
A nivel personal, el feminismo y la equidad siempre fueron una inquietud. Vengo de una familia con mujeres muy fuertes, más que nada por la necesidad. Esto hizo que ver a mi mamá en roles de liderazgo comunitario, o a mi abuela llevando adelante la economía familiar, no lo haya vivido como algo excepcional. Tampoco fue de extrañar que los varones de mi familia tomasen esto como algo natural, por lo cual nunca me plantee límites en mis ambiciones o posibilidades.
Comencé mi recorrido tanto comunitario como profesional sin ninguna traba, o eso siempre creí. Y a medida que fui ganando cierta experiencia pude ver la falta de equidad estructural, no a nivel personal; y el verdadero lugar de la mujer en los diferentes ámbitos.
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¿Y cuál es ese lugar? Podríamos en verdad hablar de cual no es, al menos de manera mayoritaria: las mesas o espacios de tomas de decisiones. Y este fenómeno, característico del ámbito profesional, no es ajeno a las comunidades judías. Se trata de un tema que me interpela desde el comienzo de mi recorrido no solamente profesional, sino como voluntaria y miembro de diversas organizaciones. La buena noticia es que como comunidad tampoco somos ajenos a las fuerzas de cambio que, en este sentido, están empujando a nuestra sociedad hacia una mayor equidad. Acompañando los procesos que se viven hoy en día, tanto en Argentina como en el resto de la región, el Congreso Judío Latinoamericano (CJL) dio y da un paso al frente dando especial relevancia a este tema. No hay duda de que las comunidades judías son reflejo de las sociedades que habitan; y por lo tanto no escapan a estas realidades. Hace ya tres años se nombró una Comisionada de Género y desde el año pasado se trabaja en un compromiso regional donde cada comunidad y el CJL firman y se comprometen en un trabajo conjunto para lograr esta equidad.
En este recorrido, es fundamental la cooperación. Tomemos el ejemplo de lo sucedido durante la pandemia, cuando se dió una situación atípica. A nivel comunitario se crearon redes de ayuda, se pudo acceder a realidades distantes y entender qué sucedía en lugares más alejados, para anticiparnos en la preparación y la búsqueda de soluciones en términos de lo que implicaba la pandemia. Del mismo modo, comenzamos a organizarnos para trabajar también otros temas. Fue así que, a través de un foro de mujeres y comprendiendo cual era la situación comunitaria en cada país nos planteamos el desarrollo y la implementación del ya mencionado Compromiso de equidad.
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Cuando hablamos de equidad comunitaria surgieron muchas dudas, una de ellas fue: ¿hay un número que nos diga que nuestra organización, institución o empresa es equitativa? Cuando nos planteamos este proyecto, en este caso enfocado en representatividad femenina, lo primero que buscamos fueron las estadísticas. A partir de un estudio realizado por el Joint Distribution Committee sobre la situación en Latinoamérica pudimos confirmar lo que ya sospechábamos: los números en las instituciones judías no distaban de la sociedad general. Y como sucede en muchas organizaciones, es un tema que se veía como importante, pero no prioritario a la hora del planeamiento estratégico. Iniciamos este camino convocando representantes de todos los países y luego, con la primera firma en la comunidad de Chile a fin del año pasado se comenzó un recorrido que seguirá todo este año en el resto de América Latina.
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El 8 de marzo es tanto un día simbólico como de llamada a la acción. Podemos parar, reflexionar y continuar trabajando en pos de sociedades más justas y equitativas. Aprendí que el cambio empieza por casa y como siento cada institución como mi casa, quiero que esto se vea reflejado en ellas. Espero dentro de un año poder decir que estamos cerca de haberlo logrado. No tengo dudas: lo mejor está por venir.
* Miembro del Congreso Judío Latinoamericano.
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