La inauguración del FabLab de Innovación Agro en Chiriquí abrió una nueva apuesta por llevar fabricación digital, desarrollo tecnológico y soluciones aplicadas al corazón de una de las provincias más ligadas a la producción de alimentos en Panamá.
El laboratorio fue puesto en marcha por la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt) junto a la Universidad Tecnológica Oteima, con la intención de convertir ese espacio en una plataforma para diseñar, probar y ajustar herramientas útiles para el sector agropecuario, en momentos en que la productividad, la adaptación climática y la eficiencia operativa ganan peso en la discusión sobre el futuro del campo panameño.
El proyecto parte de una idea concreta: acercar al productor, al investigador y al estudiante a un entorno donde la tecnología no se quede en teoría, sino que pueda transformarse en equipos, piezas, sensores o sistemas listos para ser evaluados en condiciones reales.
La propuesta del nuevo centro es que el conocimiento académico se conecte con los problemas que enfrenta el agro en la práctica, desde el manejo del agua hasta la medición de variables en cultivos, el uso de herramientas de precisión y la mejora de procesos dentro de pequeñas y medianas unidades productivas.
En ese punto, el laboratorio busca funcionar como una interfaz entre la formación universitaria y las necesidades del aparato productivo.
Uno de los términos más repetidos alrededor del proyecto es prototipado, una palabra que suele sonar técnica, pero que tiene una explicación bastante más simple.
Se trata del proceso de construir una primera versión funcional de una herramienta, dispositivo o sistema para comprobar si realmente sirve, detectar fallas y corregirlas antes de avanzar a una escala mayor.
En el agro, eso puede traducirse en el diseño de sensores de humedad, estructuras para monitoreo, piezas para equipos de campo, sistemas de riego automatizados o componentes que luego puedan integrarse con análisis de datos o drones.
La ventaja del prototipado es que permite ensayar rápido, corregir temprano y reducir costos en la etapa de desarrollo.
Ese enfoque encaja con la lógica de un FabLab, sigla de fabrication laboratory o laboratorio de fabricación digital. Este modelo surgió como parte del ecosistema del MIT Center for Bits and Atoms y se ha extendido en distintos países como una red de espacios para aprender, inventar y fabricar soluciones con herramientas de diseño y producción digital.
En términos prácticos, un FabLab reúne equipos y capacidades para pasar de una idea a un objeto o sistema probado. La red internacional de estos laboratorios los define, además, como plataformas de prototipado técnico, aprendizaje e innovación, con un componente fuerte de emprendimiento y resolución de problemas locales.
La ubicación del nuevo laboratorio tampoco es un detalle menor. Oteima tiene su campus central en David, cabecera de la provincia de Chiriquí, una zona que combina actividad universitaria con cercanía al movimiento agropecuario del occidente del país.
Esa conexión territorial es relevante porque la provincia mantiene un peso económico propio dentro del mapa nacional. De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC), Chiriquí registró un PIB de $5,643.1 millones en 2024, equivalente al 6.9% del producto interno bruto nacional, lo que la colocó entre las provincias de mayor aporte a la economía panameña.
Ese tamaño económico explica por qué proyectos ligados a innovación productiva en la región tienen alcance más allá del plano local.
En el caso específico del agro, Chiriquí conserva una posición estratégica por su papel en el abastecimiento alimentario del país.
Un estudio sobre la cadena de valor de hortalizas en Panamá señala que más del 70% de las hortalizas que se comercializan proceden de la provincia de Chiriquí, mientras que otra caracterización técnica del sector indica que el 90% de las hortalizas del país se producen en Chiriquí y Azuero.
Esa centralidad se refleja en rubros como cebolla, repollo, lechuga, tomate, zanahoria, pimentón, apio, remolacha y brócoli, todos vinculados al consumo nacional. Dicho de forma menos ornamental y más útil: cuando Chiriquí produce, buena parte del mercado interno lo siente de inmediato.
Por eso, la instalación de un laboratorio de este tipo en la provincia apunta a algo más que modernizar un campus universitario. La expectativa es que el FabLab pueda convertirse en una infraestructura de apoyo para productores, estudiantes, técnicos y emprendedores, con capacidad para desarrollar soluciones adaptadas al terreno panameño, y no solamente replicar tecnologías importadas.
El proyecto también se alinea con una política de descentralización de la inversión en ciencia y tecnología, en la que los laboratorios, centros de prueba y capacidades de innovación no queden concentrados únicamente en la capital, sino que se inserten en regiones que ya sostienen parte de la actividad productiva nacional.
Durante la inauguración, el secretario nacional de la Senacyt, Eduardo Ortega Barría, planteó que el laboratorio representa una apuesta por articular a la academia, el gobierno y el sector productivo.
En la misma línea, el rector de Oteima, Francisco Ugel-Garrido, sostuvo que el FabLab nace como un espacio orientado a transformar el sector agroproductivo mediante tecnología, investigación aplicada y prototipado.
Con esa base, el centro arranca con una promesa concreta: servir como un punto de encuentro entre ciencia, formación técnica y necesidades del campo. El verdadero alcance del proyecto se medirá ahora en su capacidad para generar soluciones utilizables, formar talento y transferir innovación a una provincia que ya ocupa un lugar central en la producción alimentaria de Panamá.