El debate público argentino no solo está atravesado por cuestiones conceptuales sino también por enardecidas rencillas personales. Una de ellas es la que enfrenta a Javier Milei con Diego Giacomini, uno de los mejores amigos que el Presidente tuvo en su vida, y con el que ahora está peleado a muerte. Giacomini y Milei escribieron varios libros juntos sobre economía libertaria, además de compartir la pasión por Boca Juniors y los Rolling Stones. Altri tempi.
Ahora, Giacomini es uno de los críticos más persistentes y provocativos del enfoque económico oficial. Esta semana habrá sonreído en su intimidad por un triunfo claro: hace doce meses, cuando el Gobierno celebraba que había domado la inflación –tamaña ingenuidad-, él pronosticó que la curva inflacionaria tendría forma de “u”. Es decir, que caería un poco más y después rebotaría. Dos meses después, efectivamente, la inflación cayó al 1,5. Desde entonces, no dejó de subir hasta el 3,1 que, bien medida, es la del mes pasado. El análisis técnico de Giacomini fue, esta vez, más preciso que el de todo el equipo económico, incluido su examigo, el Presidente de la Nación.
Más allá de estos detalles anecdóticos, el dato de inflación que se conoció el jueves revela, finalmente, que el Gobierno ha entrado en el mismo laberinto que todos sus antecesores desde 2007: el regreso de una inflación alta, persistente y crónica, que requiere de un plan consistente para reducirla. Los datos son contundentes. En octubre del 2024, hace 17 meses, la inflación fue menor a la de febrero de 2026. Desde entonces, salvo un par de meses, la velocidad del aumento de precios siempre merodea el 2,5 por ciento. Si se toma el último cuatrimestre, supera por varias décimas ese número. La inflación núcleo es de 3,1. Además, todas las consultoras calculan que en marzo volverá a subir, lo que acentuará la forma de “u” que anticipaba Giacomini. Ni el Gobierno se atreve a desmentirlas. Encima, todo este proceso es previo al golpe que recibirán las economías del mundo por la suba vertical del precio de la energía.
La resiliencia del fenómeno inflacionario representa un desafío tremendo para el Gobierno. En principio, porque la principal fortaleza de Milei era su capacidad para controlar el aumento de precios. En un momento pareció que ese proceso seguiría un recorrido lineal hacia abajo hasta que se estabilizara a niveles internacionales: 2,5 anual en lugar de 3,1 mensual. El Presidente fantaseaba en esos tiempos con el premio Nobel. Mucha gente creía que, efectivamente, Luis Caputo era el mejor ministro de la historia universal. Pero este proceso se interrumpió primero y se revirtió después. Milei y Caputo empiezan a parecerse a dos personas normales, con virtudes y limitaciones, que batallan como pueden, y últimamente pierden mal, frente a la tendencia inflacionaria argentina.
En el centro de la historia hay una teoría, la suya, que exhibe límites muy evidentes: esa idea tan sencillita de que la inflación es “siempre y en todo momento un fenómeno monetario”. En realidad, el Presidente ha empezado a admitir ese error conceptual que ha sido la piedra basal de su identidad como economista y, también, como persona. Esta semana, explicó que la inflación persiste porque en las elecciones había riesgo kuka, o porque en febrero hay movimientos estacionales de precios, o dice que puede proyectarse por los efectos de la guerra. Pero, ¿no era que si la cantidad de dinero se mantenía fija no había motivos para que los precios subieran? ¿No era que si subía el precio del petróleo, o de la carne, la gente compensaría gastando menos en otras cosas y entonces la inflación no se movería?
Algunos movimientos de estos días confirman que el Gobierno admite su derrota teórica, más allá de lo que digan en las entrevistas. Por ejemplo, ante el desafío energético, Milei y Caputo decidieron regular el precio de las naftas mediante la suba de retenciones a la exportación de energía. ¿Retenciones? Sí, retenciones. El viejo Milei diría que es un paso hacia el comunismo. Pero además, el precio de las naftas se regula gracias a que la Argentina cuenta con una poderosa empresa petrolera estatal. Eso no sería posible si en 2012, los comunistas Cristina Kirchner y Axel Kicillof no hubieran estatizado YPF. Esos dos detalles –la suba de retenciones y el rol de la YPF estatal- son todo un desafío al sentido común que domina el debate económico argentino. Mecanismos demonizados por la ortodoxia más dogmática ahora se revelan imprescindibles para evitar una estampida.
Sea como fuere, la inflación está ahí y requiere un diagnóstico fino y un tratamiento acorde. Giacomini, el viejo amigo de Milei, sostendrá que el problema de fondo es que el Gobierno no reconoce que emite a lo pavote. O sea, que la inflación es siempre monetaria, solo que Milei hizo un ajuste fake. Si fuera así, el Gobierno debería ajustar de nuevo su gasto, con las consecuencias sociales previsibles. En cambio, si lo que falla es la teoría de la inflación monetaria, Milei y Caputo deberán repensar todo su esquema. Domingo Cavallo, que ha acertado gran parte de sus pronósticos, recomienda sincerar rápido el tipo de cambio y eliminar completamente los subsidios. Milei no lo hará, entre otras razones, porque no es el presidente fresco, novedoso y combativo de diciembre de 2023, que arremetía contra lo que fuere sin temor a los costos: ahora le preocupa perder puntos de su imagen, que ha vuelto a sufrir los efectos de la crisis.
Encima de todo, la inflación alta y creciente de la Argentina está sostenida por un andamiaje que genera caída del consumo, cierre de empresas y comercios, crecimiento inédito del endeudamiento y la morosidad. Ese andamiaje se compone de anclas múltiples: ancla salarial, ancla vía altas tasas de interés, ancla por ingreso de productos importados, ancla por eliminación total de la obra pública, ancla cambiaria. Si se movieran el dólar, o los salarios, o se limitara la importación para que no mueran tantas empresas, o si arrancara la obra pública, tal vez se aliviaría un poco el parate, pero subiría más la inflación, al menos en el corto plazo. Los dramáticos dilemas de siempre de todos los equipos económicos: si quieren menos inflación chocan la actividad, si quieren más actividad aumentan la inflación. Sobre un esquema ya muy dañado, ese dilema no tiene soluciones sencillas.
Sobre el fondo de esos problemas tan delicados, el Gobierno suma otros que, si la historia reciente enseña algo, tarde o temprano tendrán un costo relevante para su imagen, y tal vez también para el futuro personal de sus líderes. El escándalo que rodeó los viajes de Manuel Adorni a Nueva York y a Punta del Este ofrece un flanco tremendo. Uno de los voceros más rimbombantes de la lucha contra la casta sube a su mujer al avión presidencial, viaja en avión privado, tiene recursos suficientes pero no declarados para comprar pasajes en business. La comitiva de funcionarios se aloja en hoteles carísimos. Encima, en lugar de explicar algo de todo esto, el Gobierno reacciona con un comportamiento de secta. “Estamos con vos Manuel”. Muy conmovedor. ¿Y las explicaciones?
Hay algo gracioso, por decirlo de alguna manera, en el funcionamiento de las teorías conspirativas. En sus descargos, Adorni explicó que lo atacan porque no toleran que el país esté cambiando para siempre. El sujeto tácito seguramente refiere a “los kukas” o “los kukitas”, como escribió Daniel Parisini en su tuit solidario. Se ve que los kirchneristas tienen un talento de otro planeta. Hicieron que Adorni escribiera tuits donde repudiaba a quienes andaban en aviones privados y pronunciara discursos donde presumía porque los funcionarios de Milei jamás subirían a familiares a aviones oficiales. Luego los kirchneristas lograron que el propio presidente Milei firmara decretos prohibiendo el traslado de familiares y alardeara que ellos son distintos porque viajaban a vuelos de líneas. Para rematarla, los conspiradores lograron que Adorni pidiera que su mujer subiera al Tango O1, que Milei lo aceptara, que antes Adorni subiera a su familia a un avión privado para pasar unos días en Punta, que confesara todo en un reportaje televisivo y después que todo el Gobierno lo defendiera. Es raro que los conspiradores hayan hecho tan mal Gobierno, si estas cosas las hacen tan bien.
Y sobre todo ese ruido, la semana termina con las revelaciones de los numerosos contactos telefónicos que habría existido entre Mauricio Novelli, el hombre clave de la estafa conocida como Caso $Libra, con el presidente Milei, con la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y con el asesor estrella, Santiago Caputo, en las horas que rodearon el lanzamiento de la criptomoneda. Hasta el momento del cierre de esta nota, el Gobierno estaba paralizado. Ni un solo comentario para explicar de qué habrían hablado Milei y Novelli dos minutos antes de que el Presidente escribiera ese tuit que fue clave para el negocio, y dos minutos después, nuevamente. ¿También todo eso lo hicieron los “kukitas”? ¿Qué dice del Gobierno libertario la suma de todos estos hechos: hoteles lujosos, viajes de familiares, avión privado, gastos difíciles de explicar, caso Libra?
De todos modos, en el centro de toda esta historia está la economía. Dado su acierto anterior, es interesante saber qué cree Giacomini que ocurrirá en los próximos meses. “En el ADN de Javier Milei está priorizar la inflación por sobre el nivel de actividad. Por eso, el gobierno está haciendo política monetaria contractiva hace ya 8 meses. El plan es sacar pesos para que el dólar siga artificialmente bajo, la recesión se acreciente y así la inflación baja “algo”. Si eso ocurre, será transitorio de nuevo, y se gestará otra “U” a futuro. Usar el tipo de cambio para bajar la inflación es un error intelectual en Argentina.”
El Presidente sostiene, en cambio, que los precios subirán cero coma algo en agosto. El ministro Caputo lo pospone a octubre. Cuando parece más cerca, es cuando se aleja más.
La lucha continúa.