La inteligencia artificial ya es parte de la vida escolar cotidiana. Los docentes sabemos que los estudiantes buscan información, elaboran algún trabajo práctico o resuelven alguna problemática con el ChatGPT o herramientas afines para cumplir con la tarea. Y “copian y pegan” sin evaluar los riesgos de errores, con un aprendizaje superficial, con bajo pensamiento crítico y, sobre todo, con cierta deshonestidad académica.
Esto lleva a una pregunta ineludible: ¿cómo hacemos para que la IA sirva para enseñar y aprender en la escuela y no que la escuela se convierta en una fábrica de usuarios tecnológicos automatizados?
No se trata de rechazar ni temer a la tecnología, sino de convertir esa intención en una práctica cotidiana. Una hoja de ruta posible podría ser:
- Alfabetización en IA desde la escuela primaria: enseñar cómo indagar y verificar fuentes para lograr estudiantes que se apropien de su uso y sean críticos y creadores responsables.
- Formación y capacitación docente masiva y práctica: los profesionales de la educación deben dominar los usos pedagógicos: diseño de actividades, de la planificación y de la evaluación, análisis de errores y, también, saber cuándo utilizar o rechazar una herramienta. La inversión en capacitación docente es la llave para que la IA sea aliada y no sustituto del saber escolar.
- Rediseño de evaluaciones centradas en procesos: incorporar rúbricas que ponderen la capacidad de formular preguntas, de justificar decisiones, de contrastar fuentes y producir metacognición. Se trata de evaluar qué decisiones tomó el estudiante frente a las respuestas de la IA.
- Acceso equitativo: son necesarias políticas inclusivas de conectividad y acceso a dispositivos por parte de toda la población estudiantil, no sólo de aquellos que tienen los medios. Sin ese paso, la IA profundiza desigualdades.
- Herramientas confiables: privilegiar plataformas que permitan adecuaciones curriculares y que complementen los objetivos institucionales, evitando lógicas ajenas al proyecto educativo.
- Evaluación justa: ya no alcanza con preguntar si un alumno copió o no copió un texto, debemos valorar las decisiones que tomó el estudiante frente a la IA: qué seleccionó, cómo reformuló, qué procesos de verificación activó y cómo integró la respuesta en su propio pensamiento; en definitiva: ¿se apropió del contenido propuesto?
- Promover una cultura institucional que promueva prácticas colaborativas entre pares, con citación de fuentes, con herramientas que amplíen la diversidad de voces y con tareas que demanden la evidencia de los procesos de su elaboración. La honestidad se construye en prácticas escolares que hacen visible el pensamiento.
En definitiva, usar la IA a favor del sistema educativo; está buena porque libera tiempo, pero también es necesario que estimule la curiosidad, la construcción colectiva de sentido y que enseñe a cuestionar, a contrastar, a decidir y a crear. Y, a su vez, es muy interesante porque, sabiendo usarla, aliviana la tarea de maestros y profesores con tutorías personalizadas, aprendizaje adaptativo para estudiantes con barreras de aprendizajes y también trae alivio en tareas burocráticas y administrativas que consumen tiempo.
La oportunidad está. La responsabilidad es nuestra estableciendo reglas claras. Hacerlo es más que optimizar un recurso, es asegurar que la escuela siga siendo el lugar donde la libertad intelectual y el cuidado mutuo formen sujetos capaces de pensar por sí mismos. Esa debería ser la ambición pedagógica detrás de toda política de IA en las escuelas.