A esta altura ha quedado más que claro que el presidente Javier Milei parece interpretar el resultado de las urnas como algo que trasciende un mandato para combatir la inflación, ordenar las cuentas públicas y reestablecer un equilibrio fiscal, y que percibe fundamentalmente como un consenso para avanzar con una profunda reconfiguración ya no solo del sistema político y las relaciones económicas, sino también de las normas de convivencia, el rol del Estado, la naturaleza del lazo social y hasta la cultura. En definitiva, un nuevo contrato social.
Una particular e inquietante visión de su mandato que quedó ya en evidencia en su discurso inaugural, en donde amén de realizar un pormenorizado diagnóstico de la magnitud de la crisis, enmarcó su proyecto en una narrativa mesiánica que pretende ubicarlo como líder de una restauración liberal cuya misión histórica es recuperar la república de la “generación del 80″ y, por ende, convertirlo en una suerte de cruzado contra una decadencia de más de un siglo de políticos “populistas” que se desviaron del camino original de la libertad para abrazar el “colectivismo”.
Solo teniendo en cuenta esta impronta tan rupturista como fundacional se entiende la magnitud del ambicioso programa de Milei que, en apenas dos semanas, ya desafía los límites de lo imaginable. Un programa tan audaz como temerario, tanto por una fragilidad institucional y debilidad política que resulta difícil de disimular, como por el contexto de profundización de una crisis que ya resulta agobiante para la mayoría de los argentinos y, fundamentalmente, por el amplio alcance de algunas iniciativas que abren múltiples interrogantes en los más variados sectores de la realidad nacional.
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Lo cierto es que si el plan Caputo había planteado una política de ajuste brutal reconocida por muchos -explícita o implícitamente- como necesaria e ineludible, pero que habría de enfrentarse al desafío de la “tolerancia social” de una sociedad asfixiada y hastiada al que se le piden más sacrificios para alcanzar una supuesta “tierra prometida”, el sorprendente mega decreto de necesidad y urgencia deja en claro que la apuesta de Milei es “a todo o nada”.
Así, a lo largo de casi 85 páginas y 366 artículos el presidente avanza en una suerte de revolución liberal de urgencia, una desregulación de una amplitud y diversidad que difícilmente pueda quedar cubierta por el paraguas de la excepcionalidad que se exige para esta herramienta legislativa de emergencia que la Constitución le reconoce a los presidentes con un sentido eminentemente restrictivo.
Un texto que asombra por la variedad de temas alcanzados (sociedades anónimas deportivas, registros automotores, regímenes de promoción de economías regionales, servicios audiovisuales, salud, entre tantos otros), por la controvertida “urgencia” de muchos de ellos, y por la profundidad de algunos cambios -como en el régimen laboral- que ni siquiera presidentes con mayor respaldo como Menem y Alfonsín se habían aventurado en plantear. Así las cosas, en nombre de esta transformación “desde arriba”, el DNU desmonta de un plumazo más de 70 años de evolución del derecho, y avanza no solo sobre la tan denostada “casta” sino sobre los más variados negocios, reasignando premios y castigos, y planteando una profunda reorganización de la vida de los argentinos basada en una cosmovisión liberal -con el consabido individualismo y despreocupación por la equidad que ello implica- como si se tratase de una “necesidad” o demanda de la mayoría de los argentinos.
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Lo cierto es que más allá de que se alcen voces a favor -en muchos casos aquellos beneficiados por la desregulación de sus mercados-, resulta difícil entender el criterio de oportunidad y conveniencia de una norma de esta naturaleza, que será muy controvertida tanto en lo político como en lo judicial. Una decisión que no solo lo expone al riesgo de galvanizar una oposición que hasta hoy estaba aturdida por el resultado electoral y que le permitía camuflar su debilidad, sino que podría derivar en un grave conflicto de poderes, y acelerar los tiempos en materia de conflictividad y protesta social.
Por ahora, el nuevo presidente parece confiado en la supuesta fortaleza derivada de los votos conseguidos en noviembre, a la vez que alimenta una nueva grieta que divide a “los argentinos de bien” y la “casta empobrecedora”. Sin embargo, frente a lo que viene, el gran interrogante reside en la funcionalidad de estos recursos para mantener los apoyos cuando el ajuste empiece a ser parte del paisaje cotidiano.