En una sociedad fracasada y con un pensamiento atomizado, encontramos dos visiones muy nítidas. En primer lugar, la del Gobierno y sus obsecuentes, basada en la idea de que los ricos no tienen por qué hacerse cargo del resto de la sociedad.
Quizás lo más representativo de esta atroz e injusta patraña haya sido el intento de la jubilación privada, aquella división de la sociedad donde los ricos no debían encargarse de los pobres en absolutamente nada; no solo vivían en barrios privados, sino que sus intereses los mantenían separados del resto.
La otra visión es la de volver a aquel pasado digno, el de la integración social, aquel pasado sin caídos. La insensatez de suponer que todo retorno al pasado es negativo se funda en la ignorancia y en la perversión de aquellos que, de tanto viajar a Miami, se apropiaron de la visión estadounidense del mundo, según la cual, la asombrosa desmesura de los ricos no tiene relación alguna con la destrucción de los pobres y la persecución de los inmigrantes. En rigor, los triunfadores no deben involucrarse en lo que les sucede a los derrotados, más aún, pueden disfrutar del hecho de haber logrado vencerlos y sojuzgarlos.
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Insisto siempre en que nos parecíamos al modelo europeo hasta que el delincuente de Martínez de Hoz inventó el sistema bancario para destruir industrias y fugar riquezas, tarea que completó Carlos Menem al vender los bienes del Estado para generar la nueva burguesía usurpadora que se apropió de lo que nos pertenecía a todos. Se revirtió así el proceso histórico de distribución de la riqueza y de concentración de poder en el Estado.
Escuché atentamente el diálogo entre Carlos Pagni y Andres Malamud, y me pareció francamente pobre la idea del politólogo de que el conflicto se produce entre el interior y el AMBA, cuando el tema esencial de la Argentina es uno solo y se llama “distribución de la riqueza”. Además, según Malamud, Milei viene a completar la economía de Alfonsín; por el contrario, yo opino que vino a completar la economía de Videla.
Las grandes empresas -lo reiteramos hasta el cansancio- no derraman. El petróleo, la minería, el gas, resolverán el problema de los exportadores, el RIGI será el descuento de impuesto a los poderosos extranjeros. Estamos ante una limitación mental de algunos mediocres que ni siquiera conocen cómo actúa el resto de los países en referencia a este tema.
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La caída de la imagen del Gobierno -ya el rechazo duplica a la adhesión- moviliza al arco opositor, dando lugar a la aparición de la “asociación de burócratas unidos”, individuos que se apropiaron del Partido Justicialista en la época de Menem, aplaudiendo todo lo que el menemismo llevaba a cabo, y más adelante, lo mismo hicieron con todas las medidas impulsadas por el Kirchnerismo. Ahora amoldan su pensamiento festejando a Milei y tomando como eje el superávit presupuestario, como si con ese principio pudiéramos entrar en la modernidad de la ideología.
La baja de la inflación y la estabilidad de la moneda pueden ser buenas compañeras de las miserias de un pueblo, como en efecto lo son en más de un caso. Pero con inclusión de las mayorías, no expulsándolas y dejándolas libradas a la buena de Dios. Es que la economía no puede sustituir a la política. Es la política la que está obligada a organizar una sociedad que ofrezca empleo para todos sus habitantes y distribuya la riqueza. En ese sentido, la actual destrucción de la industria y el comercio implica la expulsión y caída en la miseria de más del 40% de nuestra sociedad, es decir, los más vulnerables, solo a cambio de la enfermiza codicia de algunos personajes muy menores que inventaron sistemas políticos indignos de ser respetados.
El gran problema de nuestra sociedad es el indispensable retorno de la verdadera política, la que venga a diagramar un país para todos. Si no, quedaremos en manos de los empresarios que siguen desplegando un país a su imagen y semejanza, su país. Hasta el momento, aparecen grupos de burócratas buscando sobrevivir a sus cargos, y la política no asoma en ninguna de sus especies. Quizás sea Kicillof, en su intento de confrontación con el Presidente, la única expresión política en juego. Si el gobernador de la provincia de Buenos Aires logra sacarse de encima a algunas cargas de corrupción y sectarismo y se acerca a expresiones íntegras de otras fuerzas políticas, podrá convertirse sin duda en una propuesta real para el futuro. Cuando señalo esta condición, me refiero, por ejemplo, a los que se juntaron en Parque Norte, aquellos que diciéndose de centro, no son más que burócratas.
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Quienes adhieren al presente político y económico de Milei emplean expresiones como “nueva era”, “signos epocales”, “posmodernidad”, “post verdad”, “fake news”, “cambio de paradigma”, entre otras, para presentar su fe como inherente a la lógica del progreso. En realidad, esos modismos sirven para ocultar lo de fondo, la idea de que el poder económico se imponga sobre el poder político, y así, un país para pocos se instale sin sentir culpa de las miserias que genera y de la población que expulsa.
La inexistencia de la construcción es altamente demostrativa de esta realidad. En una sociedad que progresaba, el sueño de la casa propia estaba instalado entre las clases medias y trabajadoras mientras que hoy solo viven la pesadilla del alquiler imposible de pagar, con el consiguiente desalojo y en muchos casos, con familias enteras viviendo en la calle. Pero como al Presidente estas cuestiones le resultan nimias, no le conciernen pues solo pueden ser resueltas por los individuos, viaja a juntarse con un estafador norteamericano indultado por Trump dejando a su hermana a cargo del escándalo Adorni, cuyas revelaciones cotidianas ya empiezan a indignar a una parte del 5% del periodismo “no basura ni ensobrado”, en términos de Milei, que él rescataba para sí creyéndolo -y no le faltaba razón- incondicional. Sin embargo, todo encuentra su límite.