Hernán Montenegro nació alto. O tal vez el mundo era muy chico para él, cuando era un niño precoz y gigante o cuando alcanzó la cima de sus 206 centímetros de altura. “Vos estás loco”, le repetían sus amigos en la infancia mientras él intentaba manipular sus extremidades con temeridad y sin raciocinio. “Saltaba los paredones como si tuviera un metro y medio y me pegaba unos porrazos…”, dice. La aventura lo motorizaba. Le pusieron “loco” porque era una definición que hacía justicia a su espíritu rebelde, libre, desregulado. Y el apodo se impuso, se estableció por encima de su nombre, que quedó a la sombra de aquel hombre convertido en superhéroe.
El Loco fue el que negoció con catorce años su primer contrato profesional, el que jugó en el básquet europeo cuando las reglas para contratar extranjeros eran prohibitivas, el que se convirtió en el primer argentino drafteado en la NBA -los Philadelphia 76ers lo eligieron en la tercera ronda de 1988-, el que, por curiosidad, aceptó y probó cocaína, el que recibió 99 de suspensión por doping positivo, el que cayó en la bebida, el que entró en depresión, el que quiso terminar con su vida.
Hoy, a un año de cumplir sesenta, el Loco quiere volver a ser Hernán. “Estoy apartándome de a poco de esa estigmatización de loco. Es una palabra pesada. Hoy me identifico más con Hernán”, reconoce. El 16 de agosto de 2025 ingresó a la Fundación Eira con un cuadro de depresión y alcoholismo. Lleva casi cinco meses de tratamiento. Es padre de tres hijos y abuelo de un nieto. Dice que está “reaprendiendo a vivir”. Una charla íntima con un hombre que atravesó la oscuridad y que descubrió dónde estaba cuando no pudo mirar a sus hijos a la cara. El viaje de Hernán al Loco y del Loco a Hernán.
—¿Cómo fue esa infancia en Bahía Blanca?
—Fue una infancia hermosa. Bellísima. De una linda escuela. De buenos compañeros. Una infancia en la cual gracias a mis padres tanto a mí como a mi hermana nos dieron la posibilidad de poder ser libres y al mismo tiempo disfrutar mucho, de ser parte por ejemplo de grupos scout. Una infancia bellísima, rodeada de afecto, de cariño, de valores.
—Una infancia también en dictadura.
—Y una infancia en dictadura. Y a los 9 años nosotros vivíamos en la CGT de Bahía Blanca…
—¿Por qué vivían en la CGT de Bahía Blanca?
—Porque papá era peronista y trabajaba en el puerto de Bahía Blanca en ese momento y para la Junta Nacional de Granos posterior y era sindicalista de URGARA, el gremio de recibidores de granos, y vivíamos ahí en ese entonces de forma si se quiere hasta casual. Cayó el gobierno y de la mañana a la noche nos echaron literalmente, pasamos una etapa muy complicada la familia con papá teniéndose que cuidar más de lo debido. Un cambio de vida. Nos quedamos prácticamente en la calle.

—¿Tuvo que esconderse tu papá?
—Papá tuvo que esconderse, trabajar escondido. Era una cosa muy rara. Papá trabajaba ya para Junta Nacional y hacía la quinta sección que se llama. Trabajaba en pueblitos del interior recorriendo campos. Pero era muy loco porque se escondía para poder ir a trabajar. Vivía de oculto y al mismo tiempo trabajaba para una empresa del Estado. Una cosa muy, muy de aquella época.
—¿Vos tenías miedo o no entendías lo que pasaba?
—No, yo sentí miedo. Sí, sentí miedo cuando nos cayeron. Yo tengo una imagen vívida cuando se llevaron todas nuestras cosas. Cuando digo cosas todo, todo, todo. Cargaron los camiones de aquella época, camiones militares, y esa fue una imagen que me quedó grabada para siempre. Y ahí sí sentí miedo. Miedo que me sigue no te digo hoy pero cuando lo recuerdo como ahora, se me mezclan los sentimientos.
—Hay algo que marcó ahí.
—Sí, un antes y un después. Al comienzo tuve una infancia increíble pero se cortó. Y ya mi mirada de la vida, mi mirada de las personas, la desconfianza, el descreimiento. Yo hasta ahí había crecido motu proprio y por lo que mamá y papá nos daban y las actividades que realizábamos estaban todas basadas en valores. Para mí fue un sacudón muy grande. Y la pregunta que yo me hacía siempre y les hacía a mis padres era ¿por qué? La pregunta del niño.
—¿Alguien la podía responder?
—No porque ni ellos entendían. Hoy, a ver, hoy a la distancia, yo ya adulto mayor, ellos explicaban lo poco que se podía explicar, pero del tema no se hablaba. Tanto mi papá como mi mamá asumieron la situación. Mi hermana es más chica que yo, tenía seis años. Eso nos unió mucho también. Porque nosotros nos tuvimos que ir a vivir a un sector de la ciudad que estaba en construcción que eran como unos monoblocks. Me acuerdo de que fuimos los primeros habitantes, un barrio que se llama Barrio Rucci, al día de hoy existe. Pero estaba en construcción y fue tomado por los militares, entonces estaba todo enrejado, todo alambrado, y con Luján, mi hermana, salíamos para ir a la escuela y nos cacheaban. Salíamos con permiso especial y entrábamos en el horario que teníamos que entrar porque se cerraba. Y eso era terrible.

—Vos firmás tu primer contrato a los 14 años.
—Exactamente, sí. Uno de los deportistas profesionales más jóvenes de la historia..
—¿Entendías algo de lo que estaba pasando en ese momento o todavía no?
—Mira, creo que sí pero como digo siempre, yo doy un ejemplo, es como el niño de la calle que no se puede enfermar porque si se enferma se muere. Yo entendí eso. Tenía que hacerlo. Tenía que aprender, entender la situación. Me senté con el dirigente de turno a hablar de dinero.
—¿A los 14 años vos estabas hablando de dinero?
—Sí, yo negocié mi contrato. Sí porque yo tenía muy decidido que yo tenía que manejar mis cosas. Aprender a manejarlas. Porque yo interiormente sentía que tenía la posibilidad de tener una carrera larga a nivel deportivo buscando llegar a los máximos niveles y le dije a mi padre “quiero hablar yo, quiero ir a sentarme y negociar yo como corresponde”. Así como me tocó a los nueve años tener que aprender que la vida no era como yo la veía y la sentía, sino que había también otra vida…
—¿Cuándo te sentiste exitoso por primera vez?
—Cuando llegué a lo máximo. En mi carrera era como para un actor ir a Hollywood. Yo fui a la NBA, fui el primero, y eso fue un sueño de niño que descubrí en un cine teniendo 11 años, porque un coterráneo nuestro de Bahía Blanca, Jorge Sebrini, vivía justamente en Filadelfia que es el equipo donde voy, y traía las películas viejas de ese equipo de la NBA. Ahí vi a mi primer ídolo, que era Julius Erving, Dr. J. Lo vi y dije “Disney, yo quiero esto ya”.
—¿Te acordás cómo fue ese llamado?
—Yo estaba ya jugando en Estados Unidos. Hice una previa antes de ingresar al mundo profesional de la NBA en la Universidad de Luisiana State en el Sur de Estados Unidos. Estuve muy poco: cuatro o cinco meses. De ahí me llama un día el jefe de operaciones de la NBA, y me dice “hay ocho equipos que quieren draftearte”. Ese fue el día mágico que me preguntabas. Me emociona, perdón.
—¿Quién fue la primera persona que se enteró?
—Yo ya estaba casado. Ya vivíamos en Estados Unidos. Ya tenía a Antonela, mi hija mayor. Y mi ex esposa, la madre de mis hijos, Fabiana, estaba embarazada de Nayi, mi segundo hijo, que nació allá. Con ellos, obvio. Con ellos. Fue increíble. Éramos unos críos, teníamos 20 años.
—¿Ya estabas bien económicamente en ese momento?
—No, porque la Universidad no te pagaba. Yo ya tenía cubiertas las necesidades básicas para mí, para mi familia. Es una regla nacional que existe: cuando jugás para una Universidad no podés cobrar. Pero yo ya había jugado profesionalmente anteriormente, podía sustentarme.

—Vos ya habías estado en la Selección.
—Sí, yo ya había jugado en España, anteriormente. Me vine a Europa a los 16 años, fue mi primera experiencia. Ahí es donde empiezo a tener contacto con el consumo por primera vez.
—Hablemos de eso.
—Yo me voy a España a los 16 años después de jugar un Mundial Juvenil justamente en España, en Mallorca. Vienen tres, cuatro equipos importantes de España a ofrecerme irme, y la idea era ir y empezar a jugar allá. Pero al mismo tiempo nacionalizarme español para no ocupar plaza de extranjero porque los equipos en aquel momento tenían plazas de extranjeros para dos, y yo al ser muy jovencito todavía, esas plazas se utilizaban para jugadores ya experimentados. Había una posibilidad porque dentro de mi árbol familiar, como el de la mayoría de los argentinos hay un poquito de todo…
—Había una sangre española dando vueltas por ahí.
—Claro. El club se la jugó para llevarme. Me voy pero podía jugar solamente torneos amistosos y entrenar porque no tenía la ciudadanía. Eso fue en Zaragoza.
—¿Te bajoneó mucho?
—Sí, me puso muy mal no poder jugar. Aparte, entrenaba ya con el equipo de primera división y jugaba muy bien. Yo me daba cuenta de que estaba ya ahí para empezar mi carrera, y eso me frustraba mucho. Ahí vino el día maldito día, el día del primer contacto con el consumo.
—¿Qué fue?
—Cocaína. Cocaína. En España yo tomé la etapa de transición del gobierno franquista al primer gobierno de Suárez. Vino el famoso destape español. Era un jolgorio España en todos los sentidos.
—¿Y qué pasó?
—La famosa “¿querés probar?”. Lo que nos ha pasado creo a la mayoría de los que hemos empezado a consumir alguna vez. Curiosidad. Yo soy una persona curiosa. Soy una persona híper ávida.
—¿Hasta ese momento no había ninguna conducta adictiva?
—No, ninguna. Sí, adicto al entrenamiento. Yo entrené desde niño. Yo vivía entrenando. Yo desde que tengo uso de razón, desde los 8, 9 años, yo vivía adentro de una cancha hasta que me fui a Europa, 16, 17 años. Yo no podía vivir sin eso. Por eso digo que era adictivo o compulsivo.
—¿Se volvió un problema rápido la cocaína?
—No, fue ese momento en España. Habrá seis, siete, ocho meses suponte. Decido volverme para jugar.
—¿Pero vos en ese momento sentías que lo controlabas o la droga te controlaba?
—Yo tenía un consumo esporádico. Todo tiene un consumo esporádico.
—Todavía había una sensación de control.
—Sí, yo pensaba que podía. Mi mente funcionaba como la de un deportista profesional hambriento de gloria, yo creía que era Superman. “¿Cómo me va a dominar eso si yo domino mi cuerpo, mi talento?”. Yo me sentía que era poderoso.

—¿Cómo sigue la historia?
—Vuelvo a Argentina porque ya el problema se estaba tornando no manejable, por un lado, y por el otro porque tengo que hacer algo sano que es jugar, dejar de entrenar y dejar de esperar. Porque la espera también me llevaba al consumo.
—¿Ahí volvés a Olimpo?
—Ahí vuelvo a Olimpo. Me acuerdo de que fue un tramo final, ascendimos y me quedé un año más en Argentina. Y ya después di el salto a Estados Unidos. Porque yo cuando vuelvo a Argentina tengo la suerte, vamos a llamarla así, de que en aquel momento todavía el consumo, especialmente de cocaína, no era algo que está en todos lados como desgraciadamente es hoy.
—¿Pudiste estar limpio ese tiempo en Argentina?
—Sí, sí. Años estuve limpio. Muchísimos años limpio. Pero ahí empecé a consumir alcohol no en forma sistemática, pero hago mi primer approach con la bebida.
—¿Te sentías triste ya en ese momento o todavía no?
—Sí, sí. Mucho, yo sentía mucho bajón. A mí haberme ido a España me dio un cachetazo porque iba con tanta ilusión… Ir a Europa era una cosa poco común para un deporte como el básquet en aquel momento. En aquella época era como ir a la Luna, una cosa muy rara.
—Te vas a Estados Unidos lleno de ilusiones.
—Sí claro. A la Universidad a hacer un proceso previo a la NBA que era la meta.
—¿Estados Unidos fue una época limpia?
—Sí, hermosa. Yo estaba muy bien. Estaba limpio en todo sentido. Muy metido obviamente en mi objetivo. Disney estaba ahí a la vuelta de la esquina. Muy concentrado en eso.
—¿A quién soñabas conocer en la NBA?
—A Dr. J, mi ídolo de niño. Cuando ellos me eligen obviamente voy a los campamentos de entrenamiento por primera vez y él por único año en su carrera fue manager del equipo y cuando llego me recibe. Y eso fue guau. Mirá cómo me pongo. Es el sueño cumplido.
—¿Qué es lo que emociona tanto?
—Estoy en un proceso de tratamiento donde la sensibilidad la tenemos todos los que estamos acá internados en la Fundación (Eira). La sensibilidad al palo. Nosotros estamos 16 horas por día trabajando, haciendo terapia continuamente en grupo o con nuestro terapeuta personal. Estamos sacando y sacando nuestra vida afuera.
—Y te encontrás con ese Hernán ahí y…
—Me pasa esto. Es un reencuentro.
—¿Orgulloso de él, añorándolo, qué te pasa, qué ves ahí?
—Hoy estoy orgulloso de él. Me llevó todos estos años. Yo no sentía orgullo.
—¿Por qué?
—Porque yo me lo tomé como un trabajo. O sea, en el medio de esa alegría de ir a Disney, de esa locura hermosa de voy a Disney, voy a ser el primero…
—Primer argentino en la NBA.
—Sí, fui a la luna (risas). Pero yo ya lo tomaba como un trabajo porque tenía una responsabilidad muy grande que era mi mujer y mis hijos. Todo en un rush desde los 14 a los 20 años.

—¿El Loco nace en la NBA?
—No, Loco me decían a mí en el barrio porque yo, a mí siempre me gustó, me sigue gustando, siempre me gustaron los desafíos, la aventura. Primero tenía un problema muy grande: nací muy alto. Siempre fui alto. Extremadamente alto. Ya de niño. Entonces yo veía a mis compañeros que jugaban al fútbol y a mí me gustaba jugar al fútbol: es mi deporte. Pero era altísimo y era malísimo. Entonces yo seguía jugando al fútbol. Yo me creía que jugaba bien y que iba a poder jugar. Yo saltaba los paredones como si tuviera 1,5 metros y me pegaba unos porrazos. Entonces mis amigos me decían “vos estás loco”.
—El fútbol lo fuiste llevando con vos.
—Sí, le debo la vida.
—Sé que jugabas con Kobe Bryant.
—Yo jugué contra el papá de Kobe ya en el final de su carrera, que fue un gran jugador, y nos juntábamos los días miércoles. Mi equipo y el de él nos juntábamos siempre. Reggio Emilia esta vez, yo estaba en Pavía, cerca de Milano, y los miércoles hacíamos partido de entrenamiento. Y ahí estaba Kobe, obviamente con el papá, y un día, me acuerdo, los primeros entrenamientos yo no lo conocía. Conocía al hijo del padre: nadie imaginaba que después iba a ser lo que fue. Y claro, él se crio en italiano, es muy italiano. Digo es porque para mí todavía no murió… Le gustaba el fútbol y me puse a jugar a la pelota un día con él y se enloqueció. Porque, claro, el resto de mis compañeros no jugaba al fútbol. Entonces me miraba como diciendo “pero sabe jugar al fútbol”. Siempre cuento eso porque fue muy risueño porque después pasaron los años y yo empecé a escuchar Kobe, Kobe, Kobe, yo me acuerdo de él, y él venía en los viajes con el padre cuando jugábamos en casa, venía y me buscaba a mí. Traía la pelota y nos íbamos a jugar al fútbol.
—Hernán, ¿cuándo sentís que te rompiste?
—Me quebré hace muy poco definitivamente. Yo venía de estar un año y medio muy mal con mi depresión. Que creía que iba a poder manejarla y no la podía manejar, y no la pude manejar. Entré en pozos muy difíciles.
—Eso ya limpio de cocaína, no pasó por ahí.
—No. no. Limpio de cocaína mi depresión y mi alcoholismo.
—¿La pasaste bien en Italia?
—Muy bien. No debí haber vuelto a la Argentina pero me agarró las ganas de “uy, quiero hacer algo en mi casa, quiero hacer algo en mi país”. Lo hice porque lo sentí pero fue improductivo totalmente porque es donde yo años después vuelvo a consumir cocaína.
—¿Fue un consumo complejo en ese momento?
—Estuve en consumo casi dos años... Yo doy doping positivo jugando en Venezuela. Ahí ya estaba muy mal. Mi consumo era te diría de tres, cuatro veces por semana. Hacía maravillas, malabares para poder jugar. Y di positivo después de un partido y me suspendieron.
—¿Cómo estaba tu situación familiar en ese momento?
—Quebrada. Mi ex pareja, la madre de mis hijos, como toda familia que tiene la desgracia de tener un enfermo, en este caso yo, ya sabía de mi adicción porque no lo ocultaba, era evidente y aguantó la parada con los niños. Fue dificilísimo llevarlo adelante. Si no hubiera estado ella no sé lo que sería hoy de la vida de mis hijos honestamente.
—El límite llegó con el doping positivo.
—Ahí hago un tratamiento y aprovecho. Yo tuve la suerte de que hacía deporte profesional de alto rendimiento. Volví a las bases. Me ayudó a seguir entrenando y tener la responsabilidad de tener que jugar, de volver a ganar dinero importante.
—¿Ahí te llama Maradona?
—Cuando doy positivo, Diego me llama a través de un amigo nuestro. Se entera de que yo había dado positivo en Venezuela y me llama Diego, la típica de Diego: “Estoy con vos, lo que necesites”. Me abrió las puertas de su casa. Diego ya venía con su historia. Yo lo conozco en el ’83, en España cuando él comienza su consumo en Barcelona, que fue después de la lesión que tuvo.
—¿Consumiste alguna vez con él?
—No, nunca. No. Yo con Diego debo haber estado cinco veces en mi vida. Después él tenía esa cosa que te llamaba y te decía “hola, ¿qué haces?”. “¿Quién es?”. “Hola, Diego”. Diego tenía esas cosas. “¿Dónde estás? ¿Qué haces?”. Pero eso con tantísima gente. Había algo que él sabía mi historia. Y cuando él te llamaba para verte, que lo ha hecho, él sabía que conmigo era sin circo. Esa fue un poco mi historia con él. La forma de conocerlo, desde otro lugar que la gente imagina lo que imagina, nada que ver.
—Hay un lindo recuerdo de él.
—Hermoso porque he tenido conversaciones con él que fueron increíbles de profundas, de verdades. Por eso digo: “yo conocí a Diego”.
—¿Esa fue la última vez de la cocaína, ese doping?
—Sí, el doping. El tratamiento y salir. Primero me dieron 99 años, que antiguamente en el deporte profesional se llamaba pena de vida. Fuimos a juicio en Suiza y lo gané y me la bajaron a ocho meses. Que fueron ocho meses muy pesados para mí porque durante todo ese tiempo consumí mucho.
—¿Cocaína seguías consumiendo?
—Cocaína consumí muchísimo. No podía soportarme. El solo hecho de pensar que no iba a poder volver a jugar nunca más, ¿de qué vamos a vivir? Te empezás a dar cuenta realmente de lo grave de la situación.
—¿Y cómo decidiste tratarte?
—Porque yo necesitaba salirme del tema y trabajar. La responsabilidad de tener una familia. Esto lo tengo que dar vuelta. Esto no puede estar más en mi vida.
—Aparte era la única forma de volver a jugar a los ocho meses.
—Sí, la única forma. Entonces ya faltando dos meses para volver, me puse firme a entrenar a consciencia. Me lo tomé como cuando entrené para la NBA, dije “esta es tu NBA, no la otra”. Qué loca es la vida muchas veces, ¿no? Ahora me siento orgulloso de haber llegado, pero no lo saboreé como debiera. Y sí esta vez. Porque el mensaje era “no fue aquella pero es esta”. La vida me fue preparando en algún punto a que el verdadero entrenamiento y el verdadero campeonato era el de la vida.
—¿Eso hoy da más orgullo que haber estado en la NBA?
—Por supuesto. Eterno. Y encima yo no vivo del pasado. Me cuesta hablar de estas cosas. No me gusta. Mirá, yo no tengo ni una camiseta mía. Cuando me daban un trofeo lo regalaba. Salía de ahí y se lo daba a un niño. La camiseta se la daba a un chico. Siempre hice eso. Prefería que lo tenga alguien que seguramente lo iba a disfrutar más que yo porque a mí esa cosa no me llenaba.
—Todavía no estaba esa depresión profunda.
—No, yo soy... digo soy porque sigo adicto obviamente y voy a ser hasta el último de mis días. No pierdo de vista eso. Yo no me confundo con el tema del tiempo. Si bien en tratamiento te dicen que el tiempo es muy importante para tener y se festeja, yo no lo festejé, no lo festejo. No encuentro nada que tenga que festejar porque los peores momentos de mi vida han sido y son bajo consumo. Llevo cuatro meses y vamos a festejar: no, no tengo nada que festejar. Yo tengo que seguir hoy en tratamiento. No me llena. No me llenan mis 29 años limpio de cocaína. Porque yo me tumbé gracias a eso. Yo me puse la medalla de “yo pude con la cocaína” y empecé a caminar la vida desde ese lugar. “Uh, guau, campeón olímpico en abandonar una adicción”, y no me daba cuenta de que me había hecho amigo de la otra adicción: el alcohol.
—¿Haber podido salir de la cocaína en lugar de hacerte entender el riesgo que tenías y la posibilidad de caer te puso más en riesgo?
—Sí, por supuesto, porque producto de mi ignorancia y mi ego, vuelvo a repetir. Acá, los adictos tenemos problemas con el ego. Más yo que venía de un deporte donde el deportista profesional sin ego no es deportista. Porque perdés el sentido de la competencia.
—¿El alcohol ya estaba en esa época?
—Ya estaba. Esporádicamente. Yo estaba hasta tres, cuatro años sin beber. Pero el alcohol siempre estuvo.
—¿Y cuándo se vuelve más problemático?
—En los últimos años.
—¿Qué pasó?
—La depresión…
—¿Se puso muy oscuro?
—Se puso muy negro. Ya ni oscuro. Negro total. Desgano. Y es ahí donde yo me empecé a dar cuenta de que ya no quería vivir. Que no me interesaba. La dejadez. Disociado absolutamente. Empecé a ver la vida y a la gente como algo que me molestaba. Miraba televisión y escuchaba a una persona hablando, que me parecía un tarado, un boludo. Marco lo de la televisión porque era la única compañía que yo tenía. Y llegó un punto que dije “no loco, estás muy mal vos, ya si ves a todo el mundo negro es porque vos estás muy negro”. Y ahí vino en un punto el pedido de ayuda, cuando lo llamo a Luis para entrar en la Fundación.
—Pero ahí ya habías atentado contra tu vida.
—Sí, una vez hacía muchos años. Sin éxito por suerte.
—¿Quién te ayudó en ese momento?
—Mi familia. Mis seres queridos. Mis seres queridos que siempre supieron de mis problemáticas. Y fundamentalmente darse cuenta de una vez que era ingobernable, era una persona ingobernable en mis decisiones, en la forma en la cual vivía. A mí la depresión cuando me agarra se me torna… entro en un estado de aburrimiento y de saturación mental muy fuerte por lo que necesito cambiar. Si estoy haciendo una cosa necesito buscar otra cosa porque si no ahí es donde empieza a aparecer el alcohol.
—¿Te angustiaste los años siguientes recordando que eso podía haber sucedido? ¿Qué podías no haber conocido a tu nieto?
—Me angustié. Me enojé más que angustiarme. Me enojé mucho conmigo y entré en el peor de los estadios, la autoflagelación. En este caso mental, psicológica: desprecio por mí mismo. Yo tuve el intento pero estoy convencido de que no quería. Desgraciadamente me doy cuenta el que quiere suicidarse se suicida. Lo mío fue un llamado de atención.
—¿Para vos o para el resto?
—Para mí. Para mí. Yo tengo todo un tema con el resto. En eso siempre traté de correrme. Me pasa al día de hoy: yo estoy en tratamiento, no mi familia. Mi familia tiene su vida, sus historias que tienen que vivir y esto es mío. Este es mi problema.
—¿Qué pasó con el alcohol en los últimos años?
—Se tornó ingobernable porque dejé de trabajar. Tuve un problema importante de pérdida de dinero, un mal negocio hace unos años. Y no le encontraba la forma de volver a esos niveles de laburo, y esperando que algo surgiera para incorporarme laboralmente como a mí me gustaba o como yo pretendía, la botella pasó a ser la nafta de todos los días para tratar de seguir, seguir y seguir, y mentirme, mentirme y mentirme.
—¿Todos los días?
—Sí. Al final ya consumía todos los días: mañana, tarde y noche. Empezaba el día con una botella y terminaba el día con otra.
—¿De lo que sea?
—Vodka. Vodka. Yo ya el último año y medio consumía vodka, no consumía otra cosa.
—¿Este fue el momento más oscuro?
—Lejos.
—¿Más que el intento de suicidio?
—Sí, porque el intento de suicidio fue una situación que hoy a la distancia viéndolo, ni semejanza con esto. De oscuridad hablo. En aquel momento fue un llamado de atención para mí mismo. Y ahí también empecé a detectar que mi depresión me estaba ganando y gobernando cada vez más. Si bien yo me trataba, no me llenaba, no encontraba. Yo me traté un tiempo con un grandísimo profesional, que fue el único que me dio un diagnóstico donde me demuestra que la depresión estaba gobernando mi vida desde que nací, cuando me dijo “yo puedo ayudarte profesionalmente lo que no puedo es crear el deseo en vos”.
—¿Y lo encontraste el deseo?
—No. Ahí empieza la caída. Confirmar que mi gran problemática es la pérdida del deseo. Y el deseo involucró ese viejo intento de no estar más. Y se fue acrecentando este último tiempo. A diferencia del intento de suicidio yo me iba suicidando todos los días un poquito.
—¿De qué vivías?
—De mis ahorros, de alguna que otra cosa que hacía, de trabajos que me pedían.
—¿Podías sostener algún trabajo?
—No, imposible. Era todo muy freelance. Muy cosas específicas que me pedía algún cliente. Lobby. Yo me dedico a eso.
—¿Podías sostener alguna pareja, enamorarte?
—No, yo me divorcié de mi segunda esposa hace ocho años. Me divorcié, nos separamos. Mantenemos un vínculo maravilloso de ser humano a ser humano, de compañeros, pero no volví a tener pareja. No creo que vuelva a tener pareja. No lo vislumbro dentro de mi vida. Estoy muy enfocado hoy en mí. No estoy en condiciones de estar con alguien para que tenga que sostener a este señorito de 60 años casi, con una historia de vida pesada.
—En este año y medio de consumo de alcohol no volviste a la cocaína.
—No. No está en mi vida. Por suerte. Me desenamoré, vamos a ponerlo así. Fue un problema muy grande para mí en su momento. Me llevó puesto porque estaba el superhéroe: “yo puedo con esto, no pasa nada”. Puedo hasta que pasó y ahí tomé conciencia.
—¿Qué te hizo tomar conciencia?
—Mi familia. No poder mirar a mis hijos a la cara.
—Ellos fueron los que te abrieron los ojos en ese momento. ¿Qué te llevó ahora a poder decir “esto termina mal”?
—El darme cuenta de que, por ejemplo, ya no me relacionaba con nadie. De familia hablo. Mi relación con mi familia ya era cada día menor. Producto de que a sabiendas que no estaba bien y que no quería que ellos, si bien sabían y saben la problemática que tengo, lo tengan que vivir. Ya lo habían vivido muchas veces. Mis caídas han sido por momentos estrepitosas. Les he hecho pasar momentos horrorosos que son inolvidables en la vida de una persona. Son inolvidables para mí porque soy el ejecutor, lo he sido.
—¿Lo pudiste decidir solo pedir ayuda?
—Sí. Sí porque me di cuenta de que ya no podía más. Fue un momento de luz y de tener el número de Luis. La verdad es esa. Y decirle “Luis ayudame”.
—¿Qué pasó la noche anterior a que decidieras internarte?
—Paré en una pensión porque llegué con poco dinero, ya me estaba comiendo todos los pocos mangos que me quedaban. Me metí en una pensión. Bebí y tuve un altercado muy grande con un grupo de personas que habían salido justo de la cárcel hacía dos días. Si me faltaba, digamos, vivir algo en ese submundo que estaba metido, fue eso.
—¿Habías tomado también?
—Sí, había tomado, había consumido todo el día.
—Hasta el último minuto antes de entrar...
—Sí, hasta el último minuto. Hasta antes de subirme al auto que me fueron a buscar mis compañeros de EIRA, consumí. Pero estuvo buena esa parte porque la tengo presente todos los días, por eso a un compañero que vino le dije “grabame por favor que cuando salga la quiero ver”.
—¿Estabas golpeado?
—Sí, estaba golpeado porque fue una batalla titánica adentro de la habitación. Yo estaba durmiendo, me entraron de noche. Me pegaron con una banqueta de madera.
—Un último recuerdo del lugar al que uno no quiere volver, ¿no?
—Un lugar espantoso a donde no quiero volver. Acá siempre nos enseñan a recordar la última recaída. La última tocada de fondo. Esa fue mi última tocada de fondo. Por eso le dije a mi compañero “grabame, no me la quiero olvidar”.
—¿La viste ya o todavía no?
—No, no, no. No la tiene nadie, la tiene él en su teléfono.
—¿Fueron difíciles las primeras semanas acá?
—Uf. Las primeras semanas no, los primeros dos meses. Por qué. Primero la abstinencia obvia. Después el cambio radical de vida, una estructura. Yo venía de un año y medio de la nada. No horarios. No obligaciones. Ni hablar de responsabilidades, cero. Ahora horarios, responsabilidades, sobre mi persona, no sobre el resto. Sobre mí. Hacete responsable flaco, por eso estás acá. A las siete hay que levantarse, a tal hora esto. La campana que digo siempre. La campana para hacer cosas. Ahora no se puede, o no podés fumar. Grupo. Hablás, no tenés ganas. ¿Qué voy a hablar? ¿Qué voy a contar, mis miserias? No tengo confianza. Bueno, ganá confianza, confía. Rendite. Todo el día te lo dicen y es la única forma. Mi problema generacional: soy el más viejo acá. Empecé a chocar. Acá hay chicos de 18 años, niñas de 18 años desgraciadamente pero están. 60 años yo casi. ¿Cómo hago para conectar? Y mirá que vengo de un mundo donde conviví toda la vida con gente joven. Pero este era un mundo que yo desconocía. Historias que yo desconocía.
—Primero tuviste que aceptarte.
—Ni hablar. O sea, que yo tenía, o sea, yo daba gracias de estar acá y al mismo tiempo a la noche me ponía y decía dónde terminé. Y un día en un grupo con Johnny Tyrrell que es una de las mentes que tenemos acá brillantes dentro de la Fundación charlando con él en un grupo yo dije “mira dónde terminé”. “No -me dijo-, tenés que dar gracias que terminaste acá”. “Acá no estás terminando, acá estás empezando”, me dijo. Dije “ups, qué distinto ¿no? ‘Mirá cómo terminé’ a ‘mira cómo estoy empezando’“. Y a mí me cambió la mirada. Pero fueron dos meses muy duros.
—¿Estás orgulloso del trabajo que estás haciendo?
—Sí. Sí. Sí porque soy consciente y lo hago a conciencia.
—¿Podés valorarte en eso?
—Hoy sí. Me valoro. Valoro mi tiempo. Y lo estoy haciendo por mí, no por los demás. Yo toda la vida hice cosas por los demás. Y no con esto quiero decir “guau, qué chico bondadoso”. Yo jugué por dinero para hacer feliz a gente que pagó una entrada. Después tenía que dejar contentos a los míos. Yo crecí con el dedito acusador, “vos tenés que ser…”. Yo crecí leyendo un diario a ver si el periodismo me quería o no me quería. Tuve que matar siendo niño la mirada externa, porque si me enganchaba con eso iba a terminar peor. Cuando todos los días dependés de la opinión de los demás en un punto es difícil. La soledad que vivís es horrorosa.
—No es para cualquiera.
—Sí. Por eso digo, yo tuve que matar la mirada externa. Cuando escucho muchas veces a mis compañeros acá que no han pasado por ese estilo de vida, yo entiendo que les cueste mucho hablar delante de los demás. Es muy complicado, es muy difícil. Sobre todo porque no es que vas a contar las vacaciones en las Maldivas, vas a contar situaciones horrorosas de tu vida personal que duelen de una forma terrible. Entonces entiendo cuando escucho que les cuesta o mismo cuando deja de costarles lo que viven revivir ese momento. Es desgarrador.
—Me parece súper importante poder contar esto: uno puede estar ahí arriba y no estar bien.
—Sí. Yo he conocido mucha gente por mi medio, en mi caso el deporte, conocer gente famosa o importante, gente notoria. Yo encontré en la mayoría de esas personas mucho de mí: vacíos. Gente que logró para afuera los propósitos de algún momento. Pero adentro, mucho vacío, mucha oscuridad, mucha soledad.
—¿Cómo está tú adentro hoy?
—Está un poquito mejor. Le está entrando un poquito de luz, de sol.
—¿Te abrazás un poco?
—Sí. ¿Sabés cuándo me di cuenta? Cuando me levanto a las seis de la mañana sin una alarma, sin despertador, y me siento acá abajo cerca de donde está Luis en la administración ahí en la mesa redonda. Me fumo un pucho y digo “guau, qué bueno”.
—¿Cómo te sentís acá?
—No tengo más que palabras de agradecimiento. El grupo profesional, el staff, los operadores, los coordinadores, Luis. Esto es un all inclusive. Vamos a poner un poquito de humor. Yo entiendo porque todos nos quejamos acá. La queja está dentro de nuestro día. Si no te quejás por algo acá es porque no estás acá. Pero es un all inclusive. Acá a nosotros no nos falta nada. Acá hay amor y respeto, dos cosas fundamentales para poder volver a ser en muchos casos lo que pudimos ser y en otros casos lo que nunca fuimos.
—¿Y vos qué querés ser?
—Quiero acercarme cada día más a Hernán y alejarme del Loco. Hace rato que no lo encuentro. Muchos años.
—Pero estás en el camino.
—Por suerte. Por eso no cuento el tiempo. Y no lo festejo. Sigo en el pelotero de la vida. Estoy aprendiendo. Reaprendiendo. Leí un libro hace muchos años de un autor americano que escribe sobre educación y una de las frases que decía era que en la vida hay que aprender para desaprender para reaprender. Y a las dos semanas que estaba acá en un grupo, una de las operadoras nombró la palabra “reaprender”. Y yo dije “guau, lo que es la vida, lo leí hace 30 años, me quedó, pero nunca supe cómo utilizarlo en mi vida”. Y llego acá y es lo primero que me enseñan: reaprender. Estoy reaprendiendo a vivir.
Si querés contar tu historia escribinos a:voces@infobae.com





