La búsqueda de nuestra propia identidad

Alguien debe asumir la obligación de lograr una síntesis superadora, somos a la vez tanto Borges como Discepolín, ambas miradas nos constituyen y no logramos aún integrarlas

Hugo del Carril durante el rodaje de Las aguas bajan turbias

La patria es un dolor que aún no tuvo bautismo”, Leopoldo Marechal

Mis cuatro abuelos eran italianos, hay marcas en mi relación con la vida que son fuertes y reconocen su heredad. Para un diálogo me pidieron que eligiera una película cuyo impacto aún recuerde y opte por “Amarcord” de Federico Fellini, con esa música de Nino Rota que no conoce el olvido. Para ese encuentro la volví a ver, entiendo que en ese “yo me recuerdo”, en ese recorrido de su vida, se expresaba el gran amor a su pueblo que había convertido en poesía la política y las pasiones y que había pintado personajes universales en la versión de su identidad tan original como irrepetible. Ese amor por la vida y por su historia, por su lugar y sus personajes, me llevó a asumir el tiempo que esa cultura había necesitado para estabilizarse y para consolidarse.

Visité Italia hace cincuenta años, me prevenían de la inseguridad, dolía su pobreza. El cine para nuestra generación tuvo el peso que hoy tiene la música para nuestros hijos. Más fuerte que el teatro, era materia central de nuestros encuentros. Volví varias veces a ese querido país y me deslumbra lo mismo que en toda Europa la vitalidad y la integración social que transitan. Les llevó siglos de guerras y conflictos vividos, la última no es tan lejana, hasta finalmente aprender a unirse respetando sus diferencias que son tantas como la riqueza histórica de ese occidente que nos cobija. Están tan definidas sus identidades que pueden convivir en el respeto y la riqueza de complementarse. Inglaterra se había separado y así el último imperio iniciaba su agonía. El marxismo que había intentado expandirse al mundo y que tantos adeptos tuvo entre nosotros, se reducía a una sangrienta guerra sin destino. Cuba luce su dura dictadura sobre su patético modelo. Venezuela transita la rigidez del ridículo. Nosotros no terminamos de decidir si la riqueza es una clase que habita la desmesura o un pueblo que no conoce la indigencia.

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Las dirigencias coinciden en el modo de vivir y se diferencian en el discurso que emiten. A veces el odio les ofusca el escaso talento del que gozan. Nuestra historia es breve y mezcla de diversas razas y culturas, nos cuesta encontrar la propia identidad. Esa es, tal vez, la razón esencial de nuestra adicción al psicoanálisis. Las etapas deben ser asumidas como riqueza, discutir con las estatuas es tan solo una expresión de distracción mental o una manera de disimular la incapacidad de gobernar.

Hay política sólo cuando tenemos conciencia de unidad, cuando nos habitan vocaciones de estadistas, de personas que salen del egoísmo para pensar en todos. De esos hoy no tenemos a la vista. Según mi opinión, Alfonsín fue el último con vocación de estadista, fracasó pero tuvo la intención de recuperar aquel Estado que duró hasta el final de la última dictadura. Hasta ese golpe atroz, el patriotismo abarcaba a los demócratas pero también a los golpistas. Ahora parece ausente en la gran mayoría de la dirigencia vigente.

Alguien debe asumir la obligación de lograr una síntesis superadora, somos a la vez tanto Borges como Discepolín, ambas miradas nos constituyen y no logramos aún integrarlas. Cuando fui nombrado Secretario de Cultura tuve el honor de visitar a Don Adolfo Bioy Casares y ofrecerle la dirección de la Biblioteca Nacional. Se emocionó al darme su negativa, desde ese momento fueron varios los respetuosos encuentros. Hace días la vida me regaló una larga charla con su Santidad Francisco, sabiendo que Everness era uno de sus poemas preferidos, inicié sus estrofas y él las completó con su conocida solvencia. Ese lujo fue un regalo de la vida, recitar a Borges con el Santo Padre. Tengo convicciones sin pertenecer a ninguna grieta ni espacio sectario. Transito la angustia de la duda en soledad, y rechazo toda convicción surgida del fanatismo.

Guardan los archivos de la nube un diálogo que tuve con Leonardo Favio -autor de “Crónica de un niño solo”, “El dependiente”, “Nazareno Cruz y el lobo”, la tragedia humana en distintos escenarios- quien sería uno en la lista de los que pudieron describirnos con parecido talento a la poesía que logró Federico Fellini en “Amarcord”, “Ocho y medio” o “La Strada”. El otro director que supo narrar un tiempo, entornos socioculturales de nuestro país y al mismo tiempo mostrarlo al mundo fue Hugo del Carril, creador de clásicos inolvidables como “Amorina” y “Las aguas bajan turbias”. Ambos nos representan, nos sintetizan, formaron parte del pensamiento político a través de su producción cinematográfica realista y también desde su gran popularidad como cantantes.

En el cine como en la vida hay una historia para contar, gente para representarla y público para elegir compartirla. Por ahora no encuentro para votar a quien lo proponga. Igual diré presente, es mi obligación. Solo cuando dejemos de endeudarnos y empobrecernos podremos decir que hemos recuperado la política. Por ahora es tan solo una esperanza que no comparten ya casi la mitad de los ciudadanos que nos intentan llamar la atención dejando de participar. Mientras la democracia no nos devuelva la integración social no logrará ratificar su valor como institución.

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