La nueva América cristiana y el límite al libre mercado

En Washington, miles reafirmaron a Estados Unidos como 'Una Nación bajo el amparo de Dios', destacando el rol de la fe en la política actual

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Un individuo sostiene una pequeña bandera de Estados Unidos durante un evento solemne. La imagen destaca el simbolismo patriótico y el orgullo nacional asociado con la bandera estadounidense. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La nueva derecha norteamericana demuestra que el libre mercado no es una religión sin límites. Una advertencia frente al avance de China y una lección para la Argentina: la oportunidad histórica de equilibrar la balanza entre la libertad económica y las raíces patrióticas.

Hace pocos días, en Washington, Estados Unidos volvió a proclamar una devoción que el consenso progresista intentó encerrar en el ámbito privado: el Dios de los Cristianos. Durante el encuentro Rededicar 250 en el National Mall, miles de personas reafirmaron a la nación norteamericana como “Una Nación bajo el amparo de Dios”. Allí habló el vicepresidente J. D. Vance, figura central de la nueva derecha estadounidense, quien publicará un testimonio sobre su regreso al catolicismo. No fue una postal religiosa; fue una señal de época y un mensaje urgente para la Argentina.

La nueva derecha americana está recordando que la libertad necesita raíces, que la nación es más que un mercado y que el Mundo Libre no puede sostenerse sin alma. En el Foro de Seguridad de Miami, Kevin D. Roberts, presidente de La Fundación Heritage, afirmó que la dignidad de los trabajadores, de los patriotas y de sus familias no puede quedar bajo el imperio absoluto de las leyes del libre mercado, sino bajo la guía de los valores cristianos y el amparo de Dios Nuestro Señor.

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Aquí radica el debate que hoy interpela a la Argentina. Esta corriente defiende la libertad económica, pero sabe que cuando la economía se separa del bien común destruye la comunidad. Este es el límite moral del mercado, un concepto arraigado en los mismos Padres Fundadores.Alexander Hamilton, arquitecto del sistema económico americano, jamás concibió un capitalismo apátrida ni un mercado sin fronteras que destruyera la producción nacional; la economía debía estar al servicio de la soberanía y la independencia de la Nación.

Los Padres Fundadores lo entendían, John Adams lo expresó con una claridad insuperable al afirmar que la Constitución de los Estados Unidos fue hecha “solo para un pueblo moral y religioso”, y que resultaba completamente inadecuada para gobernar a cualquier otro. No hablaba de clericalismo, sino de una verdad política elemental: sin virtud, autocontrol y responsabilidad, la libertad degenera en caos y las instituciones terminan vaciadas desde adentro.

Los Padres Fundadores sabían que la libertad necesita reglas y respeto; si el propio presidente se dedica a romper las herramientas del Estado en lugar de hacerlas funcionar, el sistema se cae y la Nación queda desprotegida.

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Bajo esta premisa, Estados Unidos jamás se habría constituido en potencia mundial sin una estructura estatal sólida e inteligente. Mucho menos podría hacer frente a la amenaza de China. Dado que, al no rendir cuentas ante el voto popular, el Partido Comunista Chino ejecuta planes tecnológicos y militares con una efectividad implacable. Sin embargo, esa frialdad técnica tiene un costo absoluto: la anulación total de la libertad.China es veloz porque es tiránica. Pekín no carga con el lastre democrático ni con el progresismo de lunáticos woke, a quienes considera el mayor ejemplo de la decadencia occidental; ergo, en su territorio esa clase de disidencias o minorías simplemente no existen.

Frente a esta amenaza totalitaria, la respuesta occidental no puede ser la disolución anárquica de sus propias instituciones. La diferencia clave es entre un Estado enorme y asfixiante, y un Estado moderno, eficiente y fuerte en sus funciones esenciales. Un Estado estratégico no desprecia a sus servidores públicos; al contrario, reconoce el valor de sus científicos, médicos y maestros, que sostienen el futuro de la Nación. Del mismo modo, el Occidente libre se fundó sobre la libertad de expresión y el respeto al periodismo, pilares indispensables de las tradiciones constitucionales liberales que ninguna república seria y Occidental puede pretender demoler.

La síntesis de la derecha norteamericana equilibra la economía con la fe, la familia y el trabajo. Esa fuerza muestra el camino para la discusión política argentina, donde todavía falta consolidar una posición firmemente conservadora y patriota. El orden fiscal alcanzado es indispensable, pero la “motosierra” es una herramienta de ordenamiento, no una filosofía práctica de un gobierno anarcocapitalista que busca destruir al Estado “desde adentro”.

La Argentina está ante una oportunidad histórica: equilibrar la balanza. Henry David Thoreau recordó que la conciencia no puede ser reemplazada por una maquinaria impersonal. En una Nación, esa verdad exige cohesión social, responsabilidad patriótica y un poder público que no abandone a los suyos. Si el ajuste económico no se complementa con un escudo moral, corre el riesgo de descargar su peso sobre jubilados, desempleados y personas con discapacidad; también sobre soldados, policías y gendarmes, reserva moral de la Patria. Una nación fuerte requiere de un pueblo fuerte que la defienda.

El rumbo de alineamiento con los Estados Unidos es correcto, pero debe profundizarse sin ambigüedades comerciales, militares ni tecnológicas, evitando que China destruya nuestras industrias o financie la política argentina. Desde Alaska hasta Tierra del Fuego, nuestro continente posee una matriz común de valores: Dios, Patria y Familia. Como pilares de nuestras culturas.

Cuando J. D. Vance habla de su regreso a la fe como un “volver a casa”, señala un camino para Occidente. Una política que se pretenda parte del Mundo Libre, pero olvide los valores cristianos y el amor a la Patria, corre el riesgo de convertirse en una mera soberbia infinita. Frente a la tiranía planificada de Pekín y el vacío moral del progresismo radical, el Occidente Libre solo sobrevivirá si vuelve a ponerse de pie sobre su roca fundacional. ¿Quién como Dios?