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Sin educación, el desarrollo es una ilusión

Los datos de Aprender muestran que solo el 55% de los estudiantes alcanza resultados satisfactorios en Matemáticas, mientras la desinversión agrava las brechas de origen en ese territorio, según el diagnóstico del autor

Dirigentes del ámbito empresarial, político y sindical abordarán el desarrollo productivo y la calidad educativa en el Coloquio Anual de IDEA en Mar del Plata. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En pocos días, importantes representantes del mundo empresarial, político y sindical se darán cita en Mar del Plata para el Coloquio Anual de IDEA. Durante las jornadas se hablará, con justa razón, de competitividad, tipo de cambio, presión tributaria y costo logístico. Todo eso es ineludible. Sin embargo, corremos el riesgo de ignorar el factor que definirá nuestro lugar en el mundo: la calidad de nuestro sistema educativo. Es una ilusión hablar de desarrollo productivo si omitimos que un país no compite con lo que dicen sus discursos, sino con lo que producen sus aulas. Y allí, en la Argentina tenemos un problema fundamental.

Los números hablan por sí solos y son una bofetada. La semana pasada, la OCDE difundió los resultados de las pruebas PISA 2025: tuvimos nuestro peor desempeño en casi veinte años. Quedamos en el puesto 72 de 91 países. Pero el dato que verdaderamente hipoteca nuestro futuro es que ocho de cada diez chicos de 15 años no alcanzan el nivel mínimo en Matemáticas. Retrocedemos más rápido que el mundo.

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En el plano nacional, las pruebas Aprender confirman la tragedia: apenas el 55% de los alumnos logra un nivel satisfactorio en esa disciplina. En la Provincia de Buenos Aires, que concentra el 40% de la matrícula del país, la desinversión y el deterioro son alarmantes. Tenemos un sistema que, tal como está diseñado hoy, reproduce la desigualdad de origen en lugar de combatirla.

Los especialistas coinciden en el diagnóstico. Guillermina Tiramonti nos advierte sobre la balcanización del sistema: no tenemos una educación nacional, sino 24 subsistemas provinciales que avanzan a ritmos desiguales y fragmentados. Por su parte, Florencia Salvarezza pone el foco en los cimientos: la tragedia empieza en los primeros años de la primaria, donde fallamos en lo más básico, que es la alfabetización. A esto, Santiago Bilinkis le suma la advertencia sobre el futuro: mientras el mundo del trabajo es arrasado por la inteligencia artificial y la automatización, nuestra escuela sigue preparando a los chicos para una fábrica del siglo XIX.

Si unimos la fragmentación, los cimientos rotos y el desfasaje tecnológico, la conclusión es una sola: ninguna reforma fiscal, ningún acuerdo comercial, ninguna inversión rinde sus frutos si detrás no hay capital humano para sostenerlo. El principal commodity de la Argentina en el siglo XXI no está bajo tierra, es la educación de su gente.

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Por eso, hablar de una Revolución Educativa no puede ser un eslogan de campaña. Tiene que ser una política de Estado implacable: necesitamos alfabetización integral con objetivos medibles desde el primer grado, jornada escolar extendida real y una conexión directa entre la escuela y el mundo productivo.

No nos falta evidencia ni diagnósticos; nos falta el coraje político para ejecutar las soluciones con la misma firmeza con la que hoy se exige equilibrio fiscal. Es urgente convocar, sin especulaciones electorales y lejos de la grieta, a un gran Congreso Pedagógico Nacional que diseñe de una vez por todas la matriz educativa argentina del futuro.

Sarmiento decía que “todos los problemas son problemas de educación”. Si en el próximo Coloquio de IDEA queremos hablar en serio sobre cómo insertar a la Argentina en el mundo, el primer paso es asumir la realidad: para salir a competir afuera, primero tenemos que emanciparnos adentro del aula.

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