El crecimiento une al país sólo donde llega el Estado

La mandataria entrante llegará al poder con una ventaja de menos de 50 mil votos y un país dividido en mitades, en una elección marcada por el respaldo al rumbo económico más que a su figura

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Keiko Fujimori asumirá la presidencia del Perú el 28 de julio tras una elección definida por menos de 50 mil votos en un país dividido en mitades casi exactas. REUTERS/Angela Ponce

El 28 de julio Keiko Fujimori asumirá la presidencia elegida por poco menos de 50 mil votos. El Perú llega partido en mitades casi exactas, y buena parte del voto que la eligió no fue una adhesión personal sino una decisión para preservar el modelo frente a la alternativa. Hay buenas razones para ello: ese modelo produjo tres décadas de estabilidad y avance económico. Pero el reto de este quinquenio es más difícil que repetir la fórmula. El crecimiento peruano ya mostró que puede cerrar algunas brechas, pero todavía no las cierra donde el Estado no tiene presencia, y, sin eso, solamente crecer no alcanza para unir al país.

La robustez del modelo

Después de reconstruir las cuentas nacionales peruanas desde 1700, Bruno Seminario encontró ciclos largos, unos 35 años de expansión y veinte de declive. El Perú ha sabido crecer, pero no sostener ese crecimiento. El comienzo de este siglo fue una de esas expansiones, doce años con un crecimiento promedio de 6,1 % anual. Cuando el ritmo bajó a 3% en la década siguiente, el efecto del crecimiento sobre la pobreza se redujo casi a la cuarta parte. Con la fuerza de esos años, la desigualdad monetaria cayó durante casi tres décadas. El coeficiente de Gini llegó a su pico de 55,1 en 1998, bajó a 43,9 al cerrar el superciclo en 2013, a 41,5 antes de la pandemia y, tras el retroceso de 2020, a su mínimo histórico de 40,1 en 2024, quince puntos por debajo del pico. Curiosamente, según datos del Banco Mundial, los dos países que más redujeron ese indicador de desigualdad en la región fueron Bolivia y el Perú, con modelos muy distintos. Bolivia lo hizo agotando el ciclo de su gas y sus reservas, y hoy combina recesión, inflación cercana al 20% y escasez de divisas. El Perú lo logró conservando el crecimiento, la inflación más baja de la región y una economía abierta. En el mismo periodo, el producto por habitante casi se cuadruplicó, de unos 4.400 a 17.800 dólares a paridad de compra.

Hace treinta años la minería era el único gran motor exportador. Hoy la acompaña una agroindustria que llegó a un récord de US$15.000 millones en 2025, con el Perú como primer exportador mundial de arándanos, y las exportaciones totales alcanzaron US$74.664 millones en 2024, su mayor nivel hasta entonces. La economía se abrió y el comercio exterior pasó de representar un tercio a cerca de la mitad del producto. El riesgo país cerró 2025 en 124 puntos básicos, el segundo más bajo de América Latina después de Chile y menos de la mitad del promedio regional. El país conserva el grado de inversión con una deuda pública de un tercio del producto, de las más bajas de la región.

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Keiko Fujimori, con la banda presidencial, diserta sobre el crecimiento económico de Perú, representado por dinero, petróleo y un gráfico ascendente sobre el mapa del país. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La paradoja

Sin embargo, la división política se profundizó a pesar de esos resultados. Los ingresos explican solo una parte. Los mapas que mejor coinciden con el mapa electoral son los de la provisión del Estado, y ahí aparecen tres brechas sobre los mismos territorios. La primera es de calidad de vida. Lima tiene 45 médicos colegiados por cada diez mil habitantes y Amazonas 6,7. En las zonas rurales el 97,5% no recibe agua segura, potable y continua, y tres de cada cuatro no tienen desagüe por red pública. La segunda es de presencia del Estado. La Libertad, una de las regiones más golpeadas por la extorsión, tiene la menor densidad policial del país. La informalidad promedio de la última década es de 90,7% en Huancavelica y 60,8% en Lima. La brecha de infraestructura de acceso básico llega a 363 mil millones de soles. La deforestación tampoco se detiene, con más de 130 mil hectáreas de bosque perdidas en 2023, en un territorio que el Estado no llega a controlar. La tercera es de inversión privada. La inversión cayó de 25% a 20,5% del producto en una década y se concentra en Lima y la costa. La inversión privada no llega donde no hay seguridad, reglas ni caminos, y por eso los territorios sin presencia del Estado tampoco reciben el capital que impulsaría su crecimiento. El mapa electoral lo confirma. Fujimori ganó en nueve regiones, incluida Lima con 63,5% del voto, y perdió en dieciséis, entre ellas todo el sur andino, Apurímac, Ayacucho, Cusco, Huancavelica y Puno, los mismos territorios que encabezan esas brechas. Andrés Rodríguez-Pose ha descrito este patrón en muchos países. Son territorios que sienten que el desarrollo los dejó atrás y que terminan votando contra el sistema.

Ante las restricciones fiscales, los especialistas señalan que el crecimiento económico dependerá principalmente del dinamismo de la inversión privada en los próximos años. Foto: ComexPerú

Queda la pregunta de fondo: ¿por qué el crecimiento no cerró estas brechas como sí cerró la pobreza a fines de la década de 2000? La razón es que no todo crecimiento es igual. El que redujo la pobreza fue el del superciclo, que creció al 6% anual. El de la última década, de entre 2 % y 3 %, apenas logró reducirla, y la pobreza sigue por encima del nivel que tenía antes de la pandemia. La anemia infantil subió de 38,8% en 2021 a 43,7% en 2024. Hay una segunda razón. Aun en sus mejores años, el crecimiento llegó sobre todo a donde el Estado ya estaba, con instituciones capaces de atraer inversión y con servicios de salud y educación que permiten a la gente aprovechar el ingreso, y pasó de largo por los territorios donde el Estado casi no existe.

Ica y Ayacucho son vecinas y quedaron en extremos opuestos. A Ica la agroexportación le trajo inversión, empleo formal e infraestructura, y hoy es la región con menos pobreza del país, cerca de 7% y sin pobreza extrema. A Ayacucho, al lado, no llegaron ni esa inversión ni las instituciones y servicios que la vuelven desarrollo, y sigue entre las regiones más pobres del país. Si el desarrollo es, como argumenta Amartya Sen, la expansión de las capacidades de las personas para resolver sus propios problemas, cerrar esas brechas forma parte de la política económica. Un crecimiento modesto no alcanza, el crecimiento sigue siendo lo central, pero necesita ser más fuerte que el de los últimos años y llegar a los territorios donde el Estado todavía no está.

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Hay bastantes expectativas sobre cómo se puede desarrollar la economía peruana en los próximos 5 años. Foto: Roblex

El reto del quinquenio

El reto del quinquenio es más complejo que volver a crecer o que gastar mejor. Las dos cosas que el país necesita dependen una de la otra. Solo un crecimiento fuerte, como el del superciclo y no el de los últimos años, genera los recursos para construir Estado donde hoy no llega. Y solo un Estado presente, con instituciones que atraigan inversión y con servicios que conviertan el ingreso en capacidades, hace que ese crecimiento alcance a los territorios que hoy quedan afuera en lugar de concentrarse donde ya estaba. Ninguna de las dos funciona sin la otra, y por eso el país lleva décadas creciendo a tramos sin lograr que el crecimiento se vuelva desarrollo en todo el mapa. El problema, además, no es solo económico. Mientras el promedio nacional mejore pero el territorio siga afuera, la mitad del país seguirá votando contra un modelo que siente ajeno. Cerrar esa distancia entre el promedio y el territorio es la tarea económica y también la tarea política que viene por delante.