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Una libretita, un barco del emir y los años que tardó en animarse a escribir sobre el miedo: el libro de viajes de María Eugenia Rodríguez

La periodista uruguaya reunió apuntes personales escritos durante dos décadas y revisó episodios en Siria y Ucrania que había cubierto como cronista, incluida la decisión de no cruzar a Libia por temor

La periodista María Eugenia Rodríguez Cattaneo hace anotaciones sobre un mapa en la Ciudadela de Ammna. (Archivo personal)

María Eugenia Rodríguez Cattaneo lleva años escribiendo sobre guerras, fronteras y elecciones ajenas. Ahora, por primera vez, escribió sobre sí misma. En diálogo con Infobae, la periodista uruguaya cuenta cómo nació El libro de tapas azules, su primera publicación, un proyecto que empezó a tomar forma en una libreta que la acompañaba desde sus primeros viajes y que terminó de escribir en Tiflis, la capital de Georgia, donde vivió los últimos meses.

“Cuando empecé a viajar, hace mucho tiempo, yo andaba siempre con una libretita anotando fragmentos de mi diario, cosas que escuchaba”, recuerda. Durante años escribió en paralelo dos tipos de textos: las crónicas que firmaba para distintos medios y esos apuntes personales que nunca pensó en publicar. El libro reúne justamente eso último, una colección sin orden cronológico que ella misma describe como “una ensalada de cosas de muchos años hasta ahora”.

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La periodista uruguaya María Eugenia Rodríguez Cattaneo observa el horizonte en Yazd, Irán durante uno de sus viajes como cronista internacional. (Archivo personal)

Antes de este proyecto trabajó en otro manuscrito, de corte más periodístico, que finalmente dejó de lado. “Me da la sensación de que de la parte periodística he escrito un montón. Y quería mostrar el otro lugar”, explica. Pone un ejemplo concreto: la vez que intentó cruzar de Jordania a Siria al comienzo de la guerra civil, un episodio que ya había narrado como cronista pero que ahora revisita desde otro ángulo. “Cuento el miedo que pasé, atroz”, dice. “Eso no es una crónica de periodismo. Pasé miedo, pero me animé a cruzar”. Pone otro caso: una ocasión en que estuvo a punto de entrar a Libia. “Me dijeron que entremos, y yo no me animé”, admite. Ese es, según cuenta, el costado que más le costó poner por escrito.

“Me costó mucho hablar del miedo, porque soy muy miedosa”, dice. “Cuando decís los lugares a los que fuiste tan remotos, parece que no lo sos, parece que tienes mucho coraje. Y la verdad es que no. Me avergüenzo de la cantidad de veces que tuve miedo y no hice cosas que me hubiese gustado hacer”.
La periodista María Eugenia Rodríguez Cattaneo redacta en su computadora portátil desde una terraza al aire libre frente a una ladera urbana. (Archivo personal)

Esa relación con el miedo atraviesa buena parte del libro, pero también su propia carrera, que arrancó de una manera que ella misma llama poco romántica. Se recibió de periodista en Uruguay en plena crisis económica de comienzos de los años 2000. Viajó con una beca a España y, sin dinero, aceptó una oferta inesperada: embarcarse como marinera. El buque resultó pertenecer al emir de Catar. “Yo digo que sí porque no tengo un centavo, porque quiero viajar”, cuenta. Terminó recorriendo el Golfo Pérsico y Medio Oriente durante ocho meses a bordo, mientras limpiaba camarotes y pasillos. Ahí escribió su primer reportaje para un diario uruguayo. “A mí decirme periodista me costaba un poco, porque yo sabía que escribía y escribía, y trapeaba el pasillo”, dice. “No vamos a romantizar la cosa”.

El sol, las manos temblando y una palabra en árabe

Del episodio en la frontera siria, Rodríguez Cattaneo lo cuenta y recrea esa sensación. “Me hubieran puesto una losa encima y no me podía mover. De pronto me empezaban a temblar las manos, no las podía controlar”, relata. “Apoyé las manos en las piernas para que no se notara que estaba temblando y el sol me daba de frente. Entonces yo miraba al sol, para que se me achinaran los ojos, y contaba para respirar: uno, dos, tres para inspirar y tres para expirar, para que no se notara que el corazón se me iba a escapar”. Cruzó la frontera. Un militar sirio le preguntó si era periodista: “Sahafia”, le dijo, en árabe. Es una frase que todavía recuerda palabra por palabra.

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La periodista uruguaya María Eugenia Rodríguez Cattaneo se encuentra en una carretera desértica al norte de Chile durante uno de sus viajes. (Archivo personal)

Un miedo parecido, aunque atravesado por otro contexto, aparece en sus relatos más recientes sobre Ucrania, adonde viajó al inicio de la invasión rusa en 2022 y volvió en febrero de este año para el cuarto aniversario de la guerra. “Contar que vos estás comiéndote una ensalada, suena la alarma, y todo el mundo deja la ensalada donde está, o te la ponen en un tupper en un restaurante y tienes que bajar a un refugio”, describe. Una noche en Kiev, tras escuchar un estallido cercano, le preguntó al recepcionista de su hotel si convenía bajar al refugio. “Me dijo que él no bajaría ni aunque la bomba estallara en la esquina”, cuenta. Después de cuatro años de guerra, explica, muchos dejaron de hacerlo: “Están hartos de estar haciendo algo y tener que bajar. Si es para mí, que me estalle la bomba”. Una amiga ucraniana le contó que cuando suenan las alarmas se da vuelta y se tapa con lo que llama, en broma, su “manta antibalas”: un acolchado de plumas común. “El vínculo con el miedo es complicado”, resume Rodríguez Cattaneo.

También de ese viaje rescata otra escena, en las antípodas del estruendo: un museo de Odesa que abrió sus puertas de manera gratuita al día siguiente de un bombardeo, para que los vecinos tuvieran un espacio de silencio. “¿Vos te imaginás eso visto en redes?”, pregunta. “No ves eso otro, de cómo la gente se solidariza, se ayuda, se junta”.

La periodista María Eugenia Rodríguez Cattaneo permanece sentada frente a unas ruinas arqueológicas durante uno de sus viajes. (Archivo personal)

Veinte años de rutas

El recorrido de Rodríguez Cattaneo incluye Marruecos, Túnez, Argelia, Egipto, Jordania, Líbano, los campamentos de refugiados del Sahara Occidental, y, más recientemente, Hungría, Eslovaquia, Turquía, Armenia, Azerbaiyán y Georgia. En América Latina cubrió el estallido social en Chile, viajó en ómnibus por Bolivia y entrevistó a Evo Morales en el Chapare. “Nunca estuve en Estados Unidos, nunca estuve en Rusia”, dice entre risas. “Grandes países que podría decir, bueno. Faltan muchos”.

Sobre cómo se mueve, siendo mujer, en países de mayoría musulmana, es tajante: “Yo no voy a dar lecciones ni de moral ni de comportamiento. Yo voy a observar”. Explica que respeta los códigos locales de la misma manera en que lo hace en Bolivia o en comunidades rurales de otros continentes. Recuerda una excursión en Marruecos, a un campamento bereber, donde un grupo de turistas bebía cerveza frente a la incomodidad evidente de los anfitriones. “No tengo que ir a un campamento bereber a tomarme yo una cerveza”, dice.

El único país donde el trato callejero le resultó especialmente difícil, afirma, fue Egipto, cuando viajaba sola. En el resto de sus recorridos por Medio Oriente, asegura, nunca se sintió en peligro, aunque aclara que no generaliza su experiencia. En Ucrania, de hecho, una patrulla policial la ayudó a conseguir alojamiento durante un toque de queda nocturno. “Pasé miedo en Ucrania, pero un patrullero me llevó a que encontrara una reserva”, relata.

En Tiflis integró un grupo de escritura que se reunía los jueves para leer y producir textos a mano, dejando los teléfonos de lado. Con ese grupo imprimió una revista llamada Brain Police, que presentaron en la Biblioteca Nacional de Georgia. “Yo tengo unos ejemplares acá”, cuenta. La experiencia terminó de darle forma al libro: páginas en blanco intercaladas entre los fragmentos, pensadas para que cada lector escriba su propia versión. “Me pregunto a mí misma: lo que más quiero es ir al desierto a recorrer países. Entonces le pregunto al lector: ¿qué esperas para hacer lo que más quieres?”, explica.

“El mundo es mucho más amplio de lo que vemos en redes”

Hace dos años, Rodríguez Cattaneo dejó la conducción de noticias internacionales de un canal estatal uruguayo. “No era feliz, no me gustaba, no estaba bien ahí, maquillarme todos los días”, dice. Volvió a trabajar como freelance y retomó una práctica que sostuvo durante años antes de ese cargo: financiar sus propios viajes con las vacaciones pagas de empleos anteriores. “Usaba mis vacaciones y usaba mi dinero para ir al lugar donde pasaban cosas, porque muchas veces a los periodistas no nos mandan a ningún lado”, explica.

La periodista uruguaya María Eugenia Rodríguez Cattaneo viaja en la cabina de un teleférico en La Paz, Bolivia. (Foto cortesía: Walter Astrada)

Sobre el estado actual del oficio, rechaza el diagnóstico de crisis terminal. “No creo que sea peor”, afirma. “La cantidad de gente que me encuentro por ahí escribiendo y haciendo reportajes por su propia voluntad es increíble”. Pone como ejemplo la cobertura del último aniversario de la guerra en Ucrania, donde coincidió con un periodista alemán que transmitía en vivo completamente solo, sin equipo detrás. “Antes eran muchos menos los que iban. Ahora son más, con otras condiciones”, analiza.

Y sobre cómo describiría el estado actual del mundo tras más de dos décadas reporteando desde zonas de conflicto, responde sin dudar: “Lo que yo veo que está pasando en el mundo no tiene nada que ver con lo que vemos en las redes”. Explica que la fragmentación de la información deja afuera lo que llama “un crisol de realidades” imposible de condensar en una pantalla. “Cuando viajamos hacemos foco en lo excepcional, en la protesta, en la crisis, y no en todas las otras cosas que pasan en paralelo. Y esas cosas también son importantes para la gente”, dice.

La cubierta de El libro de tapas azules presenta la obra autobiográfica de la periodista uruguaya María Eugenia Rodríguez Cattaneo junto con una breve semblanza de la autora. (Archivo personal)

El libro lleva el subtítulo “Guía de viaje para viajeros temerosos”, incluye ilustraciones a mano del dibujante español Yem Morsa y saldrá en una edición autopublicada, solo en papel, sin versión digital. Rodríguez Cattaneo adelanta que está disponible primero en Uruguay, con planes de ampliar su circulación según la demanda. Para adquirirlo pueden escribir a @eugeniacattaneo en Instagram, o en en librerías de Montevideo y Punta del Este.

“Me gustaría mucho que la gente leyera con él y, después, lo regale y circule”, dice. “Eso de acumular libros está buenísimo, pero si no lo vas a leer de nuevo, regálalo y que lo lea otra persona”.

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