La escuela no puede arreglar lo que los adultos rompemos

Situaciones críticas en el ámbito escolar suelen ser síntoma de problemáticas que se originan o se agravan fuera del sistema educativo

“Mañana tiroteo”: aparecieron amenazas en colegios de al menos cinco provincias e investigan si se trata de un reto de Tik Tok

La semana termina con una noticia que vuelve a encender una alarma: un reto viral que incentiva amenazas de tiroteos en escuelas. Otra vez el miedo, la angustia y la pregunta inmediata de siempre: ¿qué está pasando en las escuelas?

Tal vez la pregunta esté mal formulada. Tal vez deberíamos preguntarnos qué está pasando en la sociedad y en nuestras casas.

Cada vez que aparece un hecho grave, buena parte de los adultos reaccionamos igual: miramos a la escuela como si fuera la única responsable. Le exigimos que contenga, eduque, detecte problemas emocionales, ponga límites, enseñe valores, frene la violencia, controle lo que pasa en redes sociales y repare, en pocas horas, aquello que muchas veces no estamos pudiendo ordenar en el resto del día.

Read more!

¿De verdad creemos que todo eso puede hacerlo sola?

Además, el contexto cambió de manera radical. Hoy chicos y adolescentes acceden cada vez más temprano a teléfonos celulares y pasan varias horas por día frente a pantallas. Distintos estudios internacionales advierten sobre el crecimiento del uso intensivo de redes sociales, la exposición temprana a contenidos violentos y el aumento de cuadros de ansiedad, aislamiento y dificultades para regular emociones en edades cada vez más bajas.

¿Quién supervisa lo que consumen nuestros hijos durante horas en internet? ¿Quién conversa con ellos sobre lo que ven? ¿Quién pone límites cuando el algoritmo ocupa el lugar de la palabra adulta?

Es cierto, hay una realidad material que no puede ignorarse. La situación económica nos lleva como familias a que tengamos que trabajar más horas, sumar empleos o vivir atravesados por la preocupación cotidiana de llegar a fin de mes. Esa presión reduce tiempos, desgasta energías y muchas veces achica el espacio de encuentro familiar. No se trata de culpas individuales: hay condiciones sociales que impactan de lleno en la crianza.

Sin embargo, tenemos que hacernos una pregunta incómoda: ¿a qué mandamos a nuestros hijos al colegio? ¿A aprender y formarse? ¿O a que estén cuidados mientras trabajamos y seguimos con nuestras rutinas? ¿Pensamos la escuela como una institución educativa o como un espacio de guardado con horario extendido?

Porque según cómo respondamos eso, también definimos cómo miramos a los docentes. Si creemos que la escuela sólo debe contener, entonces cualquier adulto “cuida chicos”. Si creemos que la escuela forma personas, transmite conocimiento y abre oportunidades, entonces la tarea docente merece respeto, jerarquía y reconocimiento social.

Hay una hipocresía que deberíamos animarnos a discutir. Nos preocupa que nuestros hijos no lean, pero en casa casi no nos ven leer. Nos alarma su dependencia al celular, pero muchas veces se los damos desde muy chicos para resolver silencios, berrinches o falta de tiempo. Exigimos límites en la escuela, mientras en casa los límites se negocian o directamente desaparecen.

Nada de esto significa desligar responsabilidades públicas, de ninguna manera. El Estado tiene obligaciones indelegables: mejorar infraestructura, fortalecer equipos de orientación escolar, acompañar a docentes y directivos, intervenir ante conflictos, articular con salud mental y garantizar condiciones seguras para enseñar y aprender. Hay mucho por mejorar y no alcanza con diagnosticar.

Pero tampoco alcanza con señalar a la escuela cada vez que algo falla.

Lo digo también como madre de una nena en edad escolar: educar no puede tercerizarse por completo. La escuela acompaña, enseña y ordena. Pero la primera referencia adulta sigue estando en casa.

Defender a la escuela también es no exigirle milagros. Es reconocer la enorme tarea de sus docentes y trabajadores, respaldarla con políticas públicas serias y asumir, como sociedad, la parte que a cada uno le corresponde.

La escuela no puede sola. Pero sin la escuela tampoco se puede.

Read more!