La firma del Acuerdo UE-Mercosur en Asunción el pasado 17 de enero constituyó la culminación de un inaudito proceso de negociación de 26 años que solo puede explicarse por un trastorno denominado aboulomanía definido por el diccionario como una indecisión patológica característico de las burocracias y de políticos trasnochados. En ese extenso lapso el comercio internacional sufrió importantes cambios por la irrupción de China después de su adhesión a la OMC en el 2001 cuyas consecuencias parecieran no haber influido para acelerar los tiempos de negociación.
La euforia sobre los beneficios del comercio internacional después de los Acuerdos de Marrakech en 1995 que dieron origen a la OMC brindó un escenario propicio para el acercamiento entre ambos bloques a pesar de que ambas partes conocían de antemano las dificultades para la liberalización del comercio agrícola. El Acuerdo sobre la Agricultura enfrentó una fuerte resistencia de la Unión Europea y Estados Unidos por la escasa disposición a disminuir sus subsidios al sector, pero también de países en desarrollo que se excusaban en la necesidad de proteger a su población agrícola y garantizar la seguridad alimenticia. Si bien el Acuerdo incluyó como concesión a los países exportadores una cláusula para reabrirlo después de cinco años, llegado el momento no se pudo avanzar por la negativa para una mayor apertura de los mercados sosteniendo que el sector agrícola tenía características especiales que lo diferenciaban de los bienes industriales. En esos años también comenzó la retórica del desarrollo sostenido y las implicancias del cambio climático.
Las exportaciones del Mercosur a la UE fueron 22.039 millones en el 2001 y 64.007 millones en 2024 representando un crecimiento de 190% mientras que las exportaciones extrazona de los cuatro países miembros pasaron de 71.174 a 388.854 millones, lo que implica un aumento del 446% en el mismo período reflejando la pérdida de importancia del mercado europeo ante la aparición de la demanda de Asia como alternativa. En paralelo las importaciones provenientes de la UE pasaron de 24.491 a 63.570 millones cayendo su participación en el total extrazona del 35% al 21%. En el mismo período las importaciones desde China saltaron de la cifra insignificante de 3237 millones en el 2001 a 85.872 millones en el 2024. La participación de China en las exportaciones e importaciones extrazona del Mercosur en el 2024 fue de 27 y 28% respectivamente. Europa quedó lejos.
El surgimiento de Asia implicó un cambio medular en la inserción de los cuatro países miembros del Mercosur en el comercio internacional como reflejan los datos. En cambio, la Unión Europea fue perdiendo la importancia relativa que siempre mantuvo con esta región por razones económicas, pero también históricas que facilitaban los contactos entre los sectores productivos. La UE constaba de 15 miembros en el 2000; cuatro años más tarde incorporó diez países, ocho de los cuales correspondían a Europa Central y Oriental poniendo fin a la división creada después de II Guerra Mundial. La incertidumbre actuó como un factor diletante para hacer frente a la nueva situación internacional y fortalecer los vínculos con otras regiones para evitar el desplazamiento relativo de los últimos años.
Las discordancias europeas sobre la ratificación del Acuerdo con el Mercosur no hacen más que confirmar la falta de liderazgo para asumir un papel protagónico en un momento donde existe gran incertidumbre por la posibilidad de restablecer el sistema multilateral. Cuando los legisladores de la UE manifiestan sus dudas escudándose en la necesidad de proteger la agricultura, la que solo representa el 1,3% del PBI, están mirando por el retrovisor como si el mundo fuera el mismo de hace 30 años. Están dejando el campo libre para que el Mercosur continúe acercándose a Asia olvidándose de ese mundo arrobado todavía en sus nostálgicas catedrales del pasado.