Cuando el diablo se viste con las culturas del otro

La apropiación cultural designa el hecho de apropiarse de elementos culturales de un grupo social por parte de otro, generalmente dominante

El diablo viste a la moda 2 llega a las salas peruanas el 30 de abril.

El diablo no solo se viste de Prada. A finales de abril, las salas de cine acogían El diablo viste de Prada 2, sumergiendo al espectador, dos décadas después, en los entresijos de un universo tan fascinante como despiadado para quienes no dominan sus códigos. Detrás del escaparate glamuroso, sin embargo, la película esquiva un vicio de la industria que merece detenerse: el diablo no solo se viste de Prada. También le ocurre adornarse con motivos tradicionales y elementos étnicos tomados prestados sin ningún proceso creativo propio. Este fenómeno, que las ciencias sociales denominan «apropiación cultural», puede parecer anodino. Sin embargo, no lo es para los juristas, los consumidores eco-responsables y, ante todo, los pueblos indígenas.

La apropiación cultural designa el hecho de apropiarse de elementos culturales de un grupo social por parte de otro, generalmente dominante. El problema surge cuando desemboca en una comercialización sin reconocimiento del origen, sin consentimiento previo ni asociación alguna. En 2019, Nike comercializó unas zapatillas con el arte tradicional Mola del pueblo Kuna de Panamá y Colombia, equivocándose incluso sobre su origen. En 2024, la marca peruana Kuna se «inspiró» en el arte ancestral kené del pueblo Shipibo-Conibo, limitándose a mencionar que dicho arte es patrimonio de la humanidad, sin colaboración real.

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Trabajó junto a su madre, Olinda Silvano, aprendiendo y aplicando la técnica kené, utilizando pigmentos naturales y bordados. (Instagram: Ronin Koshi)

A diferencia de la biopiratería, que apunta al pillaje de los saberes vinculados a los recursos naturales, el umbral de la apropiación cultural es difícil de establecer allí donde la frontera con la inspiración sigue siendo difusa. Estos actos no dejan de cuestionar la ética de la propiedad intelectual, que constituye su principal catalizador, y generan perjuicios económicos concretos: al inducir a error al consumidor, estas prácticas privan a los pueblos indígenas de salidas económicas y los excluyen, de hecho, del mercado.

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Un vacío jurídico difícil de colmar

El nudo del problema es jurídico. Sin una ley nacional que defina con precisión el acto y su sanción, ninguna represión es posible — dejando estas prácticas en un incómodo limbo entre ilegitimidad moral e ilegalidad formal. Desde hace más de veinte años, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual intenta paliar este vacío. El tratado GRATK, adoptado en 2024, marca un avance histórico en materia de patentes y biopiratería — ámbito en el que Perú ya se había destacado como precursor desde principios de los años 2000. Pero las expresiones culturales tradicionales siguen siendo insuficientemente protegidas.

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Para los Shipibo-Conibo, el Kené es un símbolo de identidad y Sara Flores ha hecho de este arte tradicional un puente entre su herencia cultural y la escena artística internacional. (Art Basel)

Sobre el terreno, las consecuencias son bien reales. En 2021, la ministra mexicana de cultura denunciaba las apropiaciones de marcas europeas que atentaban contra la identidad y la economía de los pueblos indígenas — cuando la ley mexicana impone citar a la comunidad que inspiró la colección. El perjuicio se agrava cuando la simbología de los elementos copiados es alterada: arrancados de su contexto, estos símbolos ven su significado transformado, lo que constituye en sí mismo una forma de borrado cultural. Sin embargo, el derecho no carece de herramientas. Otras prácticas desleales pueden describir estos actos: engaño al consumidor, confusión sobre el origen del producto, explotación de la reputación ajena — conductas todas ellas sancionables ante el INDECOPI.

Una mirada que cambia, una responsabilidad que se impone

Si los focos apuntan hoy hacia estos préstamos ilegítimos, la práctica en sí no tiene nada de moderna. Lo que cambia es nuestra mirada. Saquear rasgos culturales por su mera estética es ignorar otra forma de creatividad: aquella que toma tiempo, que se arraiga en un territorio y en cosmovisiones que tejen vínculos entre lo humano y lo no humano. Es también dar la espalda a las luchas de los pueblos indígenas por el reconocimiento de una identidad demasiado tiempo pisoteada.

Así las cosas, la moda ya no puede reducirse a una cuestión de estética. La ausencia de rigor ético — deliberada o simplemente ligada a una falta de recursos — fragiliza herencias preciosas y reabre las heridas de un pasado colonial cuyas secuelas siguen vivas. Entre la urgencia ecológica y los imperativos éticos, las marcas ya no tienen el lujo de la ignorancia. Si el cine nos enseña que el diablo viste de Prada, la realidad nos recuerda que es en los detalles donde verdaderamente se esconde.

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