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La fatiga de la realidad: el precio de dejar de mirar

La evitación puede proteger emocionalmente al individuo en el corto plazo, pero empobrecer cognitivamente al ciudadano en el largo plazo

En Argentina, apenas el 43% de las personas manifiesta estar muy o extremadamente interesado en las noticias (Imagen ilustrativa Infobae)

La exposición permanente al conflicto, a los discursos violentos, a las malas noticias y una política cada vez más polarizada puede llevar a muchas personas a evitar aquello que les genera malestar. El alivio es inmediato, pero tiene un costo: ciudadanos menos informados, creencias más rígidas y una democracia con menor capacidad para controlar al poder.

“Prefiero no mirar más las noticias”, “No quiero saber nada”, “Son todos iguales”, “La política no sirve para nada”. Son frases que escuchamos con creciente frecuencia, y no necesariamente provienen de personas históricamente desinteresadas por lo que sucede a su alrededor. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario, son ciudadanos que alguna vez siguieron las noticias, discutieron sobre política, economía o sociedad y que, en determinado momento, comenzaron a tomar distancia.

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Algo de la realidad empezó a resultarles demasiado. Guerras, violencia, crisis económicas, corrupción, inseguridad, catástrofes, conflictos políticos, dificultades económicas que atraviesan la propia vida, escándalos que se suceden unos a otros, mientras las pantallas -y los algoritmos- continúan ofreciendo, durante las veinticuatro horas, nuevos motivos para preocuparse, indignarse o sentir impotencia.

Tal vez podamos denominar a ese fenómeno fatiga de la realidad. No se trata de una categoría diagnóstica ni de una enfermedad, es apenas una manera de intentar describir algo que parece cada vez más presente: personas que, frente a una realidad experimentada reiteradamente como amenazante, frustrante o desagradable, comienzan a alejarse de ella como mecanismo de protección.

Los números indican que no estamos solamente frente a una impresión. El Digital News Report 2026, elaborado por el Reuters Institute de la Universidad de Oxford, señala que en Argentina apenas el 43% de las personas manifiesta estar muy o extremadamente interesado en las noticias. La confianza general en ellas cayó al 26%, su nivel más bajo en una década, mientras que el 46% reconoce evitarlas algunas veces o con frecuencia (Egan et al., 2026).

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No sabemos si todos los que se alejan de las noticias lo hacen por cansancio, angustia o frustración. Sería incorrecto afirmarlo, pero la psicología puede ayudarnos a comprender al menos una parte del fenómeno.

Cuando mirar empieza a producir malestar

Desde una perspectiva cognitivo-conductual podemos imaginar una secuencia relativamente sencilla. Existe primero un estímulo: la exposición reiterada a acontecimientos que la persona percibe como negativos, amenazantes o frustrantes.

Ese estímulo puede desencadenar emociones: tristeza, miedo, bronca, angustia, rechazo, ira, asco, frustración o impotencia.

Y frente a esas emociones aparece una conducta posible: evitar (Beck, 1976; Beck et al., 1979).

Apagar el televisor, no abrir una aplicación de noticias, silenciar determinadas cuentas, pasar rápidamente una publicación, evitar conversaciones políticas, dejar de leer los diarios -de papel o digitales-, incluso abandonar deliberadamente determinados espacios informativos.

Entonces sucede algo importante: la persona se siente mejor. Por un rato, solo por un rato. La psicología cognitivo-conductual conoce bien este mecanismo. Cuando una conducta permite reducir o eliminar temporalmente una experiencia desagradable, aumenta la probabilidad de que esa conducta vuelva a repetirse. Es lo que denominamos reforzamiento negativo.

Si mirar noticias me produce angustia y dejar de mirarlas disminuye esa angustia, la evitación comienza a resultar eficaz. No significa necesariamente que haya dejado de importarme la realidad. Paradójicamente, puede ocurrir exactamente lo contrario: puedo evitarla porque me importa demasiado y porque aquello que observo me produce emociones que ya no quiero experimentar.

Benjamin Toff y Rasmus Kleis Nielsen (2022) estudiaron precisamente esta dimensión emocional de la evitación informativa. Encontraron personas que anticipaban las noticias como generadoras de ansiedad y que además les atribuían escaso valor práctico: las noticias las hacían sentir peor sin que percibieran que conocerlas les otorgara alguna posibilidad concreta de modificar aquello que sucedía. También existe evidencia de una relación entre sobrecarga informativa y evitación, un metaanálisis que reunió 17 investigaciones y más de 13.000 participantes encontró una asociación positiva entre ambos fenómenos (Xu et al., 2026).

Tenemos derecho, naturalmente, a apagar una pantalla. Seleccionar horarios, fuentes y cantidades de información puede incluso constituir una forma saludable de relacionarnos con ella. El problema comienza cuando dejamos de regular la información y empezamos a retirarnos sistemáticamente de la realidad sobre la que esa información habla.

El alivio tiene un costo

La noticia que evitamos puede dejar de producirnos malestar, pero la realidad que describe continúa existiendo. Y mientras disminuye la exposición también pueden disminuir los elementos con los que contamos para comprender fenómenos complejos.

Conocemos menos antecedentes, escuchamos menos argumentos, comparamos menos fuentes, perdemos matices, y podemos quedar cada vez más expuestos a una información incidental, fragmentaria y emocional que llega a nosotros a través de un video de pocos segundos, un título, un posteo compartido por alguien conocido o el contenido que un algoritmo decidió, sesgadamente, mostrarnos. Se produce entonces una paradoja: quien se retira de la información para protegerse de la sobreinformación puede terminar peor informado.

Una investigación reciente de Ludovic Terren y Ana Sofía Cardenal (2025), que combinó encuestas con datos reales de navegación en cinco democracias occidentales, encontró que la evitación intencional y consistente de noticias se encuentra especialmente asociada con menores niveles de conocimiento político. Otro estudio mostró una relación particularmente interesante para nuestro argumento: la exposición a comentarios incivilizados en espacios informativos digitales se asoció con mayor evitación de noticias y, a través de esa evitación, indirectamente con menor conocimiento político (Ardèvol-Abreu et al., 2024).

Podríamos expresarlo de una forma sencilla: la evitación puede proteger emocionalmente al individuo en el corto plazo, pero empobrecer cognitivamente al ciudadano en el largo plazo. Y allí un mecanismo que comenzó siendo psicológico empieza a tener consecuencias políticas.

Dejar de mirar también modifica aquello que pensamos

Nuestra mente no registra la realidad como una cámara. Seleccionamos información, interpretamos, clasificamos, generalizamos, prestamos más atención a determinados acontecimientos que a otros y construimos esquemas con los cuales intentamos comprender un mundo demasiado complejo para ser procesado en su totalidad.

Con el tiempo pueden consolidarse algunas creencias globales: “Todos los políticos son iguales”, “Todo es corrupción”, “La política es toda mala”, “El Estado nunca funciona”, “Nadie hace nada por nadie”, “Participar no sirve”, “Nada va a cambiar”.

No corresponde convertir esas expresiones en diagnósticos psicológicos ni patologizar a quien las sostiene, pero sí podemos reconocer detrás de ellas algunos mecanismos cognitivos conocidos: la sobregeneralización, el pensamiento dicotómico, la abstracción selectiva o el sesgo de confirmación. Una parte comienza a ocupar el lugar del todo. Un caso de corrupción sirve para demostrar que “todos roban”. Un funcionario incompetente confirma que “el Estado no sirve”. Una discusión degradada en el Congreso o en el Concejo Deliberante demuestra que “los políticos solamente se pelean y no resuelven nada”, un gobierno que fracasa permite concluir que “nada funciona”.

Y cuanto más sólida se vuelve esa representación, más fácilmente prestamos atención a aquello que la confirma y menos capacidad tienen los acontecimientos contradictorios para modificarla. El circuito comienza a retroalimentarse: creo que toda la política es mala y por eso evito informarme sobre política.

Al informarme menos, pierdo conocimiento, diversidad y matices, conciencia crítica.

Terminan atravesando esa barrera fundamentalmente aquellos acontecimientos suficientemente extremos, escandalosos o emocionalmente intensos como para capturar nuevamente mi atención. Y esos acontecimientos vuelven a demostrarme que tenía razón: “Viste, son todos iguales”. La creencia -muchas veces falsa- comienza así a fabricar sus propias pruebas.

Una política que también alimenta el cansancio

Pero sería demasiado cómodo explicar todo este fenómeno únicamente desde el comportamiento de los ciudadanos. También debemos preguntarnos qué tipo de política encuentra ese ciudadano cada vez que decide volver a mirar. Una de las características de nuestra época es la creciente transformación de la diferencia política en antagonismo personal.

El adversario deja de ser solamente alguien que propone otras soluciones, representa otros intereses o sostiene una visión diferente de la sociedad. Cada vez con mayor frecuencia se lo presenta como alguien moralmente inferior: corrupto, ignorante, peligroso, antipatriótico o directamente indigno de ser escuchado. La disputa deja de organizarse alrededor de la pregunta acerca de quién tiene mejores argumentos y comienza a estructurarse sobre una división mucho más elemental: nosotros y ellos.

La psicología política denomina polarización afectiva al fenómeno por el cual la distancia política deja de ser solamente ideológica y comienza a expresarse como desconfianza, rechazo o animosidad hacia quienes pertenecen al grupo contrario.

Investigaciones comparativas recientes muestran, incluso, una creciente importancia del rechazo hacia el adversario -el “odio al otro” antes que el “amor a los propios”- dentro de la polarización contemporánea. Esta forma de comunicación resulta especialmente funcional al circuito emocional que venimos describiendo (Garzia y Ferreira da Silva, 2025).

Una persona atravesada por miedo, frustración, bronca o impotencia encuentra en el discurso polarizado algo extremadamente poderoso: una explicación sencilla para una realidad compleja. Frente a la incertidumbre, ofrece certeza; frente a problemas con múltiples causas, identifica responsables únicos; frente a la frustración, señala culpables; frente a una identidad debilitada, proporciona un grupo al cual pertenecer.

La política corre entonces el riesgo de dejar de intentar procesar y transformar las emociones sociales para comenzar simplemente a representarlas. Ya no se trata solamente de convencer mediante argumentos, se trata de sintonizar con el enojo. Y cuanto más polarizo, cuanto más descalifico al que piensa diferente, cuanto más lo cancelo, cuanto más incompatible lo presento con “nosotros”, más fácilmente puedo reforzar la identificación con los propios.

Una investigación publicada en 2025 aporta un dato particularmente sugestivo sobre este ecosistema. Al comparar el algoritmo de X basado en interacción con un orden cronológico, los investigadores encontraron que el primero amplificaba contenidos emocionalmente cargados y hostiles hacia el grupo político contrario, incluso contenidos que los propios usuarios declaraban que empeoraban cómo se sentían respecto de sus adversarios (Milli et al., 2025).

No se trata, por supuesto, de responsabilizar únicamente a los algoritmos, ni de afirmar que toda polarización es artificial: el conflicto es constitutivo de la política. Una democracia sin conflicto probablemente tampoco sería una democracia. El problema aparece cuando conflicto y hostilidad comienzan a ser utilizados como sinónimos. Discutir con alguien no exige odiarlo, competir electoralmente no obliga a deshumanizar al adversario, sostener convicciones firmes no requiere cancelar al que piensa distinto.

La paradoja de la polarización

Aquí aparece una paradoja que merece ser observada. El ciudadano fatigado intenta escapar de una realidad política que percibe como agresiva mientras una parte de la política compite precisamente por aumentar la intensidad de esa agresión para capturar su atención. Cada insulto exige otro insulto. Cada exageración necesita una exageración mayor. Cada descalificación permite una nueva descalificación. Porque en un ecosistema saturado de estímulos, la moderación tiene dificultades para llamar la atención, y la consecuencia puede terminar siendo exactamente la contraria de aquella que una democracia necesita. La política polarizada moviliza intensamente a algunos, pero puede simultáneamente expulsar a otros.

Quienes tienen identidades políticas más fuertes, permanecen; quienes encuentran pertenencia o reconocimiento en la confrontación, permanecen; quienes pueden convertir la indignación en influencia, permanecen; pero una parte de los ciudadanos cansados, moderados, decepcionados o simplemente poco dispuestos a vivir permanentemente enfrentados, comienza a retirarse.

La conversación pública puede experimentar entonces una especie de selección adversa: cuantas más personas moderadas se retiran, proporcionalmente más intensa parece la confrontación; cuanto más intensa se vuelve la confrontación, más personas sienten deseos de retirarse.

Y nuevamente aparece el círculo: polarización, emociones negativas, evitación, menor información, creencias más rígidas, mayor rechazo y nueva evitación.

Lo más paradójico es que esa forma de hacer política termina ofreciendo pruebas permanentes a quienes ya habían construido la creencia de que “toda la política es mala”. La política confirma aquello que después lamenta que los ciudadanos crean sobre ella.

Del cansancio a la impotencia

Pero todavía existe un último paso. “No quiero saber” puede terminar transformándose en “Aunque supiera, ¿qué podría hacer?”. Y quizás allí aparezca una de las creencias más peligrosas para cualquier sistema democrático: “Nada de lo que yo haga puede cambiar las cosas”.

Una democracia necesita ciudadanos que conserven alguna percepción de eficacia sobre su propia participación: votar importa, informarse importa, participar importa, organizarse importa, reclamar importa, discutir importa. Controlar a quienes gobiernan importa.

No porque cada una de esas acciones garantice inmediatamente el resultado deseado, sino porque todo el sistema democrático descansa sobre una ficción imprescindible y, al mismo tiempo, profundamente real: que los ciudadanos tienen capacidad para intervenir sobre aquello que pertenece a todos. Cuando esa creencia desaparece, la fatiga puede convertirse en impotencia. Y quien se siente impotente suele terminar retirándose.

El lugar que dejamos nunca queda vacío

Existe entonces una dimensión final que no deberíamos perder de vista, cuando alguien decide alejarse de la conversación pública porque está harto, decepcionado o cansado, puede sentir que simplemente ha adoptado una decisión privada. Pero el espacio público del que se retira no queda vacío: las decisiones continúan tomándose, las leyes continúan aprobándose, los presupuestos continúan distribuyéndose, los recursos continúan asignándose, los intereses continúan representándose, el poder continúa ejerciéndose.

Por eso, la retirada puede ser individual, pero sus consecuencias nunca son exclusivamente individuales. Toda sociedad está integrada por actores con capacidades muy diferentes para defender sus intereses. Empresas, corporaciones económicas, estructuras políticas, organizaciones profesionales, sindicatos, medios, plataformas tecnológicas y distintos grupos organizados cuentan con recursos materiales, institucionales, comunicacionales y técnicos para influir sobre las decisiones colectivas.

No es necesario imaginar detrás de esto ninguna conspiración, es simplemente una cuestión de poder.

Quienes poseen información, organización, recursos y capacidad de influencia no dejan de utilizarlos porque otros ciudadanos hayan decidido dejar de mirar. El ciudadano fatigado, en cambio, puede comenzar progresivamente a renunciar a sus propias herramientas. Por eso los poderes fácticos no necesitan necesariamente producir la apatía para beneficiarse de ella. Les alcanza con encontrar una sociedad en la que una parte creciente de sus integrantes ha dejado de creer que informarse, participar o controlar al poder tenga algún sentido.

Cuantos más ciudadanos concluyan que “todos son iguales”, que “nada puede hacerse” o que “la política no sirve”, mayor será comparativamente la capacidad de incidencia de quienes nunca dejaron de organizarse para defender sus intereses. En ese punto, la fatiga de la realidad deja definitivamente de ser un problema individual, se convierte en un problema democrático.

Recuperar la realidad

La solución, naturalmente, no consiste en exigir a las personas que permanezcan indefinidamente expuestas a aquello que les produce angustia. Tenemos derecho a apagar una pantalla, a descansar, a seleccionar las fuentes con las que nos informamos, a preservar espacios de nuestra vida fuera de la lógica permanente de la urgencia.

Pero existe una diferencia decisiva entre descansar de la realidad y renunciar a ella. También quienes hacemos política, quienes comunican y quienes participan de la discusión pública deberíamos preguntarnos cuánto contribuimos a ese agotamiento. Una política democrática debería ser capaz de recibir la bronca, el miedo, la frustración y el malestar existentes en una sociedad y transformarlos en demandas, propuestas, instituciones y decisiones. No simplemente reproducirlos. La función de la política no debería ser multiplicar el enojo, sino darle una forma democrática.

Necesitamos también recuperar formas de información que expliquen y no solamente impacten; que contextualicen y no únicamente alarmen; que permitan comprender procesos y no obliguen a reaccionar permanentemente frente a episodios, porque el pensamiento crítico necesita información, pero necesita algo todavía más difícil: tolerar la complejidad.

Aceptar que no todos son iguales, que ninguna institución es completamente buena ni completamente mala. que la política puede producir corrupción y también derechos, que el Estado puede fracasar y también resolver, que quienes piensan distinto pueden equivocarse sin convertirse por eso en enemigos.

Y que una democracia puede decepcionarnos profundamente sin dejar por ello de ser el instrumento que hemos construido para convivir con nuestras diferencias y disputar pacíficamente nuestros intereses.

Quizás el mayor riesgo de la fatiga de la realidad no sea que un día decidamos apagar el televisor o dejar de leer las noticias, el verdadero riesgo aparece cuando, después de dejar de mirar durante demasiado tiempo, terminamos convencidos de que aquello que sucede en el espacio público ya no tiene nada que ver con nosotros. Porque entonces no solamente nos alejamos de la política, renunciamos, poco a poco, a una parte de nuestra condición de ciudadanos y dejamos en manos de otros la capacidad de decidir sobre aquello que también nos pertenece.

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