Durante años concentramos buena parte de nuestra energía en anticipar qué trabajos destruiría la tecnología. Hoy necesitamos formular una pregunta diferente y quizás más trascendente: ¿qué nuevos trabajos humanos podemos crear para aprovechar la inteligencia artificial y resolver mejor las necesidades de nuestro tiempo?
La pregunta se vuelve urgente porque los tiempos de esta transformación no necesariamente estarán sincronizados. La automatización de tareas y la destrucción de trabajos que agregan poco valor en un contexto de abundancia cognitiva pueden avanzar más rápido que la creación y el escalamiento de nuevas oportunidades. Confiar en que las dinámicas económicas y sociales resolverán espontáneamente ese desajuste sería una apuesta demasiado riesgosa.
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La historia demuestra que las grandes revoluciones tecnológicas no solo eliminaron ocupaciones. También crearon trabajos que antes resultaban inimaginables. La revolución industrial produjo mecánicos, electricistas, pilotos y técnicos. La revolución digital creó desarrolladores de software, diseñadores de experiencia de usuario, especialistas en ciberseguridad, científicos de datos y gestores de comunidades digitales. La revolución de la inteligencia artificial también puede originar una nueva generación de trabajos. Pero la velocidad, profundidad y alcance de esta tecnología hacen que no podamos limitarnos a esperar que aparezcan.
La IA está convirtiendo en abundantes capacidades que hasta hace poco eran escasas y costosas: información, producción de contenidos, análisis preliminar, cálculo, generación de alternativas, ejecución digital y coordinación de tareas estructuradas. Como consecuencia, las fuentes de valor se desplazan hacia otras capacidades: propósito, interpretación contextual, discernimiento, responsabilidad, verificación, confianza, conexión entre actores, acompañamiento de transiciones y diseño de experiencias.
Allí se abre una enorme frontera para recrear el trabajo humano. No se trata de imaginar empleos libres de inteligencia artificial, sino trabajos que resultan posibles precisamente porque las personas y las inteligencias artificiales pueden combinarse de nuevas maneras. No alcanza con adaptar los trabajos que heredamos, urge que seamos capaces de diseñar deliberadamente nuevos trabajos que comienzan a emerger como posibles y que seguramente la economía demandará en los próximos años.
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De las posibilidades a trabajos reales
Un nuevo trabajo no es simplemente un nombre novedoso. Es una nueva solución humana para una necesidad relevante. Aparece cuando una transformación tecnológica, económica, demográfica o social produce algo que será necesario hacer cada vez más y que todavía no tiene un responsable claro.
Pensemos, por ejemplo, en un diseñador de experiencias de turismo personalizado y de proximidad. Con ayuda de la IA puede identificar intereses, combinar información dispersa, descubrir recorridos poco conocidos y construir propuestas adaptadas a cada visitante. Pero su aporte decisivo será profundamente humano: comprender la identidad de un territorio, vincular a sus protagonistas, crear confianza, interpretar deseos y convertir un viaje en una experiencia significativa. Podría generar nuevas oportunidades para guías, gestores culturales, emprendedores y comunidades alejadas de los circuitos turísticos tradicionales.
Otro caso posible es el operador de organización del trabajo con IA para pymes. Millones de pequeñas y medianas empresas necesitan incorporar agentes y automatizaciones, pero no cuentan con capacidades para rediseñar sus procesos ni pueden crear grandes estructuras tecnológicas. Este nuevo perfil técnico o profesional podría ayudarlas a identificar qué tareas conviene automatizar, cuáles deben realizarse en colaboración con la IA y dónde tiene que conservarse el protagonismo y la responsabilidad humana. Quizás no sea inicialmente un puesto de tiempo completo: podría comenzar como un servicio compartido para varias organizaciones y consolidarse luego como una nueva especialidad.
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Algo similar puede ocurrir frente a la nueva longevidad. Vivir más años no garantiza vivirlos mejor. Crecen la necesidad de prevenir enfermedades, sostener rutinas, alimentarse adecuadamente, preservar vínculos y construir proyectos vitales durante etapas cada vez más extensas. Un organizador de hábitos saludables para la nueva longevidad podría usar IA y datos para personalizar recomendaciones y hacer seguimiento, pero su valor principal estaría en acompañar, motivar, adaptar las propuestas a la vida real y sostener relaciones de confianza. Sería una oportunidad para reconvertir y ampliar las capacidades de personas provenientes de la educación física, la nutrición, el cuidado, la enfermería o la coordinación comunitaria, de cara a nuevos desempeños dentro de organizaciones y también de forma independiente.
Son solo algunos ejemplos de esas posibilidades que podemos convertir en oportunidades reales y masivas. Y muestran algo importante: muchos trabajos del futuro no aparecerán inicialmente como puestos formales perfectamente definidos. Surgirán como funciones, especialidades, servicios independientes o capacidades compartidas. Luego, al demostrar valor y modelizar sus desempeños, podrán transformarse en ocupaciones reconocidas y extenderse a diferentes organizaciones y territorios.
La economía también debe prepararse
Solemos afirmar que debemos preparar a las personas para el futuro del trabajo. Es cierto, pero insuficiente. También debemos preparar las economías para crear esos nuevos trabajos.
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La secuencia requiere, al menos, cinco tareas. Primero, descubrir posibilidades a partir de necesidades emergentes. Segundo, convertirlas en oportunidades por las que alguien esté dispuesto a pagar. Tercero, diseñarlas como trabajos concretos, definiendo su misión, responsabilidades y arquitectura de colaboración humano–IA. Cuarto, desarrollar y acreditar las capacidades o skills necesarias para desempeñarlos. Finalmente, construir las condiciones (incentivos) para que puedan escalar.
Nada de esto ocurre por generación espontánea. Se necesitan empresas dispuestas a experimentar, sistemas educativos ágiles, certificaciones de capacidades, incentivos públicos, nuevas regulaciones, financiamiento, organizaciones intermedias y comunidades capaces de validar los resultados. Se necesitan, sobre todo, experimentos concretos: probar una nueva función durante períodos acotados de tiempo, medir el valor que produce, aprender y decidir los caminos para su expansión.
Esta tarea nos desvela porque de ella depende que millones de personas puedan transitar esta transformación con mejores oportunidades. Desde el Observatorio del Futuro de Universidad Siglo 21 y Grupo R’Evolution impulsamos múltiples actividades y proyectos con ese propósito.
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Córdoba Crea Futuro, junto al Gobierno de la Provincia de Córdoba, busca movilizar capacidades colectivas para anticipar y construir oportunidades productivas y laborales. En la Escuela de Negocios y Posgrado realizamos días atrás un Taller de Diseño de Nuevos Trabajos Humanos, reuniendo empresarios, directivos, profesionales y estudiantes para transformar señales de futuro en propuestas concretas.
Es apenas el comienzo de una agenda que debería multiplicarse en empresas, universidades, gobiernos, cámaras sectoriales, sindicatos, municipios y comunidades. Cada industria y cada territorio necesitan sus propios laboratorios de nuevos trabajos humanos. No estamos ante una competencia inevitable entre personas y máquinas. Estamos frente a una monumental encrucijada de diseño. Tenemos dos grandes opciones: acomodar a las personas para servir a la automatización tecnológica o diseñar la automatización para ampliar la contribución de las personas.
La economía de la sabiduría será posible si utilizamos la abundancia cognitiva que ofrece la IA para volver más valiosos el criterio, la imaginación, el cuidado, la conexión, la responsabilidad y el propósito humanos. Pero esa economía no llegará como un regalo automático de la tecnología, sino como un resultado valiente e innovador de nuestra responsabilidad compartida.
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