El Plan Estratégico Distrital del Municipio de Panamá señala que la ciudad dispone de apenas 1.54 metros cuadrados de espacio público por habitante, muy por debajo de los 9 metros cuadrados mínimos recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La situación resulta especialmente crítica en corregimientos de la ciudad capital, como San Francisco, Punta Paitilla, Costa del Este, Punta Pacífica y los ejes de Calle 50 y Avenida Balboa, donde la zonificación permite las mayores densidades residenciales del país.
En San Francisco, por ejemplo, el límite de altura pasó de 15 a 40 pisos y el corregimiento fue uno de los que más creció, de acuerdo con el Censo Nacional de Población y Vivienda de 2023.
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Para miles de familias panameñas la infancia transcurre entre elevadores, estacionamientos y apartamentos.
Y es que Panamá se ha convertido en una de las ciudades con mayor concentración de rascacielos por habitante de América Latina.
Sin embargo, detrás del crecimiento vertical emerge una consecuencia poco visible: la infancia está perdiendo el espacio para jugar.
Cada vez más niños pasan del apartamento al automóvil, del automóvil a la escuela y de la escuela a otra actividad bajo techo.
El juego al aire libre, que durante décadas fue parte esencial del desarrollo infantil, está desapareciendo.
Correr, trepar, mantener el equilibrio, calcular riesgos, inventar reglas o resolver conflictos durante un juego son experiencias que ningún dispositivo puede reemplazar completamente y que resultan esenciales para el desarrollo neurológico, emocional y social.
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Esta situación recibe el nombre de “analfabetismo motriz”, una condición asociada al escaso desarrollo de las habilidades motoras fundamentales durante la infancia, advierte el médico paidopsiquiatra, Luis Acosta.
Cuando desaparece el espacio para jugar, las pantallas ocupan ese lugar, pero aduce que las pantallas no son el problema en sí mismas, ya que ofrecen oportunidades importantes.
Acosta apunta más bien a que el problema aparece cuando sustituyen por completo el movimiento y la interacción con otros niños.
“Tenemos niños con agendas tan estructuradas que cada día se les dificulta más hacer las cosas por sí mismos. Vemos niños que no pueden cargar su lonchera, abrir un zipper o sacar algo de ella. Para todo necesitan acompañamiento”, describe por su parte Melissa Di Fabio, licenciada en Educación Inicial con diplomado en Psicología Positiva.
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El desarrollo urbano ha respondido principalmente a las necesidades de los adultos. Los niños han quedado fuera de la planificación de la ciudad.
En Panamá los edificios por lo general tienen áreas sociales cerradas, sin contacto con la naturaleza. Aunque los niños puedan interactuar con otros niños, no es lo mismo que salir al aire libre, aporta Isabel Valdor, licenciada en Educación Preescolar con maestrías en Intervención en Dificultades del Aprendizaje, Educación Especial y Psicopedagogía Terapéutica.
El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) recomienda que los niños entre 3 y 4 años realicen al menos 180 minutos diarios de actividad física, mientras que la OMS establece que los menores de entre 5 y 17 años necesitan 60 minutos diarios de actividad física moderada o intensa.
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La propia OMS advierte que el exceso de tiempo frente a las pantallas desplaza el sueño, el juego activo y el movimiento, pilares fundamentales para un desarrollo saludable.
El Ministerio de Salud también ha alertado que el uso excesivo de dispositivos digitales se ha convertido en un factor clave en el aumento de la obesidad infantil en el país. Especialistas advierten que esta tendencia, conocida como “obesidad digital”, está impactando la salud física y emocional de los menores.
También hay otro riesgo creciente: “cada vez que resolvemos una emoción entregando una pantalla, perdemos una oportunidad para que ese niño aprenda a autorregularse. Estamos formando adultos con menor tolerancia a la frustración”, puntualiza Acosta.
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