El victimismo, enfermedad infantil de la política

Silenciar a un compañero que está denunciando la injusta detención de CFK en virtud de una sentencia amañada y atravesada por nulidades insanables, sintetiza un estado de situación sobre la que debemos reflexionar

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Una acuarela que muestra a Cristina Kirchner saludando con una mano levantada desde el balcón del departamento en el que cumple prisión domiciliaria. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Vivimos un tiempo en el que se ha cultivado una sensibilidad que se ofende por todo. Una época que confunde el argumento con el insulto y el disenso con la ofensa irreductible.

El agravio funciona como un escudo que vuelve indiscutible al que lo porta: si me ofendés, ya no tengo que responderte, me basta con sentirme herido y cancelarte, apagarte el micrófono y refunfuñar entre dientes.

Silenciar a un compañero que está denunciando la injusta detención de CFK en virtud de una sentencia amañada y atravesada por nulidades insanables, sintetiza un estado de situación sobre la que debemos reflexionar seriamente, en razón de nuestra propia historia atravesada por tantas injusticias: bombardeos, golpes, fusilamientos, cárceles, desapariciones, proscripciones y exilios.

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Podemos discutir todo, pero hay un piso común que debemos respetar: la solidaridad con quien paga con su propio cuerpo el rencor descomedido de un poder ciego que no le perdona al peronismo haber nacido para traer dignidad a nuestra Patria.

Cada vez que se apaga una voz, no se comete apenas una descortesía: se repite un patrón demasiado conocido. Los peronistas sabemos lo que es la censura: vaya el recuerdo del decreto 4161 de 1956 que prohibía nombrar a Perón o a Evita. ¿Acaso apagando micrófonos queremos silenciar el justo reclamo por la inocencia de Cristina?

Cristina Kirchner en el balcón saluda a la militancia

Apagar el micrófono no es ejercer una convicción ni defender nada. Es la confesión lisa y llana de que no hay nada para decir sino para silenciar. El que tiene razones, contesta. El que no las tiene, censura.

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No es saludable que el gobernador enfrente las políticas de ahogo financiero a la provincia, de desindustrialización y pérdida de empleo, mientras en el senado provincial se tejen acuerdos con los representantes de esa misma política entreguista. Esa doble vara se traduce en una política de tirar la piedra, esconder la mano, victimizarse y hacer de eso una bandera.

Sobre la victimización como método y la responsabilidad como respuesta

La política se ha vuelto el escenario que hizo de la susceptibilidad un método. Y de la victimización, una carrera.

La faz agonal de la política es la etapa del debate, de la acumulación, de la disputa de representación, del despliegue de la voluntad de poder como mecanismo de acceso a la legitimidad democrática. El peronismo siempre cultivó el debate interno: franco, áspero, frontal. Un debate atravesado por verdades dichas con convicción y no mediante lamentos impostados.

Allí residió siempre la vitalidad de un movimiento tumultuoso, lleno de vida, que se nutría justamente de las miradas provenientes de múltiples vertientes que sin embargo confluían en un mismo cauce. Lo diverso no agraviaba, enriquecía. El matiz no sofocaba, ampliaba las bases propias y permitía síntesis más abarcadoras.

Pero los tiempos han cambiado. El progresismo de las almas sensibles cultivó la cultura de la ofensa fácil. Freud lo explicó hace un siglo: lo llamó el narcisismo de las pequeñas diferencias. Es esa pulsión por la cual los que más se parecen son los que más necesitan diferenciarse, porque en la mínima diferencia que los distingue cada uno funda su pequeña identidad ofendida. Hermanos que levantan la mano contra su propio hermano: es una historia tan antigua como la Biblia y tan trágica como la incomprensión humana.

La consecuencia es la fragmentación. Porque una sociedad que se ofende por todo es una sociedad que se rompe en pedazos cada vez más chicos. La hipersensibilidad no construye comunidad: la pulveriza.

A eso lo llamamos tribalización. Es el proceso por el cual las grandes identidades que nos contenían a todos -el pueblo, la nación, la idea de un destino común- se quiebran en tribus minúsculas, cada una encerrada en su propia herida, cada una hablándole solo a los suyos. Donde antes había un nosotros amplio, capaz de contener la diferencia, ahora hay mil pequeños nosotros enfrentados, que ya no se reconocen entre sí.

Necesitamos trascender la propia facción para asumir la responsabilidad de ponernos al frente del conjunto. Eso es lo que pedimos. Nada más y nada menos. Lo que hay en el medio es mero ruido, anécdotas olvidables que no deben escandalizar a nadie, fricciones propias del verdadero debate: al peronismo no se lo ordena desde la PARTE, no se lo sintetiza desde la facción, no se lo conduce desde el olvido al prójimo y no se lo domestica desde la ingratitud disfrazada de herida autopercibida.

A un pueblo se lo dirige desde la respuesta y desde la responsabilidad. Eso es tener cuero para la conducción. Si no se comprende eso, no se comprende nada.