“Nunca había llorado tanto”: el viaje del hombre que nació en Recoleta, vivió en comunidades del norte y formó una familia inesperada

Diego Bustamante tiene 43 años y vive en Gualeguay, Entre Ríos, donde se instaló hace siete años para vivir con Willy, Pato, Mario, Maxi, Juana, Juancito y Ariel: siete hermanos que habían quedado desamparados en medio del monte en Santiago del Estero. En un capítulo más de Voces, la comodidad que lo incomodaba y la vida que eligió vivir: “Mis grandes maestros fueron la gente en situación de pobreza, ellos me salvaron”

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“Nunca había llorado tanto”: el viaje del hombre que nació en Recoleta, vivió en comunidades del norte y formó una familia inesperada

Diego Bustamante nació en Recoleta, fue al colegio Champagnat, tiene seis hermanos. Cursó carreras de agronomía primero, después comunicación social. Quiso ser cura. Hasta que en algún momento se empezó a dedicar al teatro: estudió con Julio Chávez primero, después con Cristina Banegas. Salió en televisión. Emigró a México, trabajó en la Televisión Azteca, hizo comerciales. Pero no era su camino. Era una válvula de escape para oxigenarse, un proceso de autoconocimiento. No encontraba ahí lo que hallaba en otro lugar, en otro yo, fuera del foco, fuera de la burbuja de su entorno, un espacio que le devolvía una felicidad que no ignorar. Y empezó a darle validez, tiempo y cuerpo a ese llamado interno.

Había descubierto con la fuerza de una epifanía que él vivía una vida que no se vivía en la otra Argentina. “En realidad lo que a mí me gustaba era el encuentro con la gente en situaciones límites de la vida. Yo me enamoré de la vida por encontrarme con la señora que duerme en la calle, por hablar con la prostituta que viene de Ecuador y está viviendo en Once en una pensión de mala muerte que es destratada y maltratada”, define. Era un adolescente buscándole un sentido a la vida en Pontevedra, en Moreno, en el norte argentino. Donde no sólo se encontró con un propósito, sino con sus propias sombras, con su propio pasado, con una madre que murió cuando solo tenía seis meses, con una infancia en soledad rodeado de hermanos.

Tenía 36 años su mamá cuando falleció. Tenía 36 años él cuando adoptó a siete hermanos que se llevó a vivir con él a la burbuja de Recoleta, sino a Gualeguay, Entre Ríos. El cómo, el por qué, su incomodidad ante el halago, su don y su voluntad para mirarle a los ojos a la realidad, y su obra: Pata Pila, una organización sin fines de lucro que trabaja en Salta, Chaco, Entre Ríos, Buenos Aires y Mendoza para mejorar la calidad de vida de las comunidades originarias.

Para contar el final, es menester encontrar indagar los cimientos. Su hoy, a los 43 años, lo pone en Gualeguay, como el tutor legal de siete hermanos, con un asociación civil en la que trabajan noventa personas, que asiste a ochenta comunidades y que cuenta con 3.500 personas que colaboran. Su ayer lo cita en una familia pudiente de Recoleta: un espejismo.

"No puedo entender que se nos escape la vida de los niños por incapacidad humana, política", refelxiona Diego Bustamante que de adolescente salió de su posición acomodada y se volcó al trabajo social.

—¿Cuándo entendiste que era una burbuja esa en la que vivías?

—En mi adolescencia muy de a poco y siempre muy de la mano por ahí de la Iglesia o de diferentes espacios de la Iglesia que fui habitando, que fui empezando a encontrarme con gente en situación de calle, que viva el cotolengo, empecé a ir a hogares de niños que venían de barrios del Conurbano. Fue como muy de a poco, fui como pinchando y decir, “pará, lo que yo vivo no es lo que se vive en la Argentina”.

—¿Cómo estaba conformada tu familia?

—Siete hermanos, mi papá y Florencia que es como mi mamá. En realidad la verdadera historia es que mi mamá murió cuando yo tenía seis meses y eso me marcó muchísimo el camino en lo bueno y lo malo. Las historias de uno, las heridas, los dolores, también hacen que otras cosas pasen en tu vida. Si transicionás bien ese dolor, si lo habitás, si lo hacés carne, lo podés transformar también como nafta para hacer otra cosa de tu vida.

—¿Siempre supiste que Florencia era la pareja de tu papá?

—Sí, perfectamente lo supe porque nosotros somos cuatro hermanos de mi mamá y de mi papá y después nacieron tres hermanos más. Lo que pasa es cómo se dio la situación y por la época que era crecí: una mamá que no existió más que una mamá que murió. De mucho más grande empezamos a compartir con papá cosas. Papá empezó a contarnos más. Y te digo que hasta este último tiempo empecé a enterarme cómo era mi mamá, cómo había muerto, dónde vivíamos, dónde estábamos. Como empezar a llenar un poco un vacío que me acompañó durante mucho tiempo que era más la falta de una madre que una madre que no está.

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Diego Bustamante tenía 6 meses cuando su mamá murió.

—¿Florencia pudo ocupar ese lugar?

—Sí, obviamente. A Flor yo la quiero un montón. Pero yo tenía seis meses: el vacío con el que me tocó salir a la vida, mi mamá además murió de cáncer y de cáncer de cuello de útero. Esto viene a colación de que también ya estaba enferma con el embarazo. Mi mamá tenía muchos dolores de espalda, que en ese momento no había tanto análisis entonces cuando yo nací, prematuro, inducido y por cesárea, porque mamá no daba más de los dolores.

—¿Cuando vos nacés no se sabía todavía el diagnóstico de tu mamá?

—No se sabía todavía el diagnóstico de mamá. Y tampoco mamá quería que hagan algo que pueda producir una pérdida del embarazo: en algún punto ella eligió por mí, eligió por mi vida. Y también hasta por ahí puso un poquito en riesgo su propia vida por la mía. Andá a saber, o yo que ando buscando sentido a la vida. Eso hizo que también a mí me cueste mucho la vida internamente. Toda mi adolescencia fue difícil. Siento que en algún punto yo nací a la vida y dije “ok, listo, chau, me quedé solo”. Papá estaba siendo viudo con cuatro hijos, teniendo que salir a sostener toda una ingeniería para que la vida funcione y yo me acostumbré así. Me parece que me puse en automático. Decir ok, acá tengo que salir adelante yo solo y me armé como una cierta coraza… Hoy tengo 43 y constantemente me toca mirar un poco para atrás y releer mi historia, y más en función también de lo que construí ahora, de lo que hago y de lo que soy. Evidentemente yo conviví en una situación de mucho privilegio económico, social, la vida para afuera estaba bien, la familia se había reintegrado, estaban los siete hermanos, pero yo por dentro estaba con un agujero y roto.

—¿Encontraste en tu mamá algo de eso tan humano y tan social que hay en vos?

—Sí, no solo encontré eso sino que yo hice de mi... Yo me sentí un niño huérfano en la vida. Entonces no por nada la vida después me terminó llevando a atender a niños en situación de pobreza, ocuparme de chicos con desnutrición, terminé adoptando siete chicos. Claramente acá hay un entretejido que tiene que ver con tu historia pero tu historia atravesada por las entrañas y con el deseo de ponerle un poco de luz a la historia y no quedarte con la herida nomás.

—Hablaste de tu adolescencia. ¿Tuviste algún momento complicado?

—Por afuera por ahí no tantos, por adentro todos todo el tiempo. Yo era una persona que vivía muy disociada. Internamente te estoy diciendo. Lo bueno es que creo que vine con buen motor y buena madera. Tengo una pulsión de vida: a mí me gusta vivir, me gusta la vida, me gusta el encuentro con el otro, me gusta la gente, me gusta reír. Entonces había toda una parte mía que funcionaba bien en el ecosistema de una secundaria con compañeros, me hacía amigos, era amiguero. ¿Por ahí qué me pasaba? Cambiaba de amigos cada dos años. Cambiaba de grupos de pertenencia.

—Pero nunca te rompiste, nunca te pasaste.

—No, nunca me pasé del todo pero sí adentro yo vivía roto adentro viste. No me sentía feliz con lo que era. No me permitía que se me acerquen mucho. Era hasta el metro está todo bien pero ya cuando te acercabas mucho ya era un terreno que yo no supe habitar viste.

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"Yo vivía roto", recuerda Diego Bustamante sobre su adolescencia y la búsqueda de un sentido.

—¿Y la iglesia qué lugar ocupaba en tu familia?

—Muy clásica, normal de católico que se bautiza pero no practica mucho.

—No había una misa todos los domingos.

—No, no había, pero sí con el colegio ya fue una decisión de mucho más adulto la mía de elegir porque me encontré con el mensaje de Jesús, que me lo supieron dar de una manera humana y que un poco me enamoró, me cautivó y dije “acá hay algo que me rompió un poco la cabeza”.

—¿Qué encontraste?

—Me encontré con una persona humana que en su momento histórico desafió el poder religioso y político de la sociedad con tal de entregar la vida por los demás. De defender al leproso. De proteger a la prostituta. De no condenar a la gente. Rompiendo las reglas muchas veces impuestas por la misma religión.

—¿Se sorprendieron en tu casa por esa cercanía a este mensaje?

—Sí, yo creo que se sorprendieron porque empezaron a ver que yo empezaba a elegir. En vez de irme al boliche los viernes me iba a Plaza Miserere con los hermanos franciscanos a compartir con gente de situación de calle y los viernes nos subíamos al último tren, íbamos al furgón del tren directo a Moreno compartiendo la vida y yo volvía con esas historias a mi casa. Y después por ahí estaba también y también iba al boliche a veces. Tenía una vida dentro de todo normal pero con el tiempo elegía más esos espacios.

—¿Te enojaste un poco con el privilegio en el que vivían?

—Al principio sí. Uno cuando conecta con algo, cuando algo te marca, cuando algo te duele o cuando algo te muestra una perspectiva nueva instantáneamente se pone un poco en conflicto tus paradigmas, los patrones de comportamiento, el sistema en el que estás inmerso. Yo vivía en una situación privilegiada también en relación a los demás. También había gente mucho más privilegiada que yo al lado, sin duda. Pero empezás a decir “pará, plato de comida, escuela privada, nunca tuve que preocuparme qué voy a comer, si mi mamá va a comer, los útiles, el techo, el agua caliente, las vacaciones o el auto”. Es un nivel de abundancia a lo cual ojalá todos pudiesen tener acceso. En su momento uno se enoja, uno empieza a entrar en conflicto. Yo hice de ese enojo un proyecto de vida, no me quedé como en la queja.

—¿Pudiste empezar también a valorar todo eso que tenías y que alguien se había esforzado para que lo tuvieras?

—Sin dudas. Va de la mano. Uno empieza como a cuestionar y también a valorar. Decís “cuidemos el agua, no malgastemos”. Pero también yo dentro de todo soy una persona que no le gusta joderle la vida a nadie. Entonces nunca me transformé en el que vuelve loco a todo el mundo diciéndole “che, no da, no te compres, no cambies el auto porque hay gente pobre”. Nunca me transformé en ser un militante agresivo de mi causa.

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Diego Bustamante empezó a realizar trabajo social en el norte argentino, se instalo durante años con comunidades y empezó a pensar un proyecto con mayor alcance.

—¿Sentís que era más lo que vos dabas o lo que vos te llevabas de esos encuentros?

—No, las dos cosas. Por suerte la dinámica era muy de la escucha entonces te diría que me llevaba muchísimo más. Lo que pasa es que creo mucho en lo que pasa en el encuentro. Entonces creo que es un 50-50 para alguien que está en situación de calle que vos te detengas solo a preguntarle su nombre y a saludarlo y a tratarlo con cariño es muy transformador, entendés…

—A veces siento que no miramos. Y tengo la fantasía, vos me corregirás, que no miramos porque nos duele mirar. Si miramos nos tenemos que hacer cargo.

—Coincido totalmente. Creo que esa es una parte de la ecuación. La ecuación tiene que ver con que si miro, porque cuando miré me dolió y no supe qué hacer. Y sé que cuando miro me duele y ese mirar y escuchar te pide algo. Y ahí empieza a jugar el juego de que estás dispuesto a dar. Y ahí empiezás a decir" ¿puedo o no puedo? ¿Estoy dispuesto a dar esto que me está pidiendo frenar? No, entonces empiezo a no frenar". Esa es una rueda. La otra rueda es el dolor. Si a veces no miramos nuestro propio dolor, si le esquivamos a nuestras propias heridas. ¿Sabés lo que cuesta mirar la herida de los demás? Porque mirar la herida y el dolor del otro te refleja tu propio dolor. Como también te podría decir escuchar esperanza en la historia de dolor del otro te refleja una esperanza que te puede transformar tu vida. Por eso yo encontré este ejercicio de habitarme a mí habitando el encuentro con el otro.

—Te pone en eje todo. La esperanza en alguien que está en una situación de tanta vulnerabilidad te ordena todos los patitos.

—Te ordena todo y también te hace poner en jaque los patitos que creías ordenados. A mí me transformó la vida. Pero no me transformó la vida solo romper con lo social y decir “loco ¿qué pasa acá que la gente no tiene para comer? ¿En qué mundo vamos a vivir si la gente no tiene agua potable? ¿Me están cargando que hay gente en 2020 todavía que no tiene agua potable?“. Eso me rompió.

—¿Qué empezaste a hacer con esas preguntas?

—Y al principio diálogos con la gente con la que viajábamos y con mis amigos que íbamos al encuentro en el Norte. Para esa época ya habíamos empezado a ir al Norte argentino. Estoy hablando particularmente de la frontera de Salta con Bolivia y Paraguay.

—¿Qué es lo que se hace en esos encuentros?

—Era muy variado. De base estaba salir a encontrarse con la gente. A tomar un mate. A escuchar. A compartir la vida. Y después convocar a actividades: a jugar con los niños, pensar una actividad con los jóvenes, hacer un fogón, mirar una película, hacer una actividad para que el joven se pueda preguntar por qué proyecto de vida tiene, qué sueños tiene. Estaba muy variado. Pero en uno de esos viajes fuimos con algún médico. Y ahí, yo me acuerdo perfecto: estábamos en la mitad de una misión y cuando ofrecimos al médico que iba a atender en el puesto de salud, de repente habían tres cuadras de cola de gente. Y yo en esa cuadra me empecé a encontrar con la mamá que me había recibido en el rancho. Yo fui, tomé el mate, compartí, pero el nene está con una diarrea hace tres días o tiene una infección respiratoria. Me acuerdo que en ese momento, que yo era un poco más chico, me cayó una ficha que me quedé como una hora mirando la fila y diciendo “acá pasa algo”. Qué loco que esa fue la comunidad que, cinco años después, me quedé viviendo cuatro años. Es una comunidad guaraní.

—¿Ahí es cuando muere una beba?

—Nunca había llorado tanto en mi vida. Pero además nunca había llorado tanto en mi vida por algo o alguien que no era necesariamente alguien con el que yo tenía un vínculo. Era una familia de un paraje que estábamos empezando a acompañar, habíamos hecho el relevamiento de las familias, estábamos yendo a atender con médicos, y yo me acuerdo que era un viernes a la mañana y vino la mamá, Nélida Luna se llamaba la niña, y me acuerdo que yo la vi pálida. Obviamente yo no era médico, estaba como dando los primeros pasos de acompañar las situaciones sociales. Atendimos toda la mañana a los niños, la niña estaba con un cuadro de desnutrición, hablamos con la mamá, yo me fui y al otro día me llaman por teléfono contándome que la niña se había muerto. Y encima de seis meses, igual que cuando se murió mi mamá. Entonces no sé si hubo ahí algo que se me ha alineó pero lloré que no podía parar. Y ahí entendí también que yo iba a entregar mi vida entera por eso. Como que dije “no puedo permitir que en nuestro país se mueran chicos por desnutrición”. Me pasa hoy, que hace diez años que me dedico a esto, no puedo entender que se nos escape la vida de los niños por incapacidad humana, política y de generar un ambiente sano para los seres humanos que habitamos en nuestro país. Mínimo en nuestro país. Si querés te pongo estas barreras que tenemos pero rompamos un poco con la lógica de mi mundito, mi ombliguito, mi familia, mi grupo de amigos, mi club, mi empresa, mi nicho y el resto.

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Diego Bustamante: "Mis grandes maestros fueron la gente en situación de pobreza. Ellos me salvaron la vida"

—¿Ese día entendiste cuál era tu camino?

—Sí. Sin duda dije “yo por esto voy a entregar mi vida entera”. Yo todavía estaba en discernimiento con mi vocación. Todavía estaba dando mis primeros pasos en estructuras que hacen trabajos sociales.

—¿En dónde estaba?

—Esto era al Norte de Salta, a 50 kilómetros de la frontera con Bolivia.

—¿Era una comunidad de cuánta gente?

—En ese momento eran 1.600 personas. Era una comunidad grande para la época ya, una de las más grandes del Norte.

—¿Cómo hiciste para que te acepten?

—Yo creo que la humildad, el acercarse a ofrecerse y no imponer, el nunca prometer algo que no vas a cumplir, el pedir perdón solo porque no te hiciste entender, porque no encontraste la mejor manera de explicarte. Todas esas fueron pequeñas claves que yo fui aprendiendo para lograr que la gente acepte y entienda que yo no era uno más. Porque ellos muy acostumbrado a los políticos, inclusive a los religiosos, de que vienen, que te prometan, que los usan, que utilizan su necesidad para sacar provecho en otros ambientes.

—¿Pudo haber también mucho de “yo te vengo a salvar”?

—Bueno, clave. Para mí fue clave pero no solo como comportamiento, entender en serio que no sos el salvador de la vida del otro. Y el hecho de que puedas escuchar o que le puedas tender una mano no te transforma en salvador de la otra. El otro pulsa por su propia vida. Y el otro también puede ser un poquito salvador de la tuya. Porque es eso: el encuentro con el otro te salva a vos mismo. Mis grandes maestros fueron la gente en situación de pobreza. Ellos me salvaron la vida. Pero te lo afirmo.

—Te hago preguntas concretas. ¿Van al colegio?

—Muchos niños sí están escolarizados. En estos territorios, todo lo que es la zona del Gran Chaco, que abarca la provincia del Chaco, parte de Formosa, parte de Salta, parte de Santiago del Estero, parte de Jujuy y parte de Bolivia, Paraguay y un piquito de Brasil, es un ecosistema muy parecido de monte y comunidades originarias y algunas producciones agrícolas. En ese ecosistema, en Argentina el Estado está presente. Lo que pasa es que llega de una manera muy débil, con poca inversión, con poca capacidad técnica, con planes que no están pensados del territorio, sino pensados de los escritorios de las capitales o de la nación. Entonces eso hace que es poco asertivo el trabajo.

—¿Cómo es el rol de las mujeres?

—Es sumamente trascendente. La mujer es la que lleva adelante la vida. Es la que sostiene a la familia, la que cría a los chicos, la que va a buscar la leña, la que va a cargar por el agua. La mujer tiene un rol muy central en la jerarquía interna. Lo que pasa es que no tiene tanta voz en la jerarquía comunitaria. En ese sentido hay mucho machismo, hay mucha violencia, hay mucho destrato. Lo que pasa es que el modo de abordarlo no puede ser el mismo con el que podemos charlarlo nosotros o abordarlo en un colegio en Capital en una escuela de una comunidad wichi en la frontera con Paraguay. Entonces los modos de trabajar con las situaciones de género, de violencia, te invitan a replantearte los modos.

—¿Cuánto tiempo viviste ahí?

—Los primeros cuatro años viví entre un año en Santiago del Estero y después tres en el Norte de Salta. Ahí empecé a trabajar. Apenas arranqué a vivir con ellos, empecé a armar Pata Pila, que es el proyecto que hoy lidero. Pata Pila quiere decir pies descalzos, pies desnudos, viene del quechua pero es medio vulgar, en todo el Norte argentino la gente lo usa. Hasta hay canciones del chango pata pila. La gente lo usa coloquialmente.

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Diego Bustamante: "Quería construir un proyecto que arrime a la gente de las comunidades a las soluciones: acercar"

—¿Cuando empezás a armar Pata Pila?

—Después de todas las idas y vueltas y el camino que recorrí, mis terapias y todo lo que fui haciendo, ya tenía 30 años cuando me instalé a vivir en la comunidad del Norte. Entonces instantáneamente empecé a armar un proyecto que tenga solidez para poder buscar recursos, para dialogar con las empresas privadas por lo menos del territorio para empezar a buscar ayuda. Obviamente al principio me ayudó mi papá, mi tío, mis hermanos, mi primo, mis amigos. Fueron la primera gente que dijo “confío en que Diego está encarando algo que vale la pena”. Y con el tiempo se empezó a armar una rueda.

—¿Y lo que querías llevar al principio qué era?

—Yo al principio tenía dos cosas. Quería vivir ese estilo de vida. Quería construir un proyecto que arrime a la gente de las comunidades a las soluciones: acercar. Que haya salud, que haya desarrollo, que haya más espacios de comunidad, de educación. Mi palabra era generar espacios. Yo quería generar espacios. Juntar a la gente, juntar a las mujeres, juntar a los hombres, juntar al enfermero con el enfermo. Mientras tanto vivir, ser vecino, ser amigo, ser sencillo. Yo vivía, me bañaba llenando la duchita con un balde con agua fría, no tenía señal de teléfono, no tenía internet. Había luz y agua pero se cortaba bastante seguido.

—¿Qué conociste de vos en esa situación?

—Todo. Todo. Es como ponerte un espejo. Me encontré con todo, con mis luces y con mis sombras también: cuando escuchás mucho la sombra del otro, también refleja tu propia sombra. En el laburo social es muy tentadora la idea de “yo soy el que te va a ayudar a vos”. Hay una tentación natural. Por eso así como hay egos en el mundo del espectáculo también hay muchos egos en el mundo de las ONG y de la filantropía. Entonces yo creo que los que tuvimos la suerte de transicionar a lo social y a lo solidario por una cosa muy hecha carne, muy de adentro, creo que vimos la película un poco más completa de decir “en qué lugar me voy a colocar si yo estoy roto también y estas personas a mí me devolvieron la ganas de vivir, un propósito”. Entonces ahí te das cuenta de que vos ponés algo y el otro pone algo. Y en ese ejercicio te conocés, te encariñás y generás un vínculo. Y es el vínculo el que transforma la realidad. Es yo estoy acá. Y así fuimos construyendo.

—¿Y en esa construcción en qué momentos te rompiste?

—Bueno, muchas veces me pasó. Las veces que yo tuve que acompañar la muerte de niños ahí fueron las veces que más me rompí. Pero he vivido muchas de esas situaciones. Muchas. A veces en primera persona y a veces a través de los equipos de Pata Pila que les empezaba a pasar por primera vez tener que acompañar a una mamá que se le murió el niño que estábamos tratando de atender y de ayudar.

—Te pasa eso en primera persona, vos ya lo habías vivido pero siempre es una primera vez, ¿no?

—Sí, siempre es una primera vez pero también te vas curtiendo y vas entendiendo que con ese dolor vos hacés nafta. Y con esa nafta alimentás un motor para no frenar nunca más. Porque yo no frené nunca más. Yo empecé a golpear puertas, a involucrar gente, a armar comunidad, a contratar personas, a armar proyectos. Y así fue que Pata Pila fue creciendo. Y de esos primeros treinta niños de esa comunidad que empezamos a atender con desnutrición de repente empezamos a atender en diez comunidades y de repente hoy estamos en ochenta y atendemos 1.200 niños. Y construimos cinco centros. Y construimos escuelas y pozos de agua. Tenemos proyectos productivos. Y acompañamos un hogar de niños. Y yo obtuve siete chicos. Y la vida empezó a pasar porque cuando vos estás tan decidido a transformar la realidad, llorás un poquito y seguís.

—Una lloradita y a seguir.

—Yo lloraba en el montecito allá. Pero tenés que llorar. Porque si vos no procesás el llanto y la angustia te quedás bloqueado o con impotencia. Porque el territorio en el que yo trabajo, en el Norte argentino sobre todo, pero en cualquier lugar de mucha vulnerabilidad, es muy fácil frustrarse y sentirte impotente. ¿Por qué? Porque todo necesita ayuda. En todos los estadios de la vida se está mal. La escuela que no tiene leña para cocinar, que no tiene alguien que arregle los vidrios, que no tiene el profesor bilingüe, que no le alcanza el presupuesto para darle de comer a tantos niños. La comunidad que no tiene agua o hay 20 casas al fondo que viven sin agua y buscan en la cañada. La vida del pobre es irregular. Dos días está bien y ahí se le complicó. Se cortó el nene, el hospital queda a setenta kilómetros, fui, se le infectó. Y entonces tuvo que dejar. Y entonces no llevó a los chicos a la escuela. Cobró la asignación. Vivió diez días. Comió. ¿Y después qué empieza? Yo me encontraba con familias tomando agua y comiendo agua.

—Es insoportable que un niño en Argentina muera de desnutrición.

—Bueno, pasa. Lo que pasa es que la desnutrición es una enfermedad.

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"Tenés que llorar. Si vos no procesás el llanto y la angustia te quedás bloqueado o con impotencia", recuerda Diego sobre los momentos más duros en los que le tocó acompañar la muerte de niños.

—¿Cómo adoptás a siete hermanos?

—Bueno, yo los adopté, ellos me adoptaron a mí te diría porque no es que hice un proceso de quiero ser papá y me anoto a adoptar. En el proceso de encontrarme con la gente me encontré con ellos. Ellos son siete hermanos que vivían en el medio del monte en Santiago del Estero. También en una situación de mucha vulnerabilidad. Vivían con sus papás pero en una situación de mucho abandono, porque el papá se iba a hacer leña al monte para el carbón, entonces durante la semana no estaba. La mamá tenía otras hijas más grandes y nietos. Y la madre era de irse mucho de la casa.

—Los chicos estaban solos.

—Los chicos estaban muy solos. Donde Willy, el más grande de mis chicos, con 12, 13, 14 años, se encargaba de cocinarles a los chicos. Agua con fideos, un guiso. Y muchas veces los chicos no tenían ropa, no tenían zapatillas.

—Willy el mayor de siete hermanos, con 12 años. ¿El más chiquito?

—Tenía 2 años y medio, Arielito.

—¿Y quién intervino ahí?

—Nosotros tratábamos de acompañar a la familia. No vamos ni a quitarle los niños a las familias ni a denunciar a las familias porque no están pudiendo. Eso está clarísimo. Esta era una familia que empezamos a acompañar de a poco pero también estaba otra Fundación en el territorio y la Iglesia acompañando. Hubo algunas situaciones que tampoco quiero exponer por la historia de los chicos pero llegó un límite que ya entró la Justicia. Y la Justicia fue la que tomó la decisión de que los chicos salgan del rancho y del monte para entrar a un hogar de niños. Y a mí me tocó vivir esa experiencia de que me llamen a las doce de la noche: “Diego está yendo un patrullero a la casa de la familia”, y yo agarrar a mi camioneta, ir desesperado, y llegar y ver a los chicos muertos de miedo, desnudos algunos, adentro un patrullero. En mi cabeza recordaba que estaban todos pero no, porque los chicos cuando llegó el patrullero al rancho salieron corriendo por todos lados. Esto contado por ellos. Y a mí me tocó eso. Les entré en el momento más difícil de sus vidas por ahí. ¿Por qué? Porque el contexto de vida que ellos tenían era difícil. Pero sin embargo era su vida. Y de repente cayó un patrullero a las diez de la noche a cazarlos en el medio del monte.

—Era lo que ellos conocían.

—Ellos estaban en una noche normal, sin luz, en el medio del monte. Y cayó un patrullero a buscarlos y a cazarlos en el monte, literal. Imaginate el susto que tenían los chicos. Yo me tiré adentro del patrullero. Yo no los conocía tanto además. Los había visto tres, cuatro veces, y a los más chiquitos los conocía que los seguíamos más por el tema de la desnutrición. Me acuerdo que me puse a hacerlos reír y mientras tanto hablaba con el policía y con el cura. Y logré que el cura nos deje sacar a los chicos del patrullero y pasarlos a las camionetas nuestras. Y me acuerdo que logré hacerlos reír y que se bajaron saludando al patrullero, capitán, como haciéndole una joda al policía. Nos fuimos a una residencia y nos quedamos ahí durmiendo. Y al otro día ya el juez había dictaminado que los chicos entraban a una institución y que no iba a ser una institución ahí sino a 400 kilómetros. Y a mí me tocó sentarme con los chicos a hacerles el cuento.

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En 2019 adoptó a siete hermanos que hoy viven con él y siguen sus estudios.

—¿Ahí ya estaban los siete?

—Ya estaban los siete. “¿Por qué estoy acá? ¿Qué pasa? ¿Por qué mi papá y mi mamá no me vienen a salvar?”. Me tocó acompañar ese proceso con mis luces y mis sombras pobrecitos, pero les hice un cuento: “vamos a ir un tiempo a una casa que vamos a comer todos los días. Su papá y su mamá se pusieron de acuerdo con el juez, vamos a hacer esta experiencia”. Con el tiempo los padres se separaron. Entonces eso terminó de romper la oportunidad de que los chicos regresen a su casa. Si los padres se hubiesen puesto una camisita, hubiesen ordenado un poco la pieza, levantado una pared más, por ahí la Justicia hubiese devuelto a sus hijos.

—Sí, por supuesto si no hay una situación de violencia o riesgo para los niños.

—Bueno, no había una situación de violencia directa pero sí de abandono. Y no era pobreza material. Era una incapacidad que tiene muchísimo que ver con el entorno en que naciste. A mí me tocó nacer en Recoleta, a ellos le tocó nacer en el medio del Chaco, en el Impenetrable. Ir a esa escuela cada tanto. No tener para comer. Entonces con qué vara voy a juzgar yo a esos padres. Yo les dije “yo los voy a ayudar a ustedes siempre”. Incluso, cuatro años después, decidí hacerme cargo de los chicos. Pero fueron cuatro años después.

—¿Los chicos estos cuatro años estuvieron en un hogar?

—Los primeros años entraron a un hogar todos juntos. Y en ese año se terminó de hacer el proceso judicial, que los padres no se presentaron, no fueron a verlos. En esos años yo estaba durmiendo noches enteras en el Hospital de Tartagal escuchando cómo se morían los niños wichis que venían del Chaco Salteño, empezando un proyecto en las comunidades guaraníes. Los veía a los chicos, los escuchaba y me llenaba la vida de preguntas y de deseos. Y después volvía a mi comunidad y enterraba mi cabeza: decía “Diego no sos la madre Teresa de Calcuta, hasta acá llegaste. Estás viviendo en el medio del monte atendiendo cientos de niños con desnutrición, no te vas a ocupar de siete chicos”.

—¿Y cuándo se dicta la adoptabilidad de los chicos?

—A los cuatro años el juez termina de quitar la patria potestad, cuando me enteré de que iban a dictar la adoptabilidad empecé a pensar y dije “los vamos a perder de vista, los van a separar, lo iban a adoptar a Arielito y a Juan por un lado, a Juana por el otro”. Los más grandes tenían 17, 16, 15, y los iban a dejar en el hogar o qué sé yo. Frente a esa decisión y a mi deseo que yo venía escuchando y tapando dije “voy a ir a hablar con ellos”. Los invité un mes, vinieron conmigo a vivir al Norte a la comunidad guaraní, y después de ese mes hablé solo con los cuatro más grandes y les ofrecí la misma dinámica que me ofrecía la comunidad a ellos. “Yo estoy dispuesto a acompañarlos a ustedes, piénsenlo, vuelvan al hogar, llamen a sus papás por teléfono, cuéntenles la idea, y si ustedes están dispuestos nos mudamos juntos”. Y ahí yo también tomé la decisión de salir de la comunidad y me mudé con ellos a Entre Ríos, Gualeguay, pero después de un año de proceso.

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"Me llenaba la vida de preguntas y de deseos", recuerda Diego sobre el momento en el que decidió adoptar a los siete hermanos.

—¿Se fueron los siete a vivir con vos?

—Nos fuimos a vivir en diciembre de 2019. Así que de repente, padre, madre y tutor. Me fui con mi mochila, me volví con siete niños.

—Decime los nombres de los siete.

—Willy, Pato, Mario, Maxi, Juana, Juancito y Ariel.

—¿Hoy Ariel cuánto tiene?

—Ariel tiene 13 y me saca ya diez centímetros, o sea, yo me fui con los siete niños y hoy tengo siete adolescentes. Ya están enormes igual. Willy, el más grande, tiene 25 años cumple.

—¿Y qué figura legal te dieron?

—Soy el tutor legal. El juez consideró que era el proceso más rápido porque se escuchó a siete adolescentes casi e imperó la decisión de ellos de aceptarme a mí y mi deseo de hacerme cargo de siete. Me dijo “el proceso de adopción en Argentina puede tardar tres años, mejor vamos por esto, te transformás en su tutor legal”. Porque no había ningún familiar directo que quisiera ser tutor legal de ellos. Con esa figura nos pudimos mudar.

—¿Y cómo fue encontrarte papá, mamá, tutor, hermano mayor?

—El primer año fue muy difícil. Muy, muy difícil para mí. Yo había tomado una decisión muy consciente igual, no había tomado una decisión solo basada en el amor rosa de papelito de colores. Yo sabía que tenía que renunciar a mucho, inclusive de mucho de lo que yo hacía en el Norte. Yo sabía que tenía que empezar a dedicarle mi tiempo y mi vida a siete vidas, a siete niños en paquete, a siete individualidades. Y no era papá. Yo ya tenía 36 años.

—¿En qué momento sentiste que eran tu familia?

—Desde el vamos ya tenía algo entrañable de ellos. Hace cuatro años eran mis chicos. Yo estuve ahí ese día. Yo estuve en ese patrullero. Yo los llevé al hogar. Son mis chicos. Yo ya los sentí así. Pero no sabía que eso se iba a transformar de efecto ser padre, madre y tutor de ellos.

—Hay un momento en el que sentís yo por vos mato.

—No, hay momentos que lo sentí más de adentro y hay momentos que también yo respeté mucho la historia de ellos y yo fui muy claro con ellos. Yo sé quién soy, yo no necesito títulos, no necesito que me digas papá. De ninguna manera se van a cambiar el apellido. Yo no necesito nada de lo que comúnmente se necesitaría.

—¿Cómo te llaman?

—Depende. Dieguillo, Diego. Depende el día.

—¿Hoy viven con vos?

—Hoy vivimos en Gualeguay. Hace siete años que estamos los siete juntos. Dos ya se mudaron solos. Trabajan, tienen su casita, su departamento, sus novias. Cuatro viven en Gualeguay conmigo y una se vino a estudiar a Buenos Aires este año. Vino a estudiar abogacía a Buenos Aires. Así que Juana, el mejor motor del mundo, impresionante, la historia que recorrió a hoy estar estudiando abogacía.

—¿Vos entendés cómo le cambiaste la vida a estos chicos?

—Sí obvio, pero también me la cambiaron a mí. Mucha gente a veces escucha mi historia y dice “guau, qué heroico, te dejaste todo en Recoleta y te fuiste a vivir allá”. Pero ese no es el desafío. El desafío es sostenerlo. El desafío es cómo recorriste el camino. Y acá pasa lo mismo. El desafío pudo haber sido tomar la decisión de pero el desafío es acompañar la vida todos los días de personas que le pasan cosas.

Voces - Diego Bustamante - Tatiana Schapiro - FOTOS PERSONALES
Diego Bustamante: "Que me duelan tanto los niños tiene que ver con que me sentí un niño solo en la vida"

—¿Hoy estás en pareja?

—Hoy estoy en pareja. No es la madre de los chicos. Tengo mi novia, los chicos están grandes, así que tengo mi casa y vivimos en Gualeguay. Pero yo tengo la oficina de Pata Pila, creció tanto que hoy la oficina central está acá en Buenos Aires.

—¿Y cómo hacés? ¿Vas y venís?

—Voy y vengo casi todas las semanas, un par de días, y viajo al Norte cada dos meses o a veces todos los meses. Porque además desde que yo me vine acá empecé a golpear muchas más puertas y Pata Pila creció muchísimo. Y entonces tengo también mucha responsabilidad hoy de los procesos que tenemos con las familias. Yo no soy yo el que directamente va rancho por rancho. Hoy somos noventa personas que entregamos la vida.

—¿Qué encontraste de tu historia o de tu mamá en estos años?

—Y muchas cosas, muchas cosas. Empecé a hilar. Algunas cosas son de casualidad, otras cosas son realmente pasadas. Mi mamá murió a los 36 años. Yo a los 36 años adopté a los chicos. Que me duelan tanto los niños tiene que ver con que me sentí un niño solo en la vida. Yo estaba roto y solo. Y con eso crecí y salí adelante. Ese vacío lo podría haber llenado de un montón de cosas que no me iban a hacer bien y gracias a Dios empecé a llenarlo de cosas que me hacen bien a mí y le hacen bien a los demás.

—Ese que esa noche estaba cuidando a esos siete niños en un auto cuando llegó la policía también era el que necesitaba ser cuidado.

—Era yo, era cuidarme a mí. Los primeros años en el territorio me la pasaba alzando niños y bebés. O yendo al hospital a dormir, a cuidar a niños que no tenían padres o que los padres estaban a 300 kilómetros.

Voces - Diego Bustamante - Tatiana Schapiro
Diego Bustamante, fundador de Pata Pila, con Tatiana Schapiro en Infobae.

—¿Qué querés? ¿Qué soñas?

—¿Qué quiero? Uf. Yo quiero ver transformado el Norte argentino y quiero finalmente que este país se transforme. Es lo que más quiero en el mundo como pasión.

—Si algo no sucedía en tu adolescencia tal vez hoy serías gerente de marketing en una empresa.

—Gracias a Dios no. Muchas veces lo pienso, para que veas que yo también tengo mis ambiciones naturales de desarrollo. Si yo hubiese construido todo lo que construí en un ambiente de generación de recursos hoy sería millonario. Pero hoy soy millonario, ¿entendés? ¿Soy millonario por qué? Porque tengo un equipazo, un proyecto espectacular. Siete pibes que tengo el privilegio de vivir con ellos, de que me sigan eligiendo y queriendo. Tengo una novia, tengo amigos. El otro día charlaba con dos amigos y les decía si yo hoy me gano la lotería del mundo mi vida cambiaría algunas cositas, sí, pero seguiría laburando y haciendo lo que hago y viviendo donde vivo y como vivo. Eso es sentirte millonario en la vida. No es económico pero es sentirte conectado con la abundancia entendés.

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