por tu familia, ¿no?

—Sí, tanto por mi familia como por la de Astrid. Su familia es de Letonia y estuvieron ocupados por los rusos por más de 50 años. La pasaron muy mal.

—Ustedes fueron a Letonia en la pandemia ¿no?

—Sí, vivimos casi ocho meses allá, en campos de Riga. Hacía 25 grados bajo cero, pero estaba la familia y cuando está la familia, estás en casa.

—También está la historia de tus abuelos españoles.

—Claro. Mis abuelos emigraron desde las Islas Canarias a Venezuela. Mi abuelo contaba que los barcos que salían de Tenerife iban a Venezuela y los que partían desde Las Palmas a Cuba. Era subirse a un barco y probar suerte.

—Y a ustedes les tocó Venezuela.

—Sí. Venezuela les abrió las puertas. Les dio documentos, oportunidades, un lugar donde empezar de nuevo. Y eso hoy no es tan fácil de encontrar.

—Pensando en eso, ¿cómo fue la decisión de irte?

—Fue por trabajo. En España me abrieron las puertas de una manera tan grande que dije: “Guau”. Después, cuando empezó a pasar todo lo que pasó en Venezuela, pensé que había tomado la decisión en el momento correcto.

—Cuando te vas, ya se van juntos con Astrid.

—Astrid vivía en Miami, después en Letonia y luego en Milán. Yo pasé por California, Miami y finalmente España.

—Por eso se encontraban en aeropuertos.

—Sí, somos viajeros.

—Y después se instalaron juntos en Madrid.

—Correcto. Somos balseros del aire. Los cubanos son balseros de agua; nosotros, balseros del aire.

—¿Cuándo entendiste que Chávez iba a destruir Venezuela?

—Mi abuela lo dijo desde el primer momento. Era cubana. Mis bisabuelos eran gallegos, salieron de Galicia y ese barco llegó a Cuba; allí nacieron mis abuelos, que no tenían estudios, solo hicieron el colegio, pero ella tenía una intuición increíble. Apenas escuchó el primer discurso dijo: “Este es igual de comemierda que Fidel. Dice las mismas porquerías”. Y tal cual. Todo el mundo votó por Chávez porque tenía una energía increíble. Creíamos que iba a cambiar Venezuela y la cambió, pero para mal. Era muy magnético. Tengo amigos antichavistas que lo conocieron y salían fascinados. Me decían: “Negro, casi me tatúo a Chávez”. Tenía un poder de convicción enorme, una especie de magia. Mal utilizada, pero la tenía.

—¿Y cómo fue, desde la distancia, ver lo que pasaba mientras tu familia seguía allá?

—Se fueron yendo de a poco. Un primo, un tío, otro tío, hasta que terminó saliendo toda la familia. Hace 27 años que no paso una Navidad familiar como las de antes. Eso lo extraño muchísimo. Hoy en Madrid ya somos muchos primos con hijos, pero no están los abuelos, no están los tíos. Algunos ya murieron.

—¿Hace cuánto que no vas a Venezuela?

—Dieciséis años.

—¿Qué sentiste cuando lo viste a Maduro detenido?

—Lo celebramos. No le deseo la muerte a nadie, pero sí espero que haya justicia para Venezuela.

—¿Creés que va a pasar?

—No sé. Ya no creo en nadie. La política está llena de corrupción y hay muchas cosas que nunca vamos a saber. Hasta ahora el juez ha llevado el caso muy bien. Tiene más de noventa años y da la sensación de ser una persona íntegra. Ojalá haga lo que corresponde.

—¿Esperabas que cambiara más rápido la situación después de la detención de Maduro?

—Sí. Pensé que las cosas iban a acelerarse. Y no fue así. Nos dio un bajón a todos porque nos preguntábamos: “¿Y ahora qué?”. Estamos en el principio y el final y hay que tener paciencia.

—El principio y el final, es interesante.

—Sí, estamos en el principio y el final. Pero el final no es ahorita, va a llevar años. Y lo que deseamos hoy es que haya elecciones.

—Hay una canción que se volvió muy importante en ese proceso.

—“No hay mal que dure mil años”. No la escribí yo, pero la hice mía. La compuso mi tutor de cuando empecé a producir música en el año 94. Yo hacía folklore venezolano y un día me canta: “No hay mal que dure mil años, ni cuerpo que lo resista, yo me quedo en Venezuela, porque yo soy optimista”. Me pareció espectacular. La adapté a mi estilo, la llevé al calipso venezolano y como hoy somos 10 millones los venezolanos que vivimos fuera le cambié la frase a “no hay mal que dure mil años ni cuerpo que lo resista, volveremos a Venezuela porque yo soy optimista”. Y ese es el mensaje que quiero dar.

—Fuiste cuestionado por lo que dijiste sobre Delcy Rodríguez. ¿Es eso lo que querías expresar?

—Me sumé a un cántico y ya pedí disculpas. Hoy prefiero no entrar en cuestiones políticas porque es muy injusto. Como dicen “calladito te ves más bonito”. La gente sabe perfectamente cuál es mi posición. Igual insultar no es la manera, yo no soy así y no quiero que mis hijos insulten a las personas. Queremos elecciones que estén supervisadas por organismos y países que garanticen transparencia. He hablado con gente de la oposición y me explican que se está trabajando para construir un sistema que permita votar también a los venezolanos que estamos fuera del país. Somos millones y nunca hemos podido participar porque cierran consulados y centros de votación. Sin democracia, nada de eso tiene sentido.

—Ojalá. Y ojalá que también se vengan cosas buenas para Cuba, que está atravesando un momento difícil.

—También. Creo que Marco Rubio va a empujar mucho en ese sentido. Y para Trump resolver situaciones como las de Venezuela o Cuba sería una medalla importante. Ya consiguió una con Maduro y seguramente buscará otra.

—Hay un sector de la sociedad que cuestiona la intervención de Trump.

—Sí. Lo entiendo. Pero para muchos venezolanos la sensación era que nadie iba a hacer nada. Llevábamos casi tres décadas esperando un cambio y parecía imposible. Por eso, aunque no coincida con Trump en muchas cosas, esto en particular se lo tenemos que agradecer.

—Si tuvieras que elegir, ¿qué prefieres: que te recuerden por una canción exitosa o por haber criado hijos extraordinarios?

—Me quedo con los hijos. Son maravillosos. Me encanta ser padre. Aunque también agradezco que algunas canciones hayan quedado para siempre.

—Te voy a leer algunos fragmentitos y quiero que me digas si fueron realidad o ficción: “Te envío la foto cenando en Marbella y cuando estuvimos por Venezuela”. ¿Esas fotos existieron?

—Realidad.

—¿Las mandaste vos?

—Sí, a mi chica.

—“Quizá no fue coincidencia encontrarme contigo. Tal vez eso lo hizo el destino”.

—También es real.

—¿Y hoy lo creés o es demasiado romántico para ser verdad?

—Creo completamente en el destino. Creo mucho en Dios, pero también creo que uno tiene que construir su propio camino. La puerta puede estar ahí, pero si no la golpeás, no se abre.

—“En el buzón tu corazón”. ¿Cuánto tiene de real y cuánto de ficción?

—Es real. La compuse en México para Astrid. En esa época compartíamos mucho con Fonseca y Franco de Vita. Fueron años muy lindos.

—¿Y ella qué dijo cuando la escuchó por primera vez?

—Le encantó porque los ama a los dos. Y hoy somos todos amigos.

—¿Cuando se juntan cantan sus canciones o las de otros?

—Las de otros. Mucho Juan Luis Guerra, Queen, de todo. No vamos a estar cantando nuestras canciones toda la noche. Franco se sorprende de la cantidad de canciones que compongo.

—¿Cuántos temas tenés?

Más de cuatrocientas seguro. Podrían ser más, pero desde que llegaron los niños ya no tengo tanto tiempo para componer.

—¿Te pegaste un susto como papá en algún momento?

—Sí. Con el nacimiento de Marcus. Astrid quería tener un parto natural, pero rompió fuente. Llegamos al hospital y los latidos del bebé subían y bajaban de forma alarmante. Nos dijeron que había que hacer una cesárea de urgencia porque tenía el cordón enredado. Yo quería entrar, pero me dejaron afuera. Aparte no habíamos querido saber qué era, entonces fue “lo siento Carlos, luego te enteras”. Eso fue complicado.

—Te asustaste.

—Muchísimo. Nadie me había hablado de una situación así. Cuando escuché el llanto y me dijeron que era un varón sentí un alivio enorme. Astrid fue una valiente.

—¿Las chicas después nacieron por cesárea también?

—Sí, pero ahí sí pude estar. Con la tercera también nos llevamos un susto porque tuvo que pasar por incubadora, no terminó de crecer porque tuvo los niños muy juntos. Nos decían que había que esperar dos años pero yo lo veía muy largo, ya tenía una edad, entonces los tuvimos cada un año y medio. Ahí ya los médicos nos dijeron que Astrid no podía tener más hijos porque era riesgoso para ella. Ahí cerramos la máquina de hacer niños.

—Menos mal, porque ibas camino a tener uno por año.

—(Risas) Me quedé con ganas de uno más. Astrid quería cinco hijos. Es tan familiera como yo.

—Hay que mantener una familia así de grande. Tenés que estar de gira.

—Exacto. Si tuviera más hijos tendría que pasarme el día cantando para mantenerlos (risas).

—“¿Quién te da desayuno en la cama y te hace sentir una dama?”

—Esa canción se la hice a Astrid. Estaba en Puerto Rico y la llamé para decirle que la extrañaba. Empecé a decirle esas frases, corté el teléfono y pensé: “Acá hay una canción”. A veces las mejores ideas salen de cosas cotidianas.

—Qué lindo darte cuenta en ese momento.

—Y la escribí en media hora. Tenía la guitarra al lado y salió sola.

—Se viene recital, ¿te gusta que te sigan pidiendo las clásicas o te agota?

—Sí, y una primicia: además de este disco, estamos trabajando en un álbum de grandes éxitos. Y es muy especial porque lo estamos grabando en Argentina.

—¿Con nuevas versiones?

—Sí, con duetos. Vamos a reversionar canciones como “Colgando en tus manos”, “¿Quién te quiere como yo?”, “Te regalo”, “Amor y dolor” y “Ando buscando”. Con duetos muy distintos entre sí. Y hay uno que otro argentino o argentina.

—Necesito que me digas quiénes son.

—Todavía no puedo (risas).

—Quiero que pongas “Me quiero casar contigo”.

—Esa canción tiene historias muy lindas. En esa época en los conciertos me “casaba” con fans en el escenario. Venían con velo. Era increíble.

—¿Qué te pasa cuando tus canciones se vuelven parte de la vida de la gente y acompañan propuestas de matrimonio, nacimientos o hasta divorcios?

—Con eso ya siento que valió la pena. Valió la pena escribir canciones y dedicarme a esto.

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