Hasta hace unas décadas, la filosofía era un campo destinado para un selecto grupo académico cerrado al que se accedía en la escuela o en la universidad. Sin embargo, algunos años atrás, nuevos pensadores comenzaron a ocupar este espacio.
Deepak Chopra, Osho y Paulo Coelho fueron algunos de los más demandados en el mundo por un público que recurría a ellos para comprender y enfrentar conflictos cotidianos. Sus libros batían récords y fueron best sellers y ganaron éxito en tiempos en que nada parecía brindar las respuestas que las personas buscaban. Las consultas que antes se hacían a los curas en las confesiones y, más tarde, a los psicólogos en el diván, intentaron responderlas estos “filósofos de café”. Quizás este cambio se deba a que todos pregonan las mismas ideas: el amor, la amistad y la compasión como una forma de encontrar y mejorar nuestro lugar en el mundo a través de consejos simples para mejorar la vida diaria.
Pero ¿qué es lo que ha sucedido en ese tiempo para provocar este giro copernicano? ¿Por qué consultar a los gurúes de la felicidad acerca de los laberintos oscuros llenos de demonios?
Históricamente, la filosofía fue asociada con la inutilidad. Sin embargo, muchos autores no creen que la filosofía pueda definirse como una “actividad para ociosos”, ya que su importancia y prestigio radica en su falta de utilidad, al hecho de que no está centrada en un fin a conseguir, sino que deja ir al pensar según su propia dinámica; pero no excluye que los resultados de ese saber puedan ser extraordinariamente útiles por sus implicaciones.
La (verdadera) filosofía nos invita a enlazarnos al mundo a través del lenguaje, a reflexionar sobre lo que decimos y darle una vuelta, a ajustar los términos para que todo resulte más claro y nos ayuda a desmoronar ciertas construcciones y, así, de esta manera, cuestionar con argumentación y con el análisis de las palabras ciertas prácticas, poniendo en cuestión viejos juicios de valor o ciertas tradiciones. Tal como dice Badi, “la filosofía no es en absoluto la reflexión sobre cualquier cosa; hay filosofía, puede haber filosofía, porque hay relaciones paradójicas, porque hay rupturas, porque hay decisiones, distancias y acontecimientos”.
En definitiva, la filosofía nos ayuda a plantear que no hay una única visión de la realidad. Por eso, no dejemos que esta disciplina se banalice. Es necesario que volvamos a proclamar por más filosofía en la escuela, en los medios y en todos los espacios donde haya debate porque no hay respuestas universales ni hay recetas válidas para todos, hay distintos planteos a los problemas de siempre: la vida, la muerte, el amor, la nada, la existencia y todos aquellos que nos preocupan como humanos. Y, en este sentido, los sistemas filosóficos y sus reconocidos intelectuales podrán ayudarnos a encontrar algunas explicaciones.
Una buena estrategia para encontrarle cada uno la utilidad a la filosofía es abrir la mirada para modificar una verdad anterior incompleta o que estuvo mal formulada y, de esta manera, aprender a vivir feliz, que de eso se trata la vida.