Después de casi diez años en la Argentina, hay algo que tengo bastante claro: emprender acá no es para cualquiera. No porque falten oportunidades, sino porque las condiciones obligan a tomar decisiones permanentemente. Los costos cambian, aparecen nuevos competidores, el consumidor modifica sus hábitos y lo que funcionaba ayer puede necesitar una revisión mañana. En ese contexto, tener una buena idea es apenas el comienzo.
Llegué al país sin experiencia en gastronomía. En Venezuela, a los 24 años, había desarrollado un complejo de tres canchas de fútbol 5, y esa fue mi primera escuela empresarial. Ahí aprendí algo que después volvería a comprobar muchas veces: administrar un negocio no consiste solamente en mirar números. También implica entender al cliente, formar equipos y conseguir que alguien que eligió tu propuesta quiera volver.
La gastronomía terminó siendo un escenario particularmente exigente para poner a prueba esas ideas. Es una industria atractiva, pero de márgenes finos y competencia feroz. Cuando una categoría funciona, rápidamente aparecen nuevas propuestas. Y cuando todos pueden conseguir buena carne, buen pan o buenos ingredientes, el producto por sí solo deja de ser suficiente. La diferencia empieza a estar en la identidad, en la experiencia y en aquello que una marca consigue representar para su público.
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Esa fue una de las razones por las que decidí volver a apostar por las hamburguesas, probablemente uno de los segmentos más disputados de Buenos Aires. BARDO nació desde esa mirada: no necesariamente hay que inventar algo que nunca existió. Muchas veces la innovación consiste en tomar algo conocido y obsesionarse con hacerlo mejor. En mercados saturados, encontrar una personalidad propia puede ser tan importante como desarrollar un buen producto.
Con los años también entendí que crecer no significa necesariamente abrir más locales. Hay una presión permanente por expandirse, sumar puntos de venta y mostrar resultados, pero consolidar un concepto puede ser una decisión mucho más inteligente que acelerar. Antes de multiplicar un negocio hay que comprobar que funciona, que puede sostener su identidad y que existe una estructura capaz de acompañar ese crecimiento.
Y esa estructura no se construye solo con capital. Se construye con personas. Durante mucho tiempo cometí el error de querer estar en todo, revisar todo y decidir todo. Después entendí que ningún emprendimiento puede crecer realmente si depende de una sola persona. Delegar, sumar talento y aceptar otras miradas no significa perder control: significa construir una empresa que pueda ir más allá de quien tuvo la idea inicial.
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Quizás por eso, cuando pienso en emprender en la Argentina, no pienso solamente en las dificultades. Pienso también en lo que esas dificultades obligan a desarrollar. La incertidumbre enseña a reaccionar; la competencia obliga a diferenciarse; los cambios de consumo pueden convertirse en oportunidades. Es una gimnasia que no se aprende en un curso ni aparece en un Excel.
No creo que exista un momento perfecto para emprender. Siempre habrá una variable que genere dudas, un costo que obligue a recalcular o un competidor que aparezca cuando menos se lo espera. Lo importante no es esperar que desaparezcan esos problemas, sino desarrollar la capacidad para atravesarlos.
Después de casi una década construyendo negocios en este país, esa es probablemente la principal conclusión que me queda: emprender no significa encontrar un camino sin obstáculos. Significa aprender a moverse cuando el camino cambia. Y en la Argentina, esa capacidad puede ser el activo más importante de todos.
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