Un equipo integrado por Jakob Menkens, Juliane Brauer y Gyula Kovács analizó en Jena, Alemania, cómo el cerebro distingue rostros conocidos de desconocidos y halló que reconocer al propio perro activa procesos neuronales muy parecidos a los que intervienen al identificar a personas cercanas.
El experimento usó electroencefalografía y algoritmos de clasificación sobre imágenes de humanos y canes. La investigación incluyó a 24 participantes que convivían con un perro desde hacía al menos seis meses.
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De acuerdo con el estudio publicado en Biological Psychology, los participantes observaron fotografías de sus mascotas, de perros de razas similares que no conocían, de individuos de su entorno, de desconocidos y de sus propios rostros mientras se registraba su actividad cerebral.
Los autores definen la familiaridad como “la sensación de conocer a alguien”, una señal de memoria que puede aparecer incluso cuando no se recuperan detalles del contexto en que se conoció a ese ejemplar o animal. El estudio sostiene que esa señal no depende exclusivamente de la especie que aparece en la imagen.
Los registros cerebrales revelaron una breve diferencia
Durante la prueba, cada participante vio 880 ensayos. Las imágenes se exhibieron durante 600 milisegundos y se alternaron de forma pseudoaleatoria para evitar que dos fotos de la misma identidad aparecieran seguidas. El objetivo era comparar la respuesta neuronal frente a rostros familiares y ajenos.
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Los investigadores utilizaron un electroencefalograma (EEG) de 64 canales, una técnica que mide la actividad eléctrica cerebral desde el cuero cabelludo. Luego aplicaron análisis multivariados, es decir, métodos que detectan patrones distribuidos entre varias señales neuronales al mismo tiempo.
La clasificación de los datos mostró que el cerebro ya podía diferenciar estímulos familiares de desconocidos desde unos 90 milisegundos después de que aparecía la fotografía. El punto de mayor respuesta ocurrió a los 230 milisegundos para los rostros humanos y a los 120 milisegundos para los caninos.
Los resultados indicaron que las dinámicas neuronales de ambas categorías fueron “muy similares” durante casi todo el periodo observado.
La diferencia detectada se concentró en regiones posteriores de la cabeza, entre los 440 y los 560 milisegundos, cuando registraron una señal de reconocimiento más intensa frente a los rostros humanos familiares que ante las caras de perros conocidos.
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El cerebro reconoce lo familiar en dos etapas
El análisis permitió distinguir dos fases. La primera, entre los 90 y los 140 o 160 milisegundos, dependió de la categoría visual. En esa etapa temprana, el cerebro podría estar respondiendo a rasgos perceptivos específicos, como la forma, el color, la textura o la configuración de cada rostro.
La segunda fase comenzó aproximadamente entre los 180 y los 230 milisegundos y se extendió durante un periodo mucho más largo. Allí, la información asociada con la familiaridad se mantuvo estable y se generalizó entre las fotografías de personas y de perros.
Para comprobarlo, el equipo entrenó un algoritmo con la actividad cerebral provocada por caras humanas y evaluó si podía identificar la familiaridad en las imágenes de perros. El procedimiento también se realizó en sentido inverso; en los dos casos, el sistema logró distinguir entre animales conocidos y desconocidos.
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Esto sugiere que, después de un primer momento en que el cerebro analiza los rasgos particulares de cada imagen, utiliza una respuesta parecida para reconocer algo familiar, ya sea un sujeto cercano o la propia mascota.
La ventaja de los rostros humanos requiere más investigación
Los autores señalan que los estímulos usados tenían diferencias visuales difíciles de eliminar por completo. Las imágenes de parientes y amigos fueron aportadas por los participantes y procedían de situaciones cotidianas, con variaciones de iluminación, peinado, vestimenta y fondo.
En imágenes de perros desconocidos, el pelaje coincidía con el de la mascota del participante en la mitad de los casos. En el resto, diferencias visibles —como color o textura— pudieron influir en la respuesta cerebral inicial, que no puede atribuirse por completo al reconocimiento del propio animal.
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Queda por determinar por qué los rasgos humanos mostraron una ventaja alrededor de los 500 milisegundos: una posibilidad es que los individuos estuvieran más familiarizados con sus propios rostros y con los de sus allegados que con la cara de su perro; otra alternativa es que intervengan diferencias en la interacción social o en la atención.
La conclusión central es que la familiaridad funciona como un proceso “general e independiente del estímulo” dentro de la memoria de reconocimiento.El trabajo amplía estudios sobre rostros humanos y plantea que, tras una etapa visual inicial, el cerebro usa una señal compartida para reconocer personas cercanas y mascotas.
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