El riesgo país es un dato que expresa la mirada del mundo sobre nosotros, configura un hecho fundamental que desnuda la falta de coherencia de un proyecto que fue limitando los consumos de la ciudadanía hasta llegar a un punto en el cual las deudas internas, más la baja del consumo, marcan la impotencia de la salida de esta coyuntura irracional a la que estamos sometidos.
El endeudamiento es un hecho indiscutible de la debilidad de una sociedad. Nunca falta quien, con pocas luces y acentuada mala fe, se refiera a los niveles de deuda de un país desarrollado, cuando en el nuestro, el resultado es el de los necesitados yendo a buscar en el crédito aquello —incluso lo indispensable— que no pueden alcanzar con los salarios. El cínico y patético concepto del Presidente y de su ministro de Economía de que se trata de un contrato entre privados demuestra la nula solidaridad que tienen estos personajes con la sociedad que intentan conducir. Si es cierto que la deuda es a una moneda estable, lo que queda claro es que los intereses fueron una decisión del Estado que llevó a los endeudados a una coyuntura sin salida.
Hubo una frase del ministro que mostró a las claras la situación cuando habló de “movilizar la economía”, penosa forma de asumir la absoluta parálisis en que se encuentra la sociedad. Es que, en rigor, desde toda lógica y coherencia económica y política, el sistema planteado por Milei y sus seguidores no da otra salida que la muerte de la sociedad de consumo y el ensalzamiento de la concentración de la riqueza en pocas manos. Todos los números de la economía apuntan al claro fracaso del “intento mileísta”. Luego viene eso que llaman batalla cultural, plagada de lugares comunes a los que se suma el innoble concepto de apoliticismo. Aquellos que dicen “a mí nadie me dio nada”, olvidan que lo esencial del Estado es que les otorgue a los ciudadanos las posibilidades de crecer. Si crecieron, fue porque un Estado se lo permitió, y ahora dejaron de hacerlo porque un Estado se lo impidió.
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Quizá la consigna más reiterada, más sin sentido, sea “apoyar el cambio”, lo que implica siempre asumir una situación de frustración y de fracaso que lleva a buscar salidas como si fuera coherente alterar las del sentido común, que es, en nuestro caso y más que nunca, el menos común de los sentidos, para emplear ex profeso un manido cliché.
La necesidad libertaria y liberal de asegurar la reelección de Milei está basada en un hecho clave: el proyecto que transitan no soportaría una derrota electoral, y en su rigidez, jamás permitiría que ese logro se obtuviera. Si los beneficiarios de este antiestatismo representan menos del 30%, ¿cuál sería el dato que favorecería al gobierno para ganar en primera vuelta o, lo que es mucho más riesgoso, tener alguna opción de hacerlo en un balotaje?
La oposición necesita la alternativa de las PASO, de elecciones internas que le permitan revalidar los títulos al que salga triunfador, y el gobierno, en su desesperación, busca apoyo de los gobernadores para destruir esta opción de elección interna. Podríamos decir que si la oposición no lograra detenerlo, podría por sí misma optar por un sistema de elecciones que contribuyera a recuperar su prestigio y su lugar.
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Los libertarios quisieron al principio de su aventura pintar el país de violeta. Esa voluntad se desnuda ahora en su impotencia con la mayoría de los gobernadores separando las elecciones provinciales de las nacionales, para no tener cada cual en su caso, el daño que la deteriorada imagen presidencial le haría a sus candidaturas.
Casi una lamentable nota de color: el insólito supuesto homenaje que el Presidente intentó hacer al General San Martín. En su pequeñez, en su mediocridad e ignorancia, Milei reduce el pensamiento del Libertador a las limitaciones mentales de su propuesta ideológica. ¿Pretendía, acaso, afiliar al héroe a la risible estrechez de su partido cuando no compararse con él?
Por su parte, el cuestionado personaje de Fernando Cerimedo, en Bolivia, deja en claro la bajeza de aquellos que disfrazaban de ideología la desmesura de sus intereses, y en alguna medida, al escuchar a sus abogados que hablan de un autoatentado, el tránsito por el ridículo para personajes como este que participó hasta del golpe de Bolsonaro, indican que hay un momento en que las justificaciones transitan el débil espacio de la frivolidad. Hasta existió una supuesta senadora evangélica que expuso su teoría de que la justicia social estaba en contra de la Biblia.
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Sin duda, la visita del Papa tendrá un peso importante en nuestra sociedad, y creo que, después de ella, el nivel de egoísmo expresado por el gobierno será difícil de sostener, de justificar, ante una fe que se impone hoy como la defensa central del humanismo.
En las políticas de Milei y sus secuaces los daños enormes están a la vista, y los logros, hasta el momento, siguen en discusión mientras la mayoría de nosotros piensa que ni siquiera existen.
Para cerrar, mencionaré un tema horrendo: el intento de destruir la sacralidad del histórico cementerio de Recoleta incorporando una cafetería frente a las tumbas de Sarmiento y Mitre. La degradación de los mercados está a la vista y, en verdad, no deja lugar a discusión. El discurso de Milei en el cierre del Council of the Americas 2026 dejó a su concurrencia el sabor de que la figura presidencial sufre un indisimulable deterioro. Ese auditorio, afín a Milei desde el inicio, terminó azorado por los conceptos vertidos por su líder. Aquel que alguna vez pretendió deslumbrar por su lucidez —siempre empañada por exabruptos, groserías, insultos y descalificaciones que sus seguidores solían aplaudir sin objeción alguna—, ahora llega a un punto en el que solo genera espanto por su incoherencia.
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