Todos intervienen, nadie responde

La tercerización de la responsabilidad en salud pública genera circuitos donde las decisiones se diluyen y nadie asume consecuencias.

La bioética clínica exige que las decisiones de cobertura médica cuenten con respaldo probatorio y responsables claramente identificados. (REUTERS/Lisi Niesner)

En nuestras sociedades, la irresponsabilidad ya no suele presentarse como negligencia ni como arbitrariedad. Adoptó una forma más sofisticada, más difícil de detectar y, por eso mismo, más peligrosa. Se trata de la tercerización de la responsabilidad. Hoy, la intervención se multiplica, pero el sujeto decisor se diluye.El médico sigue el protocolo. El funcionario aplica la norma. El comité emite recomendaciones. El algoritmo clasifica. El organismo internacional fija lineamientos. Cada actor cumple una función dentro de una arquitectura institucional cada vez más compleja. Y, sin embargo, cuando el resultado es éticamente problemático, cuando alguien queda desprotegido, cuando una decisión produce daño o cuando una vida se reduce a un procedimiento, aparece la pregunta decisiva, ¿quién responde?La escena no es excepcional. Ocurre todos los días.

Un paciente con una enfermedad poco frecuente solicita la cobertura de una intervención de altísimo costo, pero con evidencia preliminar, eficacia no probada o carácter experimental. El problema ético no consiste en negar sin más esa cobertura ni en suponer que toda innovación debe financiarse por el solo hecho de existir. Muchas veces, la prudencia clínica y la justicia distributiva exigen lo contrario. El problema aparece cuando una decisión de esa magnitud, sea para aprobar, rechazar, limitar o diferir, se diluye en una cadena de derivaciones donde el médico remite al comité, el comité a la auditoría, la auditoría al financiador, el financiador a la norma y la autoridad pública al marco regulatorio. Todos invocan razones atendibles, pero nadie asume, de manera clara y argumentada, la responsabilidad final por la decisión adoptada, sus fundamentos y sus consecuencias.En bioética clínica y en política sanitaria, ni toda demanda debe ser satisfecha ni toda negativa es injusta. Lo fundamental es que decisiones de semejante gravedad estén sustentadas en un robusto respaldo probatorio, criterios públicos, proporcionalidad distributiva y responsabilidad identificable.

Pero tampoco sería éticamente aceptable la situación inversa. Que, existiendo evidencia suficiente, indicación clínica fundada y obligación prestacional razonable, la cobertura sea demorada, parcializada o negada mediante derivaciones interminables entre auditorías, financiadores, comités y marcos regulatorios. La tercerización aquí funciona como coartada para incumplir deberes asistenciales claros cuando sí corresponde responder. El problema, entonces, no es estar a favor o en contra de las coberturas en abstracto, sino exigir que tanto la aprobación como el rechazo estén debidamente fundados y sean asumidos por sujetos responsables.Algo similar ocurre con los algoritmos en procesos clínicos y administrativos. Un sistema prioriza pacientes, estima riesgos o sugiere conductas. El profesional confía en la herramienta. La institución valida el procedimiento. La empresa proveedora se ampara en la robustez estadística del modelo. El resultado, entonces, aparece como producto de un sistema y no de una decisión humana situada. Pero la técnica nunca elimina la responsabilidad. En el mejor de los casos, la redistribuye. En el peor, la oculta.

Read more!

Lo mismo sucede con el consentimiento informado, una herramienta indispensable para resguardar la autonomía del paciente y evitar paternalismos abusivos. Pero cuando se lo reduce a una firma o a una validación formal, puede dejar de ser una garantía ética para convertirse en un blindaje institucional frente a futuras impugnaciones. El problema no es el consentimiento, sino su vaciamiento.Conviene ser claros en este punto. Los protocolos, las normas y las recomendaciones no son el problema. Por el contrario, son condiciones indispensables de toda práctica seria, especialmente en ámbitos tan sensibles como la salud pública, la bioética o la administración estatal. Ordenan la acción, reducen arbitrariedades, fijan estándares, permiten control, dan previsibilidad y hacen posible la trazabilidad institucional. Sin ellos, la discrecionalidad sería aún más peligrosa.

Pero una cosa es orientar la acción y otra, muy distinta, sustituir al sujeto responsable.Un protocolo no delibera. Una norma no pondera por sí sola. Una recomendación no asume consecuencias. Siempre hay una persona, una autoridad o una cadena concreta de decisión que interpreta, aplica o ajusta esas herramientas. El problema comienza cuando el procedimiento, en lugar de estructurar la responsabilidad, es invocado como excusa para diluirla.

Hannah Arendt advirtió que uno de los mayores peligros de los sistemas impersonales reside en la suspensión del juicio bajo la lógica del cumplimiento. Hoy ese fenómeno ya no se presenta sólo como obediencia, sino como derivación permanente. Ya no se dice simplemente “cumplía órdenes”, sino “seguí el protocolo”, “apliqué la guía”, “me atuve a la recomendación”, “el sistema lo indicó”. La forma cambió, pero el vaciamiento moral persiste. Hans Jonas, por su parte, advirtió que, a mayor poder técnico y organizacional, mayor debe ser la responsabilidad que asumamos por sus efectos. Al disponer de más tecnología, más evidencia y más capacidad de intervención, no podemos permitirnos una ética más débil. Sin embargo, frecuentemente ocurre lo contrario. A mayor sofisticación del sistema, mayor facilidad para evadir la responsabilidad personal e institucional.

La tercerización de la responsabilidad produce así un efecto grave. Despersonaliza el daño. El daño existe, pero ya no tiene autor reconocible. Todos intervinieron, pero nadie parece haber decidido. Y cuando nadie aparece como responsable, la arquitectura institucional deja de ser una garantía de justicia para convertirse en un circuito de inmunidades recíprocas.Frente a esto, la respuesta no consiste en debilitar protocolos, normas o recomendaciones, sino en devolverles su función correcta. Deben servir para hacer la acción más racional, controlable y justa, y no para ofrecer refugio frente al deber de responder.

Aquí es donde la ética del Límite aporta algo concreto.Primero, exige trazabilidad decisional. En cada instancia crítica debe quedar claro quién decide, quién recomienda, quién ejecuta y con qué fundamentos. No para suprimir la complejidad institucional, sino para impedir que esa complejidad se convierta en coartada.Segundo, establece un principio de no absorción de la responsabilidad por el procedimiento. Cumplir una norma o seguir un protocolo es relevante, pero no exonera automáticamente del deber de justificar por qué esa aplicación fue correcta en ese caso, con esa persona y bajo esas circunstancias.

Tercero, propone una jerarquización prudencial de instrumentos. Las normas y los protocolos orientan. Los comités asesoran. Los algoritmos asisten. Pero la responsabilidad final, sobre todo cuando están en juego la vida, la dignidad, la integridad o la vulnerabilidad, debe permanecer en un sujeto individual o institucional claramente identificable.Cuarto, exige instancias legítimas de objeción y revisión. Un sistema sano no es aquel en el cual todos obedecen automáticamente, sino donde existen canales institucionales para advertir que la aplicación mecánica de una regla puede producir un resultado éticamente insuficiente o injusto.Quinto, impone un criterio de proporcionalidad entre poder y responsabilidad. Cuanto mayor es la capacidad técnica, normativa o institucional de intervenir sobre otros, mayor es la obligación de responder por las consecuencias.

En definitiva, el problema no es que existan demasiadas normas, protocolos o recomendaciones, sino que muchas veces se los invoca como si cerraran por sí mismos la cuestión ética, cuando en realidad sólo la encuadran. Son marcos necesarios, pero no sustitutos del juicio, de la prudencia ni de la responsabilidad.Una sociedad madura no es la que renuncia a institucionalizar sus decisiones. Es la que evita que esa institucionalización derive en anonimato moral.Porque, al final, la pregunta decisiva no es sólo qué protocolo se siguió, qué norma se aplicó o qué recomendación se invocó. La pregunta es más simple, incómoda y exigente. ¿Quién responde por lo decidido?

Read more!