Conicet, un sistema opaco y desarticulado que merece renovación

Un grupo de investigadores del organismo se reunió para elaborar desde adentro el diagnóstico de un sistema que se viene derrumando al ritmo de la decadencia del país

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Integrantes del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) se reunieron para pensar las necesarias reformas de fondo del organismo

El pasado 28 de mayo, un grupo de destacados investigadores del Conicet se reunió en la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires con el objetivo de evaluar la situación del sistema científico y tecnológico argentino, y pensar alternativas de avance. Lo hicieron en calidad de sujetos involucrados activamente en el sistema para diagnosticarlo desde adentro. No pretendieron representar a todos los científicos ni reclamar presupuesto, programas y empleo público. Hablaron en primera persona y plantearon transformaciones profundas.

Lejos quedó la época dorada de la ciencia argentina y sus dos históricos Nobel. Desde entonces el sistema no ha parado de derrumbarse a escala de la decadencia nacional. El peronismo intervino tres veces el Conicet, el kirchnerismo lo sobredimensionó para usarlo como bandera de militancia y propaganda. Hoy muchos investigadores nos encontramos atrapados en un aparato roto, empobrecido y desacreditado frente a la sociedad. Somos peones de una maquinaria anquilosada y poco eficiente.

La exposición inaugural de la Jornada estuvo a cargo del doctor José M. Bruniard, uno de los ocho directores del Conicet en representación del sector agropecuario, quien habló de sus dificultades para manejarse con un directorio corporativo, negado a avanzar en reformas estructurales. Sus propuestas de transformación son muchas, desde transparentar y diversificar los sistemas de evaluación hasta federalizar los recursos y fortalecer la vinculación público-privada, cosa que para el deep state coniceteano es algo así como venderle el alma al diablo del capital.

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A continuación, el doctor Galo Juan Soler Illia se refirió a un sistema científico-tecnológico fragmentado, desarticulado y desacoplado de la universidad –otro sistema quebrado– y del mundo productivo-empresarial, una ciencia que no encuentra su lugar institucional en el desarrollo estratégico del país, o un país que no se encuentra. Luis Quesada Allue expuso las cifras del derrumbe científico y tecnológico de Argentina. El país pasó de estar en la posición 26 en el ranking de países durante la década del sesenta al puesto 51 en el 2023, superado por todos los países de la región a excepción de Bolivia y Paraguay. El investigador Sebastián F. Cavalitto abordó la cuestión de la vinculación tecnológica y destacó la mejora en los números de facturación y patentamiento durante el último año, sin dejar de observar la necesidad de optimizar las herramientas de transferencia al sector productivo y privado.

Argentina pasó de estar en la posición 26 en el ranking cinetíficio tecnológico durante los años 60 al puesto 51 en el 2023, superado por todos los países de la región a excepción de Bolivia y Paraguay

En el área de humanidades, el doctor Rubén Pereto Rivas criticó la captura ideológica del aparato científico durante los últimos años de populismo, hecho que contrastó con la formación humanista y filosófica. El investigador explicó que las humanidades constituyen el sustrato cultural en el cual florece todo otro conocimiento, desarrollo y producción. Renunciar a ellas es perder de antemano la batalla cultural que nos define como civilización. Por su parte, Héctor Ghiretti partió del principio liberal de la neutralidad del Estado para pasar a historizar la apropiación corporativa y patrimonialista del Estado por el partido político del Estado, el peronismo. La peronización del sistema científico y universitario dió impulso al gremialismo combativo, el clientelismo académico y la implantación de agendas ideológicas.

Constanza Ceruti –quien acaba de obtener un reconocimiento Konex por su trayectoria como primera arqueóloga de alta montaña de toda la historia y descubridora de las momias de Llullaillaco– destacó la importancia del espíritu de exploración y la libertad de pensamiento en la práctica científica, amenazadas por el lastre burocrático del sistema. Guido Galafassi se refirió igualmente a la creciente burocratización, pérdida de libertad y mecanismos de censura encubiertos en las publicaciones científicas nacionales y populares. Por último, Luciano Damián Laise y quien esto escribe expusimos la opacidad del sistema de evaluación del Conicet, a cargo de comisiones designadas a dedo por el directorio. Los criterios de evaluación son difusos, muchas veces no explícitos o puestos ad hoc para favorecer su aplicación discrecional. La confidencialidad de los dictámenes impide comparar resultados o constatar conflicto de intereses.

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El opaco sistema de evaluación del Conicet constituye el pivote de su mecánica de ingresos, promoción, permanencia o expulsión del sistema, hoy controlado por un directorio militante que reproduce de manera endogámica el monopolio corporativo de la producción científica. Al respecto, se propusieron comisiones conformadas por sorteo, criterios de evaluación explícitos e inequívocos, dictámenes públicos de acceso abierto y hasta el uso de la inteligencia artificial para evaluar resultados. Los investigadores coincidieron en la necesidad de desarmar el extractivismo burocrático, desideologizar el Conicet y fijar temáticas prioritarias conforme con las necesidades de desarrollo del país. Se coincidió además en la necesidad de federalizar recursos y proyectos hoy concentrados en el 65% en la ciudad y provincia de Buenos Aires, así como de promover la vinculación tecnológica y fortalecer alianzas con el sector privado productivo a fin de que la investigación científica se traduzca en soluciones concretas.

La Jornada dejó un diagnóstico contundente sobre el estado crítico del sistema y planteó transformaciones profundas

La Jornada dejó un diagnóstico contundente sobre el estado crítico del sistema, pero también sobre el potencial multiplicador de la inversión en ciencia y tecnología. El conocimiento científico y tecnológico es un valor económico que, bien invertido, genera enormes tasas de retorno. Por eso los países desarrollados han asumido la política científica como un motor estratégico de crecimiento. Esa política –que algunos definen como el arte de lo posible en el aquí y ahora– nos incumbe a todos. Se trata de conocer el mundo cada vez mejor, de producir más patentes, de vivir mejor y morir más tarde.

Conocimiento y techné –decían los antiguos– son un bien común. El desarrollo en juego es económico, pero es también, sobre todo, espiritual, moral y civilizatorio. Y en eso contamos con milenios de tradición que nos permiten pensar la humanidad que somos y la que queremos ser.

[La autora es Doctora en Filosofía, Magíster en Estudios de las Mujeres e Investigadora del Conicet]