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Así es Javier

Cuando está en problemas, el Presidente busca recuperar el centro de la escena como sea, y vuelve siempre a sus herramientas disponibles: el insulto y la sobreactuación de todo

El presidente Javier Milei

En este fin de semana se ha producido un grave delito a la vista del mundo entero, con la complicidad de miles de personas, de marcas muy populares, de los dueños de un estadio, de los medios de comunicación y de las fuerzas de seguridad.

Para entender la gravedad del hecho es necesario recurrir al contexto. En los días que rodearon a la final del Mundial se desató un debate intenso y, a la vez, efímero sobre si los argentinos éramos o no racistas. Ya casi nadie lo recuerda, pero eso ocurrió. Algunas personas, entre ellos el presidente de la Nación, Javier Milei, caracterizaron esto como una “campaña antiargentina” y decidieron tomar cartas en el asunto, ponerse al frente de la respuesta, sacar pecho. Así empieza la historia de este delito grave e impune.

Milei y varios de sus simpatizantes empezaron a difundir que se trataba en realidad de una conspiración progresista para debilitar el alma de un pueblo que se está poniendo de pie –o algo así. Como esos progresistas son extranjeros, amenazaron con eliminar las prestaciones de salud y educación a cualquier inmigrante, haya dicho algo o no, sea progresista o de derecha. Por ejemplo, el vocero presidencial manifestó su inquietud debido a que algunos miles de extranjeros estudian medicina en la UBA. Pero ninguno de ellos había dicho nada, hasta donde se sabe, sobre el racismo en la Argentina. ¿Qué tiene que ver el ex ministro griego Varoufakis, un progre extranjero que celebró -ay- el triunfo de España, con un peruano o boliviano que recién se instala en una villa argentina para intentar una vida mejor?

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Nada. Pero hacia allí fuimos. Contra todos ellos.

El Presidente mismo, ya decididamente al frente del combate contra la “campaña antiargentina”, difundió en una historia de Instagram los nombres de las personas que estimularon el odio contra el país. Los subversivos, los antipatria, eran cuatro artistas: el actor norteamericano Samuel Jackson, la ex actriz porno libanesa Mia Khalifa, la cantante española Rosalía y el actor español Javier Bardem.

Rosalía llegó a Buenos Aires para dar cuatro shows

Identificados los conspiradores, el Presidente emitió un decreto de necesidad y urgencia donde estipuló que le prohibiría la entrada al país o expulsaría a cualquier extranjero que difundiera el odio contra la Argentina. “Mi Presidente”, escribieron, orgullosos, emocionados y siempre obedientes el Gordo Dan, Juan Doe, Agustín Romo, Agustín Laje, la simpática pandilla que ha derramado tanto color en la política gris de la Argentina en los últimos años. Milei subía historia tras historia en Instagram donde, en distintos formatos, se difundía la decisión de expulsar a los antipatria y él se exhibía como el líder que defendería a la Patria del ataque internacional woke. Esteban Glavinich, más conocido como “Traductor te ama”, le aportó precisión al asunto: “Gracias por echar a la Rosalía”.

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El señalamiento era muy apropiado porque en esas horas se esperaba la llegada al país de Rosalía, una de las cuatro participantes acusadas por el Presidente de haber difundido odio contra el país. La artista venía de Chile a ofrecer una serie de recitales en el Movistar Arena, donde pretendía cantar y reunirse con decenas de miles de admiradores. Pero nunca se sabe con los conspiradores. Mejor pararlos a tiempo.

Así que se esperaba del Gobierno un gesto ejemplar y patriótico. El Presidente acababa de emitir un decreto. La conspiradora tenía el tupé de venir y desafiarlo. Era hora de actuar rápido, de dejar claro ante el mundo que los antiargentinos no se la iban a llevar gratis. Lo mejor era que el gesto ejemplar y patriótico no requería de mucho talento: solo se trataba de impedirle la entrada al país, que se vaya por donde vino, y mandar a las Fuerzas del Cielo para que canten el himno nacional, si es que lo saben, mientras la española woke antiargentina huía por donde vino.

Pero algo falló.

Rosalía entró al país como si tal cosa.

Se alojó en un hotel muy conocido como si tal cosa.

Y solo recibió afecto de miles y miles de argentinos, seguramente wokes y antipatriotas a los que se debería castigar por complicidad.

¿Qué habrá ocurrido que nadie se dio cuenta? ¿Nadie la vio? ¿Dónde estaba la enérgica ministra Monteoliva, la que explicó que en el partido contra Inglaterra no debía exhibirse “el mapita de Malvinas”? ¿Y el jefe de Gabinete Santilli? ¿Y el genial asesor Caputo, el de la idea del decreto, como de tantas otras genialidades? ¿Serán también cómplices de la campaña antiargentina?

Los fans argentinos aguardaron por Rosalía en la puerta del hotel

Se podría abrir un abanico de posibilidades sobre lo que sucedió, pero para ser sintéticos parece obvio que el decreto presidencial donde se disponía la deportación o la prohibición del ingreso al país de cualquiera que hable mal de la Argentina era un gesto al mismo tiempo autoritario y ridículo. Autoritario, porque pretendía castigar a personas por sus opiniones, justamente un gobierno que se define como liberal/libertario, aunque ya nadie debería tomar demasiado en serio esas etiquetas. Ridículo porque era imposible de poner en marcha y por toda la construcción conspirativa que lo rodeaba. Hay momentos, realmente, en qué duelen los oídos de escuchar tantas tonterías.

Parece una anécdota menor pero el problema aumenta cuando se observan otros episodios de estos últimos días. Hace poco más de dos semanas, cuando el país entero esperaba ansioso la final del Mundial, el Presidente dio un discurso en la Bolsa de Comercio. Un asistente le recordó el apellido Adorni. “Voy a ser reelecto, y si no te gusta ándate a vivir a Cuba”, le gritó Milei. Luego difundía en sus redes imágenes de tazas con esa leyenda impresa: “Si no te gusta, ándate a vivir a Cuba”. El sábado pasado, mientras concedía un reportaje en el predio de la Sociedad Rural, Milei empezó a insultar a José De Mendiguren, que venía de recibir un premio de manos del embajador norteamericano. “Ladrón, hijo de puta, vos le robaste a los argentinos”, se le escuchó. Luego pidió que lo putearan en la calle cada vez que lo vean.

Inmediatamente, Milei viajó a Brasil, donde insultó a Luiz Ignazio da Silva una y otra vez, en un tono que le pareció demasiado hasta a Patricia Bullrich. Y, a la vuelta, dispuso una cadena nacional –o sea, recurrió a un mecanismo por el cual se obliga a gran parte del sistema mediático a reproducir la palabra del mandamás-, y forzó a su Gabinete a posar, disciplinado, a su alrededor mientras hacía un anuncio sobre el envío al Congreso de una ley que pretenderá regir el funcionamiento futuro del Banco Central. Lo presentó en tono marcial, como un hecho histórico, que cambiaría para siempre al país.

Javier Milei en Brasil junto al senador Flavio Bolsonaro

Por si fuera poco, las conspiraciones florecen por todas partes. La diputada Lilia Lemoine, una de las dirigentes preferidas del Presidente, denunció tres solo en la última semana. En una de ellas, dijo, hay un acuerdo entre los soviets y Hollywood para desprestigiar al hombre blanco acusándolo de racismo. En otra denuncia, explicó que hay un plan para llenar de inmigrantes asiáticos y africanos Europa e instalar la ley de la Sharía, que impide a las mujeres andar en minifalda. La tercera denuncia involucró a Marcela Pagano, Victoria Villarruel, al castrochavismo y al Chiqui Tapia para voltear al Gobierno. Esta última inquietud fue plasmada en un tuit de Lemoine, que Milei retuiteó. La Vicepresidenta escribió entonces que estaba preocupada por “el estado del Presidente”. Rapidísimo, un indignado Diego Santilli le pidió su renuncia.

Gritos, amenazas, insultos, cadenas nacionales, hechos históricos, conspiraciones internacionales de todo tipo, decretos inútiles y un tanto racistas, odio a inmigrantes.

Parece evidente que algo raro está pasando.

-Nada. No está pasando nada—me explicó un ex funcionario que aun lo quiere al Presidente.

-¿De verdad?—le pregunté.

-Pero, ¿usted no recuerda que hace un par de meses dijo que Deborah Plager era una asesina y que amenazó con meter presa a Luciana Geuna por agente rusa?

-Cierto.

-Así es Javier. Y la gente lo vota porque es así. Grita, insulta, amenaza. Es su manera de dominar la conversación.

En realidad, muchos habitués del mundo libertario interpretan que, cuando está en problemas, Milei entiende que debe recuperar el centro de la escena a como sea, y vuelve siempre a sus herramientas disponibles, las que le dieron tantas satisfacciones: el insulto y la sobreactuación de todo. “¿O no gritaba, se hacía el loco, se desencajaba, insultaba y cada vez que hacía eso crecía en las encuestas hasta que llegó al poder? No esperen lógica racional ni prolijidad de su parte. Es pura estrategia. Y cuanto peor le vaya más va a acelerar en ese estilo. Cuanto más loco parezca, mejor. Los partidarios de la política racional lo van a criticar, se van a reír. Y no van a entender lo que pasa como tantas veces”. Un ejemplo memorable para entender todo esto ocurrió el octubre del año pasado, cuando el proyecto libertario parecía perdido luego de la derrota en la provincia de Buenos Aires. En ese contexto, Milei y su banda hicieron un recital de rock. Parecía absurdo. Pero así recuperó el centro de la escena y eso tal vez ayudó a que ganara en octubre.

Javier Milei en La Rural

Sea correcto o no ese análisis, lo cierto es que el Presidente está en problemas. Los números de las encuestas son, realmente, aterradores. Solo para dar un ejemplo: el viernes la consultora Trespuntozero difundió su último estudio. Solo el 32 por ciento de los argentinos opina positivamente de la gestión libertaria. Del 64% que la rechaza, 54% tiene una opinión “muy mala”. O sea que más de la mitad ya es oposición dura: ¿cómo podría ganar un ballotage alguien con ese nivel de rechazo?

Los dos dirigentes con mayor imagen positiva son la resiliente Cristina Kirchner (41 por ciento) y Axel Kicillof (39). Milei aparece recién sexto, por detrás de Patricia Bullrich (38), Miryam Bregman (38) y Juan Grabois (34). Victoria Villarruel (32) figura séptima apenas un punto por debajo de Milei. ¿Alguien podía imaginar hace un tiempo al Presidente empatado en imagen positiva con Grabois?

Algunas respuestas son particularmente impactantes. Solo el 29 por ciento cree que el Gobierno tiene capacidad para revertir la situación económica. El 51 por ciento cree que este gobierno es más o mucho más corrupto que el anterior, contra solo el 28 que piensa lo contrario. El 63 por ciento cree que este gobierno es el responsable de la situación económica contra apenas un 28 por ciento que la adjudica a la herencia recibida.

Son números y miradas que pondrían nervioso a cualquier presidente. A Milei, por lo visto, lo ponen muy activo. Así que esto seguirá como siempre.

Porque así es Javier.