Montado en la excitante semana neoyorquina de la Asamblea General de la ONU, Donald Trump tomó la delantera con el asunto de la inteligencia artificial, cambiándole el nombre.
A Trump el término “artificial” le suena degradante, lo remite a algo fake, y en función de eso dispone comenzar a utilizar la expresión “superinteligencia” (SI) en toda la documentación oficial.
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“It is not fake, it’s actually amazing”. El nombre salió de una encuesta que publicó en Truth Social el lunes anterior: “SUPER INTELLIGENCE VS. SUPERIOR INTELLIGENCE?”. Ganó “super intelligence” con el 30%.
De la inteligencia artificial (IA) a la superinteligencia (SI).
Aunque, hasta donde se sabe, Trump no libró una orden ejecutiva para la implementación, en la práctica la excentricidad ya comenzó a generar impacto: los representantes estadounidenses dijeron “SI” en una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU sobre IA.
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Es probable que el presidente estadounidense haya decidido el cambio sin disponer de información suficiente. El término “superinteligencia” tiene hoy en el léxico de los entendidos una acepción técnica específica.
Para los especialistas, “superintelligence” no es otra forma de decir “inteligencia artificial”. Es una categoría muy específica, y por ahora hipotética.
La jerga del sector distingue tres niveles: la IA estrecha (ANI), capaz de hacer bien tareas limitadas; la IA general (AGI), preparada para igualar a los humanos en tareas intelectuales complejas, y la superinteligencia (ASI), entrenada para mejorarse a sí misma superando con creces la inteligencia humana.
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La iniciativa de Trump lo posiciona en una paradoja. En el mundo de la seguridad de la IA, la expresión “superinteligencia” está ligada al riesgo existencial. Si existiera, podría escapar al control humano. Alude a la advertencia que los CEO tecnológicos reivindican pidiendo pausa o regulación y que el mismísimo Trump rechaza de plano.
La iniciativa trumpista, que alcanzó estado público en plena Asamblea de la ONU, lleva a preguntarse quién asesora al “líder más poderoso de la historia de la humanidad” —como lo definió el mismísimo Milei— a la hora de anuncios tan rimbombantes.
La misma cuestión podría aplicarse a nuestro inefable presidente, a quien la crudeza de los datos duros descalificó en cuestión de horas.
“Somos los que más hicimos por los sectores vulnerables”, dijo el libertario ante más de 300 empresarios, financistas, académicos, diplomáticos y directivos de grandes empresas.
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Javier Milei reivindicó llevar adelante “una política propobre”, devolviendo a los argentinos 100.000 millones de dólares y sacando de la pobreza a 14 millones de personas. También se jactó de que el recorte del 30% del gasto permitió el crecimiento de la economía del 6,9%.
Apenas horas después —y tal como estaba previsto— se conoció el dato de pobreza.
El INDEC oficializó una suba de más de 4 puntos en el indicador de pobreza. En solo seis meses pasó del 28,2% al 32,3%. Hoy, 15,4 millones de argentinos se encuentran por debajo de la línea de pobreza. La cantidad de personas que viven en la indigencia —gente que apenas suma recursos para una alimentación de baja calidad— pasó del 6,3% al 7,5%.
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Nada que no se supiera y que venía siendo advertido desde hacía semanas por los analistas económicos y sociales. Milei terminó dando explicaciones del bajón en el escenario menos indicado.
En una entrevista pública en The Economic Club of New York —con la que cerró la gira por Nueva York— fue interpelado por un incisivo John Micklethwait, editor en jefe de Bloomberg News, quien lo confrontó con datos duros: la economía cayó 0,6% en el segundo trimestre y los economistas bajaron su pronóstico a cerca del 2,1%.
Una cuestión tan sensible como el desempleo lo encontró a Milei reivindicando que buena parte de los casi 250.000 empleos asalariados privados que se perdieron fueron reemplazados por trabajo informal. Aseguró que los salarios del sector no registrado están “60% arriba”.
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En la misma entrevista —en la que se presentó como alguien que vino a romper el Estado y llamó “enano soviético” a Axel Kicillof— defenestró las chances de eventuales outsiders que osen desafiarlo en su propio espacio político.
“Si pueden comprar un bien de primera calidad, ¿por qué van a optar por uno de segunda por el mismo precio?”. Nada que ayude a la imagen de país que se fue a representar.
Tampoco ayudó a captar el interés ni la buena voluntad de potenciales inversores el paso del gobernador bonaerense por la Gran Manzana.
“No solo no hay un milagro, sino que estamos sufriendo una verdadera catástrofe: se han perdido miles de empleos, cierres de empresas, caída de salarios”.
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“Si aparecen pelotudos hablando por Nueva York, sube el riesgo país”, había chicaneado Milei horas antes, en la sede del Citibank en Tribeca.
El juego de la polarización electoral tiene costos muy altos y está siendo llevado al extremo por los dos hombres con mayor representación política de la Argentina. Están jugando con fuego. El riesgo país crece. Espantan inversores. Todos perdemos.
Mientras Milei definió a Trump y Netanyahu como los “dos grandes héroes de la humanidad”, gracias a los cuales Occidente está renaciendo, Kicillof ofreció la contracara junto al español Pedro Sánchez en la Gracie Mansion, residencia del alcalde Zohran Mamdani.
El regreso a casa supone la vuelta brusca a una realidad hostil para el presidente libertario. Del glamour de Manhattan a las desventuras domésticas sin escala.
En Olivos lo recibió el plantel civil reincorporado. Se trata de los 12 empleados que asisten a la intimidad presidencial y que habían sido cesanteados el jueves por razones que no se lograron determinar, en medio de una rabieta de Milei por supuestas filtraciones.
Quien no regresó a su “zona de confort” fue Belén Agudiez, mano derecha de Karina Milei. Las versiones la ubican en el ojo del huracán que arrasó la quinta presidencial la pasada semana.
En la Rosada también lo esperan sobresaltos. El mediático desmarque de Patricia Bullrich —que salió a escena tarareando a Lali Espósito— escaló cuando la mismísima jefa del bloque libertario acusó de mentir al jefe de Gabinete, Diego Santilli.
La senadora no parece dispuesta a permitir que le limen su capital político: da rienda suelta a su frontalidad y se despacha cuando siente que algo la deja descolocada.
La poltrona senatorial la protege de desplazamientos y funciona como una cúpula de hierro frente a las iras que seguramente generan sus arrestos independentistas. Milei ordenó bancar: nada de victimizarla. La prefieren adentro.
Nunca negó que quiere ser presidenta, pero guarda las formas. Los más próximos aseguran que está cuidando a su electorado. Los analistas de opinión coinciden en que, si bien los números acompañan a Bullrich, por el momento no le da para cortarse sola. Cualquier amague podría ser interpretado como un acto de deslealtad y esto la haría retroceder en la consideración popular.
La idea de que le gustaría competir con el mismísimo Milei en unas PASO —por el momento, una mera hipótesis— la coloca en un lugar muy incómodo. El Gobierno tiene una prioridad legislativa: suspender o eliminar las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias para impedir que la oposición logre organizarse.
La noticia es muy buena: un megapaquete de financiamiento por USD 7.000 millones para 2027, destinado a obras de infraestructura que aceleren la salida de materias primas, minería y energía hacia el Atlántico. Pero no logra aplacar las demandas urgentes de quienes padecen la micro.
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