Seelisberg: el comienzo del fin del antisemitismo en la Iglesia católica

En 1947, sesenta y cinco líderes religiosos cristianos y judíos provenientes de diversos países europeos y de los Estados Unidos se reunieron en esa ciudad suiza convocados por el International Council of Christians and Jews

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Los miembros de la conferencia de Seelisberg
Los miembros de la conferencia de Seelisberg

Estamos ante una triple aniversario de sendos acontecimientos que están unidos por un eje común: los 50 años del fallecimiento de Abraham Heschel, los 60 aָños del comienzo del Concilio Vaticano II y los 75 años de la Conferencia de Seelisberg.

Entre el 30 de julio y el 5 de agosto de 1947, convocados por el International Council of Christians and Jews, entonces de reciente creación, se reunieron en la ciudad suiza de Seelisberg, sesenta y cinco líderes religiosos cristianos y judíos provenientes de diversos países europeos (ninguno de España) y de los Estados Unidos.

Aunque las delegaciones más numerosas fueron la suiza, la británica y la norteamericana, serían dos franceses, el filósofo católico Jacques Maritain (entonces embajador ante la Santa Sede, que no pudo asistir) y el intelectual judío Jules Isaac, sobre todo este último, quienes la promovieron y brindaron su contenido.

Isaac había concluido, luego de sufrir la destrucción de su familia en la shoah, que el antisemitismo tuvo un sustento en el prejuicio antijudío de matriz cristiana a cuyo origen no habría sido ajena la presentación del pueblo hebreo que hasta entonces primaba en la Iglesia católica y que él llamó la enseñanza del menosprecio.

Si bien es cierto que el antisemitismo contiene raíces de diverso orden, y que el nacionalsocialismo fue una ideología radicalmente pagana y anticristiana, no lo es menos que la acusación de deicidio que habían acuñado las teologías tanto católica como protestante reiteradas a lo largo de muchos siglos había provocado, aun cuando no hubiera sido su intención, una visión de odio y prejuicio que estaba incluso en contradicción con el propio mensaje evangélico. Por eso Juan Pablo II pidió perdón ante el Muro de los Lamentos.

Las conclusiones de la conferencia recogieron las ideas de Isaac en diez puntos que establecían las premisas del mutuo acuerdo: Dios habla a través de toda la Biblia, Jesús fue un hijo del pueblo judío cuyo perdón es universal, como también fueron judíos los apóstoles y primeros cristianos, el mandato fundamental del amor es común a ambos, no se puede distorsionar el judaísmo bíblico en la presentación de la verdad cristiana, y debe evitarse identificar globalmente a los judíos como enemigos de Jesús y declararlos malditos, adjudicándoles un destino de sufrimiento.

Estos criterios son hoy considerados completamente congruentes con la ortodoxia católica, pero si nos situamos en una perspectiva histórica, ellos fueron resistidos por los espíritus más conservadores, y recién en el Concilio Vaticano II, de cuyo comienzo estamos celebrando este año su cincuentenario, fueron incorporados a la doctrina magisterial de la Iglesia en la declaración Nostra Aetate sobre las religiones no cristianas. El documento produjo un verdadero shock en los ambientes integristas, que todavía hoy alimentan un sutil, oculto y visceral antijudaísmo.

En el proceso de la deliberación conciliar tuvo una influencia decisiva, a partir de su diálogo con el cardenal Agustín Bea, factótum de la declaración, Abraham Heschel, un rabino judío, de cuyo fallecimiento se cumple también este año el medio siglo, motivo por el cual el Seminario rabínico Latinoamericano ha declarado a 2022 como “El año Heschel”.

A escasos días de ser elegido como pontífice de la cristiandad, el cardenal Jorge Mario Bergoglio había expresado en el prólogo de un volumen conmemorativo de Nostra Aetate publicado por el mismo seminario: “El ser cristiano se halla íntimamente ligado al ser judío”.

Este tipo de declaraciones aún provocan urticarias en algunas mentalidades de trocha angosta, pero refleja una verdad evidente recogida casi literalmente de la declaración, que dice que el pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham, e incluso una contraposición entre ambos, entre el Dios del Antiguo y el del Nuevo Testamento ha sido declarada una herejía por la Iglesia católica ya en los primeros siglos, aunque la fuerza del prejuicio es tan grande que hay todavía quienes se resisten a reconocerlo.

Abraham Heschel  y Agustٌín Bea
Abraham Heschel y Agustٌín Bea

El antisemitismo no nació con el nazismo ni acabó con él. Los nuevos populismos suelen albergar el huevo de la serpiente, tanto a diestra como a siniestra. La novedad de las últimas décadas ha sido la procesión del mal desde la ultraderecha hacia corrientes socialistas.

“El soviet no es una institución rusa, sino judía”. Con esta frase se abría el capítulo quince de El judío internacional, la voluminosa célebre obra de Henry Ford. En el antisemitismo tradicional se ha señalado la condición judía de líderes como Trotsky, Lenín, Engels y el mismo Marx, y el hecho de que el régimen soviético apoyó la creación del Estado de Israel. En las primeras décadas del siglo pasado los judíos abundaron en los ambientes socialistas, despertando la inquina de las corrientes fascistas.

No se puede identificar una oposición al Estado de Israel y menos a sus gobiernos con el antijudaísmo, pero el antisionismo suele ser utilizado por el antisemitismo, que hasta hace pocos años era un fenómeno marginal en los círculos progresistas, y hoy ha ganado nuevos espacios de la mano de una actitud propalestina y anticapitalista. El neoantisemitismo es más ideológico que racista, aunque no por ello se ha de dejar de considerar un mal alimentado por el odio y requiere como tal una atención consecuente debido a su ya probado magno potencial de destrucción.

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