Es común que en el Perú, y en varios países de Latinoamérica, se usen los nombres de aquellos personajes que marcaron una época en sus respectivas sociedades como nombres de calles y avenidas. Puedes ser héroes militares, santos, civiles o cualquiera que haya dejado una marca indeleble en la sociedad en donde le tocó desarrollarse.
Ese es el caso de Manuel Cipriano Dulanto, quien no soló fue un ilustre personaje que arriesgó su vida en la lucha para que el Perú logre la independencia del yugo español, sino que además se convirtió en el primer alcalde del Callao.
Justamente en el primer puerto su recuerdo vive en una urbanización lleva su nombre y que se encuentra en el corazón de la ciudad porteña. Y estos son los motivos por las que cientos de calles en el Callao y en varios distritos de Lima lleven su nombre.
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Marcado por la historia
Desde su nacimiento (el 17 de julio de 1801) la vida de Manuel Cipriano Dulanto Valenzuela estuvo marcada por su participación en eventos cruciales en la historia de Perú.
Su valentía lo llevó a luchar al lado del General José de San Martín, formando parte de las filas de Simón Bolívar. Bajo el mando del General Alvarado, se distinguió en las batallas de Tarata y Moquegua, así como en la Batalla de Zepita junto al General Andrés de Santa Cruz. La Batalla de Junín lo encontró en compañía de Necochea, y el triunfo en la Batalla de Ayacucho bajo el liderazgo de Sucre.
Su nombre quedó inmortalizado en la galería de los héroes nacionales de Perú. Además, fue un destacado miembro de la masonería, siendo la Cámara de Maestros Masones Instalados del Callao bautizada en su honor.
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Que me lo den en vida
Sus notables logros fueron reconocidos a través de diversas condecoraciones, incluyendo la Medalla de Oro del Primer sitio del Callao, la Medalla de Oro de la Batalla de Zepita, la Medalla del Cautiverio de la Isla de Estévez, y las Medallas de las Campañas de Áncash. Su contribución no pasó desapercibida en la historia del país.
En su vida personal, según relata el libro ‘El Callao su Historia en Imágenes’ (1992), contrajo matrimonio con María de los Santos Valcárcel, con quien tuvo cuatro hijos: María Andrea, Manuel Belisario, Viviana Mercedes y Matilde Dulanto Valcárcel. Esta última se casó con el reconocido escritor Ricardo Rossel Sirot.
El legado de Dulanto continúa siendo honrado anualmente en el Cementerio Baquíjano del Callao, donde sus restos descansan. En su lápida, una inscripción en latín, “Omnia Bene Fecit,” traducida al español como “Todo lo Hizo Bien,” testimonia su vida dedicada al bienestar de Perú.
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Era masón
No solo en la política y en la vida civil Dulanto dejó su marca, también lo hizo en la masonería al ser fundador de la Gran Logia Nacional del Perú el 9 de agosto de 1858. Ocupó el cargo de primer Gran Maestro, con una junta que incluyó a destacados miembros como el Diputado Gran Maestro Federico Lembecke, el Primer Gran Vigilante Juan Bautista Casanave, el Segundo Gran Vigilante B. Pomaroux, el Gran Secretario Juan Ureta, el Gran Tesorero J. Morante y el Gran Orador Juan Oviedo.
La Sociedad de Beneficencia, fundada el 1º de diciembre de 1848, también contó con Dulanto como uno de sus directores, evidenciando su compromiso con el bienestar de la sociedad.
Muerte y recuerdo
Era la mañana del 17 de marzo de 1867, con 66 años y ejerciendo el cargo de diputado de la Nación, Manuel Cipriano Dulanto cerró sus ojos para siempre luego de sufrir una enfermedad.
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Luego de una multitudinaria ceremonia en la iglesia Santa Rosa, en el Callao, sus restos fueron enterrados en el cementerio Baquíjano y Carrillo. Y en su honor, calles y urbanizaciones llevan su nombre como recuerdo de alguien que le dedicó buena parte de su vida al Callao y al Perú.