El nuevo presidente del BID, Ilán Goldfajn, pronunció un ambicioso discurso inaugural para presentar su visión y prioridades durante los cinco años de su mandato después de su elección por la Asamblea de Gobernadores. En el discurso, identificó como temas prioritarios los sociales, cambio climático y la inversión en infraestructura física y digital para impulsar la integración regional y la productividad pero también incluyó una importante denuncia que no puede soslayarse sobre la eficiencia de la organización en el manejo de los recursos destinados a la región.
El Presidente sostuvo que en 2021 solo el 53% de los proyectos del BID con informes de finalización de proyectos recibieron una calificación positiva de la Oficina de Evaluación y Supervisión del organismo. Esta es la primera vez que el ejecutivo central menciona en una exposición pública que el 47% de los planes no cumplieron con los objetivos.
Goldfajn agregó que “al final, lo que realmente importa es no solo cuántos préstamos aprobamos o aún cuánto dinero prestamos sino que lo primordial es el impacto de desarrollo tangible y medible”. Esta frase encierra una fuerte crítica al comportamiento del BID y, si bien sólo hizo referencia al año 2021, es seguro que la misma observación se correspondería con períodos anteriores, cuando existió laxitud en la elección de los programas y mucha permisividad a las presiones políticas más que en la contribución efectiva para encarar las necesidades del desarrollo de la región.
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En los párrafos iniciales Goldfajn se refirió al momento de creación del BID, cuando el Presidente de Brasil, Juscelino Kubitschek, en plena guerra fría, llevó la propuesta al General Eisenhower para instarlo a encarar una nueva relación con América Latina, cuyo desarrollo terminaría beneficiando también a los Estados Unidos. Kubitschek en esos años enfatizaba el crecimiento económico para hacer frente a la pobreza. Goldfajn señaló que la región debe hacer frente a problemas estructurales de décadas para aumentar la productividad y el crecimiento identificándose con la posición de Kubitschek. Como ejemplo expresó que en las últimas dos décadas la región creció 12 veces menos que las economías emergentes de Asia y que un vez pasada la pandemia continúa el estancamiento.
También indicó que los recursos son escasos y que el costo aumentó como consecuencia de las mayores tasas de interés. En este panorama, y ante la denuncia pública sobre la falta de efectividad de los proyectos encarados por el organismo, no se hizo eco de su acusación para llevar a cabo una exhaustiva investigación que individualice las responsabilidades y sirva de ejemplo para el futuro. Solo se limitó a prometer que habrá mayores controles para asegurar la efectividad mientras enterraba el pasado.
La posición de Ilán Goldfajn es compresible porque el BID es una institución internacional multilateral donde no se requiere a los funcionarios rendir cuentas por la falta de resultados. Al contrario de su afirmación inicial, dedicó muchos párrafos a elogiar la capacidad de la burocracia como si no hubiera sido ella misma la responsable del manejo del 47% de infectividad en los proyectos. Estos fondos que parecen pertenecer a nadie son pagados por la población a través de los impuestos y su inefectividad contribuye a la generación de pobreza.
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Si el Presidente Goldfajn quisiera ser coherente con su denuncia debería ordenar una exhaustiva auditoria sobre el uso de los recursos y tomar las medidas necesarias para identificar las causas y las responsabilidades. Ilán Goldfajn comenzó su exposición explicando que había aceptado el cargo porque desde el BID podía ayudar a una masa amplia de sectores vulnerables. La denuncia no es suficiente. Los hechos mostrarán hasta donde llegará su voluntad de cambio o si la complacencia terminará convenciéndolo de la imposibilidad de modificar los hábitos de la burocracia interna.
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