La inclusión financiera en el Perú ha avanzado con rapidez en los últimos años, especialmente en los entornos urbanos más digitalizados. En Lima Metropolitana y Callao, el desafío ya no solo reside en que más personas puedan acceder al sistema, sino que puedan gestionar su dinero con criterio, en un entorno en que las decisiones se dan cada vez más de manera rápida e inmediata.
El uso de plataformas digitales ha cambiado totalmente la forma en que interactuamos con el dinero. Los pagos se fragmentan en múltiples transacciones digitales, el crédito puede aprobarse en minutos y las obligaciones financieras se asumen desde un dispositivo con total naturalidad. Sin embargo, los hábitos no siempre evolucionan al mismo ritmo que la tecnología.
El estudio “Perfil financiero de los jóvenes de Lima Metropolitana y Callao” de Experian Perú demostró que el 56 % de los jóvenes y adultos de 18 a 40 años no planifica ni registra sus gastos mensuales, sino que decide en función al dinero disponible en el momento. Esta lógica puede generar una distorsión entre percepción y realidad financiera, pues la facilidad de pago no necesariamente equivale a capacidad de endeudamiento sostenible.
Existe una tendencia de sofisticación del ecosistema crediticio a nivel mundial, y el Perú no sería ajeno a esto. Para este año 2026, podemos esperar una mayor personalización de productos, decisiones cada vez más automatizadas y un amplio acceso a información crediticia tanto para las mismas entidades financieras como para los usuarios. Por eso, la manera en la que las personas controlan y monitorean sus finanzas debe cambiar. Ya no basta con revisar el presupuesto a fin de mes, el monitoreo debe incorporarse como práctica constante.
Por el lado de las entidades, este escenario de mayor digitalización representa una oportunidad significativa: más información permite segmentar mejor, diseñar ofertas más ajustadas y optimizar la evaluación de riesgo. Sin embargo, también significa que estarán dialogando con una clientela de usuarios más informados y exigentes, que demanda transparencia, rapidez y seguridad.
Para los usuarios, el beneficio es claro: mayor acceso, más opciones y procesos más ágiles. Pero sin una educación financiera y digital sólida, esa misma velocidad podría llevarlos al sobreendeudamiento o a una mayor exposición al fraude. Integrar ambos conocimientos resulta indispensable en este contexto para que la digitalización financiera genere estabilidad y no nuevos riesgos.
Por eso, recomendamos siempre ver el historial crediticio como una herramienta clave. No solo permite conocer el nivel de endeudamiento y puntaje que visualizan las entidades financieras, sino que también funciona como un mecanismo de monitoreo frente a posibles acciones sospechosas. “Ahora las operaciones financieras se realizan en cuestión de segundos, así que es importante tener una mayor conciencia sobre las finanzas, comprensión de las condiciones de los productos crediticios que uno tiene, revisión periódica de estados de cuenta y verificación constante de movimientos.” El control ya no es únicamente administrativo, es también una práctica de protección.
A la digitalización se le suma también la inteligencia artificial, que las instituciones ya están incorporando en sus modelos de evaluación de riesgo y personalización de productos, y que los usuarios utilizan para consultar, comparar y tomar decisiones financieras. Este nuevo escenario ampliará las oportunidades, pero también demandará mayor criterio para decidir y proteger la información personal. El futuro será más ágil, inteligente y predictivo; el reto será que los usuarios evolucionen al mismo ritmo y fortalezcan sus competencias para desenvolverse en este entorno.