La llegada de perros de terapia a residencias y centros de rehabilitación ha transformado la vida de numerosos adultos mayores, quienes encuentran en la canoterapia un estímulo que impulsa la recuperación de la movilidad, la autoestima y el deseo de relacionarse.
En el Hogar y Centro de Rehabilitación Los Pinos, la labor de Carmen Pérsico, certificada en intervenciones asistidas con perros, junto a su equipo de la Fundación Caral, demostró que la presencia de estos animales puede modificar rutinas y estados de ánimo de forma profunda y sostenida.
El trabajo se apoya en la interacción entre perros entrenados, pacientes y profesionales de la salud. Pérsico explicó que la canoterapia no se limita al acompañamiento, sino que busca activar a las personas en el plano emocional para favorecer la respuesta física. “Es la intervención entre los perros, el médico y el paciente”, afirmó y subrayó que el objetivo central radica en incentivar primero desde lo psicológico y luego en el movimiento.

La experiencia de los residentes evidencia el impacto de la canoterapia. Carmen explicó que, al inicio, muchos pacientes permanecían en cama, pero la expectativa de la visita de los perros generó un cambio notable. “Con el tiempo, descubrimos que los perros los incentivaban para salir a pasear y caminar”, contó.
Los resultados de la canoterapia se observan en historias concretas. Pérsico relató el caso de un paciente que, tras un año de trabajo con los perros, pasó de la cuadriplejia a caminar. “Empezamos a trabajar con los perros, sus médicos, los kinesiólogos, y después de un año está caminando con andador”, detalló.
Estos avances se relacionan con la memoria muscular y la estimulación sostenida. Según la especialista, “al incentivar la memoria del músculo, las personas empiezan a tener movimientos otra vez y se tornan más flexibles”.

El aspecto emocional cobra relevancia, ya que la mayoría de los pacientes han convivido con perros, y la separación prolongada de sus mascotas durante la internación favorece un vínculo especial con los animales de terapia. Incluso actividades sencillas, como cepillarles el pelo, se transforman en herramientas terapéuticas. “Lo que nosotros buscamos en el cepillado es la estimulación en los movimientos del paciente. La función de la terapia es activar movimiento”, explicó la creadora de Fundación Caral.
La selección y el entrenamiento de los perros requiere un proceso riguroso. “Los Boyeros tienen un temperamento afable, son muy amigables. Los schnauzer son pequeños e inteligentes”, describió. El Schnauzer, además, se utiliza en intervenciones sobre las camas porque no pierde pelo.
El entrenamiento inicia cuando los cachorros tienen entre 25 y 30 días, en un entorno simulado con sillas de ruedas y camas, lo que facilita su adaptación al mobiliario típico de un hogar. El perro debe estar habituado a este tipo de entorno, puntualizó.

La conexión emocional y la predisposición natural del animal resultan factores determinantes. “Si el perro no está cómodo con la gente, se va. Si, en cambio, encuentra comunicación o ese feedback, se queda estático”, explicó Pérsico.
El proceso de selección comprende pruebas de temperamento que identifican a los cachorros más tranquilos y aptos para la terapia, seguidas de un entrenamiento que puede extenderse entre dos y tres años. El bienestar de los perros ocupa un lugar central en la rutina diaria: cada animal trabaja en equipos y alterna periodos de actividad con intervalos de descanso para prevenir la sobrecarga.
“Para esta tarea hay que conocer muy bien a los perros, generar un buen vínculo y advertir si tienen disposición o no. No se los puede obligar. Por eso contamos con distintos equipos”, señaló la especialista.
El tiempo de trabajo de los animales se limita a dos horas, con pausas controladas, y los cuidadores observan las señales. “Si veo que corre la cara, ya sé que no tiene más ganas. Entonces, ese perro deja de trabajar y lo llevamos a descansar”, indicó Carmen, en relación al protocolo que aplican en estas situaciones.

El uso del pretal señala el comienzo de la tarea para los perros, quienes lo reconocen como indicio de trabajo. “En cuanto les ponemos el pretal, saben que van a realizar una tarea y suben a la camioneta muy contentos”, explicó.
Durante la terapia, los animales adoptan un comportamiento más tranquilo y relajado, consecuencia de una preparación específica que les permite adaptarse tanto a entornos clínicos como a situaciones imprevistas, entre ellas ruidos repentinos o el uso de ascensores.
El vínculo emocional entre los pacientes y los perros impulsa directamente la recuperación. “Toda la semana esperan la visita de los perros. Incluso, conocen los nombres de los animales y a veces no recuerdan los nuestros”, relató Pérsico. La expectativa de la llegada de los perros favorece el ánimo y estimula la participación activa en las actividades. Así la anticipación y el reconocimiento mutuo forjan un entorno terapéutico de alto impacto.
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