La violencia de género no sólo es provocada por golpes físicos, sino que también la sostenemos desde formatos culturales que creemos válidos, la cual incluye violencia psicológica y verbal, ya establecidas en nuestra forma de relacionarnos.
El machismo, aún inserto y enraizado en nuestra cultura, en los valores, en el lenguaje y en las costumbres nos hace creer que el hombre es fuerte, capaz y prepotente y puede enfrentar la vida cotidiana sin inconvenientes, mientras que la mujer, por el contrario, es débil, incapaz y sumisa.
Esta ideología, afianzada y arraigada en las creencias, en las prácticas sociales y en el lenguaje, promueve estructuras familiares patriarcales y relaciones verticalistas que, generalmente, son sostenidas por todos, hombres y mujeres.
A su vez, solemos considerar que la agresión física o psicológica es propia de un sector social, no educado, con costumbres ancestrales que las replican en el tiempo debido a su falta de instrucción cuando en realidad la vemos replicada a diario en todos los sectores socioculturales.
La historia nos condena
En la historia hay cientos de relatos racistas, misóginos o con marcas de violencia de género. Hesíodo, 700 años antes de Cristo, en su obra Los trabajos y los días, escrita para su hermano Perses acerca de las labores de un agricultor, sostiene que la mujer “es la fuente del mal, un castigo eterno para los varones, aunque un mal necesario que puede ser útil para la realización de los quehaceres del hogar”. También asevera: “No engañe tu mente una mujer de trasero emperifollado, susurrando palabras seductoras mientras busca tu granero; quien confía en una mujer, ese confía en los ladrones”. Y, además, la reduce a un objeto cuando escribe: “Antes que nada, consigue una casa, una mujer y un buey” No obstante ello, para analizar esos dichos hay que comprender la organización productiva de la época.
Platón no queda fuera del cuestionamiento. Si bien en su obra La república plantea cierta igualdad de género, grafica que “a los hombres que se distingan por su excelencia en la guerra, se les concederá la recompensa de acostarse a menudo con mujeres con el pretexto de tener hijos”. Pareciera que las convierte en un objeto pasivo para divertir a los premiados.
También Rousseau en su escrito de 1762 - El Emilio o de la educación- describe a la mujer “como suave lazo de paz y casta guardadora de costumbres”.
Grandes pensadores legitimaron la superioridad del hombre. No escapan a ello Marx y Engels, Shopenhauer, Kant, entre tantos otros. Sin embargo, es necesario aclarar que las obras literarias o filosóficas son composiciones imbricadas a una época determinada.
Los cuentos infantiles no escapan esa lógica. Hace un tiempo, se cuestionó uno de los cuentos de los hermanos Grimm que inundaron las infancias de los últimos doscientos años. Blancanieves, en un relato escrito en 1812, es besada por un príncipe a fin de ser despertada, pero sin su consentimiento. Esto puso en el tapete algunas cuestiones epocales que manifiestan costumbres patriarcales.
En este sentido, el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe (CEPAL), sostiene que la autonomía de las mujeres es un factor fundamental para garantizar el ejercicio de sus derechos humanos en un contexto de plena igualdad. El control sobre su cuerpo (autonomía física), la capacidad de generar ingresos y recursos propios (autonomía económica) y la plena participación en la toma de decisiones que afectan su vida y su colectividad (autonomía en la toma de decisiones) constituyen tres pilares para lograr una mayor igualdad de género en la región.
Planificar avanzar hacia un nuevo parámetro cultural, que permita un nuevo contrato social, es plantear el desplazamiento de la violencia y sustituirla con este otro modelo estratégico que tenga un impacto real sobre la realidad; es promover líneas de investigación para profundizar sobre la naturaleza, causas y consecuencias de la violencia y en nuevas propuestas de intervención que permitan avanzar en su erradicación. Estas líneas de trabajo, responsabilidad del Estado, sin dudas, también necesita de la toma de conciencia de la sociedad civil a fin de romper con una visión cristalizada en una sociedad que replica estereotipos definidos de antemano.
Asegurar la igualdad de género entre niños y niñas, significa educar en las mismas oportunidades, los mismos derechos y deberes, reto para continuar en la senda de los derechos humanos, con plena inserción en la sociedad en igualdad de condiciones entre hombres y mujeres.
La deconstrucción, que rompe con concepciones, discursos y prácticas hegemónicas es un proceso que llevará años, especialmente porque muchos aún no lo ven como un problema. Es un desafío urgente para celebrar la igualdad de una vez por todas y no tener que conmemorar cada 25 noviembre el día de la no violencia contra la mujer.