Mientras miles de argentinos se aglutinan en Ciudad de Buenos Aires y festejan la llegada del colectivo que traslada a los 26 campeones del Mundo, otros miles de argentinos del interior (atónitos de un feriado que no comprenden), transcurren su vida trabajando y cumpliendo con sus obligaciones.
Este fenómeno social y cultural, que lo hemos denominado en tono de gracia la “Scaloneta” y que comenzó durante la participación de la Copa América, cuando al equipo le costaba encontrar un patrón de juego, hoy representa para la sociedad un sentir genuino, que va mucho más allá de una simple denominación que se la vincula con el apellido del DT campeón del mundo adaptado con el sufijo “neta”.
La “Scaloneta” es un colectivo al que muchos argentinos por estos días nos queremos subir para nunca más bajar. Pero este colectivo reúne una serie de condiciones para poder acceder a él. La primera está dada por el mérito de los 26 campeones del mundo, quienes fueron seleccionados por sus condiciones técnicas, tácticas, atléticas y profesionales, es decir, ninguno llego por amiguismo con el técnico, por acomodo con algún dirigente, sino, por el contrario, todo es fruto del esfuerzo y las ganas de superarse cada día, con el sueño de lograr los objetivos planificados por cada uno de ellos. Tan es así, que dentro del proceso de la “Scaloneta” participaron más de cien jugadores y solo veintiséis quedaron en la lista definitiva de Qatar, por lo que la meritocracia forma parte del ADN de esta selección y de su cuerpo técnico.
En el mundo de la “Scaloneta” no hay grietas, no hay divisiones, no hay individualismos, no hay atajos. Los egos personales son desterrados, todos somos iguales, cualquiera puede jugar, más allá de contar en el plantel con el mejor jugador de todos los tiempos, quien tiene el aura, la sabiduría y el liderazgo de actuar de manera personal y colectiva con los mismos valores inculcados en su familia, ceñidos por la humildad, el amor por esta camiseta y dedicación, sin perder su arraigo a nuestra idiosincrasia argentina a pesar de emigrar con apenas 12 años a España. El mate de todas las mañanas abrazado a la Copa y el “andá pa’ allá, bobo” son un sentir popular nuestro.
Estos veintiséis jugadores, su cuerpo técnico y utileros tuvieron un solo objetivo como equipo, traer la copa a nuestro país, por este logro, entraron en la eternidad y la gloria deportiva. Está claro que no jugaron por dinero, jugaron por entrar en el más allá y lo lograron. Todo esto nos ilusiona, nos hace creer que otra realidad es posible. Nos ilusiona el ver flamear nuestra bandera, nos ilusiona cuando cantamos el himno, nos ilusiona el comportamiento, los gestos y actitudes de cada uno de sus jugadores y cuerpo técnico, respetando siempre al rival y agradeciendo el acompañamiento de su gente.
El costo del boleto para subir a la “Scaloneta” es alto. Este colectivo solo admite sacrificio, trabajo en equipo y humildad. Como dice el mítico tango Naranjo en Flor, de Roberto Goyeneche, “primero hay que saber sufrir…”, porque desde ese sufrimiento se alcanzan los logros. En este mundo, nada es por casualidad o por la mera suerte. Todo está debidamente planificado para prevenir posibles contingencias o desvíos que puedan ocasionarse, por virtudes de nuestros rivales ocasionales o por defectos propios. Sí, rivales, no enemigos.
Ahora, ¿estamos dispuestos como sociedad a hacer estos sacrificios para subirnos a la “Scaloneta”? ¿Somos conscientes de que si no logramos saltear la grieta más allá de nuestras diferencias, no abra un mañana posible? ¿O seguiremos pensando que los logros y objetivos se obtienen simplemente por la suerte, por el arte de un salvador o por tener al mejor jugador del mundo?
Admiramos a Messi, por sus gambetas, por su pegada, por su rapidez mental y por su lectura de juego, pero también lo admiramos por no darse por vencido, por no bajar nunca los brazos, por no rendirse ante la adversidad, y esto se traduce como mensaje a la vida cotidiana.
Será cuestión de estar dispuestos como sociedad a dejar de mirar para atrás por el espejo retrovisor y comenzar de una vez, como lo hizo este proceso, a hacernos cargos del presente y mirar hacia el futuro, entendiendo que a pesar de nuestras diferencias, nuestras grietas en la forma de pensar y actuar, de nuestras pasiones y de nuestra intolerancia, hay objetivos y necesidades mayores que tienen que ver con el presente y con las futuras generaciones de nuestra sociedad.
Elegimos creer, y ahora, como dice la canción de la Mosca, “muchachos, hoy nos volvimos a ilusionar”, porque si nos subimos a la “Scaloneta”, otro país es posible.
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