Después del golpe de 1955, el general Perón ocupó su tiempo en reconstruir todas las relaciones con la sociedad que en su gobierno habían terminado erosionadas. Así, en su retorno, las convocatorias abarcaron a distintos partidos e instituciones que le permitieron superar el 60% de los votos mientras su adversario, Ricardo Balbín, representaba la expresión mayoritaria del resto. Eran tiempos en que la política transitaba el proyecto, el diálogo y la paz, mientras las violencias, guerrilleras o militares, esperaban su tiempo que, en el devenir, implicaría la desaparición histórica de ambos.
Acompañé a Néstor Kirchner y discutí mucho sobre esta temática. También acerca de su negativa a dialogar con el entonces Cardenal Bergoglio, algo que para mí era una marca de debilidad política tan innecesaria como absurda. El Kirchnerismo se va a desarrollar como un intento de imponer un pensamiento único. En ese sentido, nada más patético que la Ley de Medios a la que me supe oponer en su momento. El programa televisivo “6-7-8” fue una de las peores expresiones de la antipolítica, visión desde la cual el gobierno se transformaba en una secta tan confiada en su éxito como inconsciente de su destino al fracaso.
Hoy es el gobierno de Milei el que transita una demencia peor y nos cansamos de escuchar a su corte de aplaudidores explicando la necesidad de que no vuelva el péndulo, metáfora absurda de lo que, en verdad, temen: la democracia. Esta enfermiza idea de que los éxitos de las minorías deben ser apoyados por la mayoría de los damnificados es un sueño de los pocos cuya mera mención se configura como desesperanza de los humildes.
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El Kirchnerismo, en mi visión personal, está absolutamente agotado. El único poder real de Cristina Kirchner es el de acercarse a Axel Kicillof para tratar de convertirlo en un nuevo Alberto Fernández y, en consecuencia, apoyar la reelección del nefasto presidente actual quien sigue con la cantilena de que fracasamos desde hace cien años; en rigor, no se entiende si lo que cuestionan Milei y los suyos es la naciente democracia de Yrigoyen o el desarrollo industrial posterior.
Las entrevistas al presidente, generalmente a cargo de algún obsecuente que alguna vez fue periodista, resultan de una pobreza intelectual y esencialmente moral, que nos lleva a pensar que nunca imaginamos caer tan bajo. No discutimos el hecho de que Milei es hijo de los fracasos del Kirchnerismo, y si la sociedad algo tiene en claro, es el temor a retornar al pasado.
Además, el tiempo en el poder y los apoyos financieros de toda índole -incluidos fondos reservados del tan vapuleado Estado- alimentan ignominiosas campañas desde el canal de streaming Carajo, como la de sugerir formas de exterminio de la población del conurbano mediante la esterilización -apoyada por mujeres presentes en el estudio-, un muro de quince metros de altura con francotiradores que permitieran el paso arbitrario de algunos favorecidos por el gobierno, a cargo del abogado e influencer libertario Alejandro Sarubbi Benítez, amigo de Santiago Caputo, y finalmente, bombardeos de napalm, de infames recuerdos para cualquiera que haya visto las devastadoras imágenes de la niña quemada por los yanquis en Vietnam en su ilimitada crueldad. Todo esto viene desnudando la perversión del gobierno de Milei y sus secuaces como mucho más dañina que la frivolidad del anterior, pero es necesario asumir que las expresiones populares no pueden soportar la más mínima mancha de corrupción. Pepe Mujica fue sin duda el más sabio de los maestros y el actual presidente Lula, con el indiscutible desarrollo de Brasil, revela que los tiempos de nuestra decadencia están en torno de los cincuenta años, tiempo en el cual estábamos cercanos al pleno empleo y conformábamos un país tanto o más desarrollado que los hermanos brasileños. El escritor y periodista Jorge Fernández Díaz nos regaló el sábado pasado una de las más lúcidas miradas que los verdaderos liberales pueden aportar sobre esta soberbia mediocridad que hoy intenta apabullarnos.
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Los errores de Cristina Kirchner permitieron, con su derrota en octubre del año pasado, consolidar al gobierno como triunfador. Si Axel Kicillof había ganado por 14 puntos en septiembre y luego, Cristina pierde en todo el país, no es necesaria encuesta alguna para saber que su ciclo está agotado. El dolor y la desesperanza de nuestro pueblo confrontan como nunca con el exitismo de sus opresores, lugar que lentamente terminaron acompañando economistas dogmáticos y políticos arrastrados.
Lo que acaba de ocurrir en el Senado -que Milei solo puede intentar contrarrestar con una indiscriminada y feroz represión semejante a un manotazo de ahogado- es un golpe para el gobierno que me permite reiterar la conclusión de mi artículo anterior: el actual presidente no puede ganar en primera vuelta y más lejos aún está de hacerlo en balotaje. Se impone una amplia coalición, un frente democrático para derrotarlo en las próximas elecciones y recuperar las instituciones, la educación, la ciencia, la salud, la cultura, la distribución de la riqueza, la equidad, el hoy pisoteado respeto a la ciudadanía.