
Teorema de interpretación simple
Nachito -pobre- no sabe entender un contrato (es la muestra del deterioro de la educación). Los políticos de la casta son todos ladrones. Petro es el comunista asesino que lleva a Colombia hacia el hundimiento. López Murphy es una basura que traiciona las ideas.El Congreso es un nido de ratas. La señora Lali Espósito vive de la billetera del Estado que descuidan gobernadores desprendidos como Llaryora o Quintela.
Antología selectivamente escatológica del estadista Javier Milei, El Psiquiátrico. Dirigente sorprendentemente disruptivo que trepó hacia la presidencia para acelerar en las curvas. Para destrabar la cultura decadente y estancada por el encadenamiento monótono de los fracasos institucionales.
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El teorema es -en efecto- de interpretación simple. “Si Mauricio y Alberto la chocaron perfectamente Milei tiene también el derecho a chocar”.
Objetiva legitimidad
Las ideas de cambio de La Libertad Avanza -artificio ultraderechista que orienta Milei- fueron resistidas por un miserable 44% de la población. Después de 80 días de desastre anarcocapitalista nada indica que el porcentaje se haya debilitado. Probablemente persistan los arrepentidos ocultos por haber gritado “viva la libertad carajo”. Y por haber sufragado con resignado entusiasmo por la alternativa innovadora.
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Irreparablemente, Milei tenía su derecho a chocar. Nadie cuestiona su objetiva legitimidad. El problema reside en que «Milei Cumple», como Perón. Pero arrancó demasiado pronto con la epopeya enloquecida de estrellarse.
En cuanto Eduardo Belliboni lo primereó con el desafío movilizador, fue inmediatamente neutralizado con la distensión del DNU. Fue el prefijo de la Ley Ómnibus que mantuvo la intensidad del tsunami durante los 30 días ardientes de enero. Hasta signar la gran derrota legislativa que mediante la artesanía del discurso Milei intentó tergiversar en triunfo. Y plantarle, incluso, un saldo audazmente positivo. Porque ahora la sociedad puede percibir quienes son los patriotas de verdad que apoyan el delirio del cambio. Y quienes son los mercenarios que prefieren solo hablar del cambio, para mantener los privilegios explicablemente defensivos de la casta.
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Con prepotencia narrativa se puede acceder al ballotage y hasta ganar las elecciones. Pero cuesta gobernar desde las redes sociales cuando se carece de suficientes legisladores en las pajareras de Diputados y de Senadores. Y cuando en simultáneo se carece del deseo natural de negociar. Que implica, en política, conceder.
El otro Perro Trump
Lo más grave -y acaso lo peor de la actualidad política- es que Milei es demasiado inteligente. Y lo demuestra. Cree que juega de verdad en las grandes ligas. «En la Champions League». Se comprende que no pueda desgastarse en atender los chiquitajes domésticos de Nachito. La misión que se atribuye es lo suficientemente ambiciosa para preocuparse por minimalismos intrascendentes. O por los dramas presupuestarios de gobernadores como Nachito. Legitimados -todos- por la categórica objetividad del sufragio.
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Así las adversidades se le vengan en caravana, a Milei, lejos de contenerlo, lo estimulan. No tolera ningún cuestionamiento crítico, ni siquiera el menor desplante. Corresponde a la identidad astrológica del Perro de Metal. Exactamente le pasa como al otro Perro (pero de Fuego) Donald Trump.

Lo que menos Milei se encuentra en condiciones de controlar es la magnitud de su monumental egolatría. Como tampoco puede (ni quiere) evitar las reacciones intempestivas del temperamento alborotado. Derivan en sentencias sustanciosas para la ontología escatológica.
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Resta preguntarse si un personaje como el Perro Milei aspira verdaderamente a resolver los problemas estructurales de la Argentina. O solo se propone, acaso, denunciarlos. Enunciarlos. Para polemizar con su impotencia. Con la esperanza lícita de ser expulsado rápidamente de la presidencia. A través del juicio político (que en silencio muchos imaginan). O a puntapiés en el centro del ego (como secretamente muchos desean).
Mientras aquí los gobernadores ardían (y los difamados peronistas disfrutaban anticipadamente el virus de la reparación), el Perro Milei se desplazó con la señora Karina, La Tarotista, hacia Estados Unidos. Solo para capturar una fotografía con el otro Perro Trump. Para abrazarlo con un cholulismo desbordante en el evento patológicamente marginal de extremistas emotivos de la derecha nostálgica. En efecto, Milei se disponía a bajar líneas insólitas en la Champions, mientras Nachito, bastante harto, hostigaba desde el sur con la extorsión mediática de cerrar las canillas del petróleo.
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