Nunca sé bien en qué género hablar de La Peco. Le digo invariablemente amor, corazón, belleza y otros nombres de la amistad que trascienden los sufijos. El pronombre es claro y autoimpuesto, pero como poeta, novelista, guionista, periodista y activista de la vanguardia LGTBIQ+ en la Argentina y en España, Gustavo Pecoraro es tratado casi siempre en masculino aunque después se llame a sí mismo marica loca, boluda o reina, según como ande de autoestima. Voy a aprovechar que esta semana se han ensañado tanto con el lenguaje inclusivo y que yo hice una inmersión total en el mundo de mi amigx para nombrarlx sin binarismos en esta columna. La Peco es todo, todas y todes, en su nombre cabe el arcoiris completo.
El jueves terminé de leer llorando su novela debut, De querer así (Egales, 2022), y esa misma noche fui al Gaumont al estreno de Luces Azules, la película de Lucas Santa Ana con guión de Pecoraro y las actuaciones deliberadamente teatrales de tres actores de teatro como Ernesto Larrese, Fernando Dente y el recordado Claudio Da Passano (por mencionar sólo tres de una mesa de notables). Las emociones son parecidas y se mezclan: el humor, el amor y los dolores de lxs que quieren distinto. La certeza de que querer según las tradiciones tampoco es ninguna garantía, pero sí un privilegio irrefutable.
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Y es que yo no tuve que sentar a mis padres ni a mis amigxs para explicarles con quién me iba a la cama, yo no tuve que enterrar a mis amantes y ni a la mitad de mi grupo cuando apenas empezaba a sentirme libre, yo no fui en cana por enamorarme en un baño y no me tocó aprender el sexo entre orinales, ni contarle a mi madre que vivía con VIH. Hace un tiempo terminamos en el Florida Garden con parte del entourage de Federico Klemm, el artista del banquete kitsch ahora tan reivindicado que antes de volverse mediático fue un paria entre su clase aunque era rico y rubio, sólo porque no ocultaba que era puto. La leyenda dice que fue la policía la que le arrancó en una razzia hasta el cuero cabelludo. Mientras escuchábamos anécdotas imposibles, mi amigx Lucas, que a veces juega a ser Dora y es varias generaciones más joven que Klemm y lxs locxs que vivieron para contar su historia, les dijo que envidiaba un poco su época: “Ustedes la tuvieron más difícil, pero se divirtieron mucho más que nosotrxs”.
Luces azules va un poco de eso, es un encuentro intergeneracional entre distintxs de antes y de ahora. A la mesa de una comida que se completa con las actuaciones de Osmar Núñez, Estela Garelli, Edgardo Moreira, Hernán Morán, Karina Hernández, Javier Rodríguez Cano, Natalia Morlacci y Nicolás Di Pace, se sientan cinco parejas de amigxs a festejar un cumpleaños de setenta, el de un “puto viejo” y su familia elegida, ellxs.
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Lo que elegimos siempre es también lo que pudimos elegir: muchas cosas cambiaron en nuestra sociedad y esperemos que los retrocesos discursivos de esta coyuntura violenta no se acompañen con hechos, pero fueron demasiadxs lxs gays –y, en general, las personas con identidades LGTBIQ+– formadxs en otro tiempo a quienes no les quedó otra que rodearse de afectos por fuera de los lazos de parentesco porque sus familias filiales lxs expulsaban. Eso era lo que costaba la visibilidad hace apenas algunas décadas, esa visibilidad que algunxs cuestionan livianamente cada vez que hay una Marcha del Orgullo (y hay que explicar cada vez porque no se hacen marchas del orgullo heterocis), como si ese orgullo no hubiera costado sangre, sudor y (tantas) lágrimas.
Como narra en su novela, que es autobiográfica, Gustavo Pecoraro tuvo la suerte de una familia amorosa dentro del contexto de lo que era “salir del clóset” en los 80 (ojalá ese placard logre tener la puerta abierta de una vez por todas y para todxs, que ya no sea necesario salir de ninguna parte para vivir y querer como se quiere). Esa suerte fue tener un padre parco que sólo pudo hablar del tema una tarde, pero con la contundencia de lxs de pocas palabras: “Debo decirte que hagas lo que quieras mientras eso te de felicidad”. Y la de una madre –La Nelly, maravillosamente contada en De querer así a través de sus cartas a su mejor amiga– que se desvivía por su bebé, pero no le evitó el cliché del “¿En qué me he equivocado?”. La misma madre que lloró cuando, caminando por Corrientes, Gustavito le contó que vivía con VIH y compartió con su hijx el miedo en medio de la calle.
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“Y uno se pregunta si la madre de un marica no muere realmente ese día, el día de la muerte oficial, la administrativa, sino el día en que su bebé se agacha en un urinario público a comerse la primera polla”, dice sin eufemismos el prólogo de José Luis Serrano. Tampoco a La Peco le gustan los eufemismos. Le gusta “escribir y que se le entienda”, y se entiende, y conmueve –en Luces Azules como en De querer así–, porque algunas palabras, cuando se pronuncian, duelen. Duele porque la madre de un marica, una madre como la Nelly, también se muere un poco cuando su bebé le dice “Tengo sida”.
La familia elegida es otra cosa, un lugar de confianza donde el miedo se puede decir entre risas, abrazos y picos ochentosos. Un espacio en donde ponerle nombre a lo que asusta y compartir información y datos de los tratamientos que transformaron la sentencia en condición. No es lo mismo ser queer en 2024 que en los 90 o en los 80. La visibilidad por la que lucharon lxs activistas como Gustavo lo cambió todo y de eso se trata también el inclusivo, de intentar querer mejor a lxs que quieren distinto, de hacerles la vida menos difícil; por empezar, de nombrarlxs. Este repaso hermoso de La Peco por lo que fuimos y somos tiene que servir para eso: para registrar el avance y dejar en claro que, al menos en lo social, nadie está dispuestx a retroceder un solo paso ni aunque traten de imponerlo por decreto.
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