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Acuerdo UE-Mercosur: competir ya no depende solo de abrir mercados

El acceso preferencial a Europa exige más que productos competitivos; ahora, la diferencia la marcan variables como la trazabilidad, las certificaciones y el cumplimiento normativo

(Imagen ilustrativa)

Después de más de veinticinco años de negociaciones, el Acuerdo Comercial Interino entre el Mercosur y la Unión Europea comenzó a aplicarse provisionalmente en el mes de mayo. La noticia fue recibida, con razón, como un hito para la región: se abre una zona comercial de más de 750 millones de consumidores, se reducen barreras arancelarias y se crea un marco de mayor previsibilidad para el comercio y la inversión.

Sin embargo, el verdadero impacto del acuerdo probablemente no radique en los porcentajes de desgravación ni en las nuevas oportunidades comerciales. Lo más relevante es el cambio de lógica que introduce para las empresas. En un escenario donde la competencia ya no se define únicamente por precio, calidad o capacidad productiva, la posibilidad de acceder a un mercado depende cada vez más de otra variable: la preparación.

Las primeras semanas de implementación ofrecen una muestra concreta. Los beneficios comerciales existen, pero no se distribuyen automáticamente. Las empresas que logran capturarlos primero no son necesariamente las más grandes ni las que reaccionan con mayor velocidad cuando aparece una oportunidad, sino aquellas que hicieron el trabajo previo: revisaron procesos, obtuvieron certificaciones, adaptaron su operatoria y comprendieron con anticipación cuáles serían las nuevas reglas del juego.

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Los primeros contingentes arancelarios ilustran bien esta dinámica. Algunos productos agroalimentarios ingresan al mercado europeo mediante cupos limitados que permiten acceder a aranceles reducidos o nulos. Frente a la falta de un criterio consensuado dentro del Mercosur para distribuir inicialmente parte de esos contingentes, comenzó a aplicarse el principio conocido como FIFO (First In, First Out): el beneficio quedó disponible para quienes presentaran primero operaciones que cumplieran todos los requisitos establecidos.

Los resultados fueron inmediatos. Argentina agotó rápidamente el contingente inicial previsto para huevos y utilizó más del 80% del correspondiente a miel, mientras que Uruguay capturó la mayor parte del cupo para arroz y Argentina buena parte del restante. Más allá de las cifras, el mensaje es claro: cuando las oportunidades son limitadas y las exigencias regulatorias son altas, la diferencia entre acceder o quedar afuera suele definirse mucho antes de que se concrete la primera exportación.

Ese es, probablemente, uno de los principales aprendizajes que deja el acuerdo. Durante mucho tiempo, la apertura comercial fue entendida como un proceso que comenzaba cuando bajaban los aranceles. Hoy ocurre exactamente lo contrario. La preparación empieza mucho antes y abarca aspectos que exceden el comercio exterior en sentido estricto: trazabilidad, sistemas de calidad, documentación técnica, logística, cumplimiento regulatorio y capacidad para demostrar que todo ello funciona de manera consistente.

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La carne vacuna ofrece un buen ejemplo de esta nueva realidad. Argentina parte de una posición competitiva consolidada en Europa a través de la Cuota Hilton y el nuevo acuerdo incorpora, además, una cuota adicional de 99.000 toneladas para el Mercosur con un tratamiento arancelario preferencial. En términos comerciales, el escenario es auspicioso. Pero reducir el análisis únicamente a la mejora arancelaria sería una simplificación.

El acceso al mercado europeo sigue condicionado por estándares sanitarios, ambientales y de trazabilidad cada vez más exigentes. La reciente decisión de la Unión Europea de restringir importaciones de determinados productos de origen animal provenientes de Brasil por incumplimientos vinculados al uso de antimicrobianos es un recordatorio de que, en mercados altamente regulados, la confianza no se presume: se acredita de manera permanente.

En este contexto, la ventaja competitiva deja de construirse únicamente sobre la calidad del producto. También depende de la capacidad para demostrar cómo fue producido, bajo qué estándares, con qué controles y con qué nivel de transparencia. La regulación deja así de ser un requisito administrativo para convertirse en un componente central de la estrategia comercial.

Las primeras experiencias de implementación muestran, además, que el impacto del acuerdo va mucho más allá de los sectores que hoy concentran la atención. Si bien los casos de la miel, los huevos, el arroz o la carne permiten visualizar con claridad cómo funcionan las nuevas reglas, el verdadero alcance del acuerdo es significativamente más amplio.

Para las empresas argentinas que buscan exportar a Europa, el nuevo escenario exigirá mucho más que identificar un producto beneficiado por una reducción arancelaria. Será necesario analizar, caso por caso, si ese producto califica dentro del régimen preferencial; verificar el cumplimiento de las reglas de origen; documentar adecuadamente la trazabilidad de insumos y procesos; adaptar procedimientos aduaneros y cumplir estándares sanitarios, técnicos y ambientales que seguirán siendo especialmente exigentes. A ello se suma la necesidad de estructurar contratos que contemplen riesgos vinculados con certificaciones, transporte, calidad o eventuales cambios regulatorios.

El acuerdo tampoco impacta únicamente sobre quienes exportan. Para importadores y fabricantes locales, la desgravación progresiva de bienes europeos puede facilitar el acceso a tecnología, equipamiento e insumos estratégicos, al tiempo que incrementa la presión competitiva en algunos segmentos. Para inversores europeos, una relación comercial más integrada puede volver más atractivas aquellas empresas capaces de operar desde Argentina o desde el Mercosur bajo estándares compatibles con los mercados internacionales. Y para las compañías con presencia regional, será cada vez más importante seguir de cerca cómo evoluciona la administración de contingentes y la coordinación comercial dentro del propio bloque.

También habrá impactos sobre decisiones de producción, abastecimiento e inversión. La reducción gradual de derechos de exportación prevista para determinados productos agroindustriales introduce una variable de previsibilidad que puede modificar la ecuación económica de exportar hacia Europa. Según estimaciones de la Bolsa de Comercio de Rosario, este esquema podría generar ingresos adicionales por exportaciones agroindustriales del orden de los US$ 10.500 millones durante la próxima década, al tiempo que la eliminación progresiva de derechos de exportación para buena parte de las ventas destinadas a la Unión Europea puede incidir directamente en la planificación de largo plazo de muchas empresas.

Todo esto confirma que el acuerdo no debería interpretarse únicamente como una reducción de aranceles. Lo que comienza a cambiar es la forma en que las empresas construyen competitividad.

En este contexto, el verdadero desafío para las empresas no consiste únicamente en interpretar el acuerdo, sino en traducirlo a decisiones de negocio. Revisar cadenas de suministro, evaluar inversiones, adecuar contratos, fortalecer procesos internos o anticipar requisitos regulatorios deja de ser una tarea exclusivamente técnica para convertirse en una parte central de la estrategia empresarial.

Los acuerdos comerciales pueden abrir puertas, pero no reemplazan la estrategia. Para las empresas argentinas, el desafío será convertir las ventajas del acuerdo en operaciones sostenibles, seguras y comercialmente viables.