Estados Unidos se ve obligado a firmar un convenio con Irán, un pacto que solo implica una postergación basada en la necesidad electoral de Donald Trump. La distancia respecto de Israel nos deja a nosotros comedidos, fuera de lugar, en una situación difícil porque no sabemos realmente a qué mundo queremos pertenecer y cuál fue nuestra participación en aquel conflicto, donde no teníamos nada para aportar y tampoco nada para ganar. Rusia, por su lado, se encuentra, después de cinco años, sin poder superar su guerra con Ucrania, aquello que imaginó como un paseo, como un gesto de poder y terminó convertido en una dura expresión de debilidad.
Cómo no recordar la liberación de Argelia, en su momento, y luego Vietnam, con la derrota de Francia en la batalla de Điện Biên Phủ, y el posterior fracaso de Estados Unidos frente a ese pueblo indómito que luchaba por su libertad y por su dignidad.
Hay un cambio en el poder del mundo que a nosotros, como nación, nos encuentra totalmente desubicados, enfrentados con los países hermanos, que deberían ser nuestros aliados, y adheridos a grandes poderes que hacen su tránsito sin siquiera tener en cuenta nuestra absurda ambición a sus políticas. Estamos inmersos en un punto de inflexión donde la rigidez del Gobierno choca contra dos formas, dos miradas: una que ve éxitos donde no los hay, y una mayoría que sufre destrato, falta de trabajo y miseria, frente al absurdo dato de que la macro mejora, como si ese mundo fuera la propiedad de los poderosos, y la micro, el espacio donde las mayorías se encuentran relegadas y sufrientes.
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La situación del Jefe de Gabinete no es más que la metáfora de un escenario en el cual los dogmas, las convicciones, los fanatismos, se imponen a esa realidad que cotidianamente vemos como la de una sociedad de consumo que baja sus niveles mientras los oficialistas celebran logros como la baja del riesgo país invisible a las urgencias de los más vulnerables.
La justicia, esa base institucional que tanto necesitamos, está dominada por jueces que jamás se ocuparon de construir su prestigio y dignidad, para poder con ellas ofrecer a ese poder un destino que le sirviera al conjunto de la sociedad. Jugaron la suya desde el obsceno individualismo que este gobierno impulsa denodadamente. La Corte Suprema nos debe una resolución sobre temas tan esenciales como el presupuesto universitario, tan institucionales como el respeto al voto mayoritario del Parlamento, negado desde el disparate de colocar al presupuesto por encima del destino de la sociedad. Como contracara, los RIGI y las bajas de impuestos a los grandes grupos y a los grandes lujos desnudan la esencia del gobierno actual, que es la imposición del poder económico por sobre el poder político, aquel que debería hacerse cargo del conjunto de la sociedad, su defensa, su destino, su rumbo.
El Presidente intentó un camino pretendidamente original y no encontró, en la humanidad, ningún otro país que asintiera a su propuesta de no defender su producción y disolver su Estado, dos elementos esenciales a una concepción que podemos denominar “colonial”, donde el interés del poder económico prevalece definitivamente sobre las necesidades colectivas.
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Los fanatismos ideológicos, como el marxismo cubano, llevaron a fracasos, a indudables fracasos, pero los fanatismos ideológicos, como un liberalismo sin patria, son un rumbo opuesto y simétrico en su decadencia. No tienen sólo diferencias de fanatismo, sino de resultados.
La baja de la inflación aparejada a la baja del consumo no es un logro económico, sino el resultado del desprecio social de una idea que impone al dinero y a la renta por encima de las necesidades sociales.
El enfrentamiento con el periodismo es sin duda un reflejo de la negación de la realidad. Esa prensa libre que no puede imponerse en ningún país con dictadura, va mostrando lentamente a las claras el autoritarismo que, en nombre de la libertad, Milei y los suyos nos quieren imponer. Los gobiernos militares, todos ellos, plantearon la libertad económica por encima de la política, es decir, los negocios por encima de los hombres; todas las dictaduras se jactaban del mismo rumbo y todas terminaron en parecidos fracasos, con la atroz consecuencia del empobrecimiento de nuestra sociedad.
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Los dos sectarismos vigentes, el del kirchnerismo y el del Gobierno, se deshilachan frente a sus fracasos y a la necesidad de un espacio que ningún autoritarismo puede aceptar, el de la razón, el de la cordura, el de la aceptación del pensamiento ajeno como riqueza de la sociedad y no como su enemigo, el de la riqueza de la duda y del pensamiento crítico, este último tan grotescamente vapuleado por un triste personaje amigo del presidente que se hace llamar filósofo y sólo repite sandeces New Age.
Soy optimista porque considero que en ambos extremos, en ambas sectas, el fracaso los va a obligar a aceptar expresiones, candidaturas, capaces de respetarse y de contener diversidad. Las sectas necesitan de los obsecuentes, y en ese mismo elemento se basa su disolución, su caída, su destrucción. La política se asienta en la diferencia, y esa riqueza de la infinita gama de los grises, es el único camino que nos queda por recorrer, y que, a mi entender, se encontrará en el próximo proceso electoral, donde de un lado y del otro, darán el paso para terminar con la confrontación de enemigos y elegir el único camino lógico que es el de la democracia, la institucionalidad, el republicanismo, la división de poderes, la respetable diferencia entre adversarios.
Los cambios en el mundo pueden ser, esta vez, la palanca necesaria para los cambios en la relación interna de los argentinos.