Las cosas que no se entienden

¿Ustedes quieren saber lo que es el fútbol?”, dijo alguna vez Alejandro Sabella: “Ábranle la cabeza a Gallardo y van a encontrar el Larousse ilustrado del fútbol”. Como eso no va a pasar, lo que queda registrado son ocho años y medio de proezas y desventuras que lo tuvieron siempre en el núcleo de la Tierra

Marcelo Gallardo dirigió su último partido en el Monumental (Franco Fafasuli)

*El artículo fue publicado originalmente en La Agenda Revista

De todas las cosas que no se entienden, ésta es la que menos: el Muñeco no vio en vivo el gol del Pity Martínez. Es la escena insignia de su ciclo y de su vida, la que le va a quedar estampada en la cara, pero no la vio. Su ángulo de mira de esa final fue desde un palco del Santiago Bernabéu porque estaba suspendido, y al día siguiente contó que en ese fragmento de tiempo, cuando al alargue todavía le quedaba una eternidad hecha de cuatro minutos, él empezó a bajar hacia el vestuario para encontrarse con los jugadores. “En ese recorrido vi el tiro en el palo de Jara”, dijo, “pero cuando estaba llegando ya no tenía ningún televisor cerca y no tenía autorización para entrar al vestuario. Entre que algunos me decían ‘terminó’, el palo que me seguía sonando y otros me decían ‘gol del Pity, gol del Pity’, yo no sabía si había terminado. Fueron tres o cuatro minutos de oscuridad absoluta”.

Esa será la cosa de las cosas, pero cualquier tramo de ocho años y medio en la vida de una persona está plagado de escenas difíciles de explicar. Qué efecto tiene un láser verde en el ojo de alguien que está por patear un penal, por ejemplo. Cómo es que el mundo entero gira para el otro lado en ese microsegundo. Cómo es que los jugadores de Boca se despliegan en el campo para empezar el segundo tiempo mientras los de River se refriegan los ojos de gas pimienta. De qué está hecha la cachetada con que Tabaré Viudez se la pasa a Alario. Y a dónde fue a parar Tabaré Viudez después de hacernos ese favor. Qué están mirando los del VAR cuando el defensor de Lanús mete la mano y qué están mirando los del VAR cuando Pinola le mete el planchazo a Benítez. Cómo una cosa que anda tan mal puede andar tan bien cuando el de Gremio mete la mano y cuánto hay que rebobinar para ver el offside de Borré en el gol de Montiel contra Palmeiras. En qué está pensando Pratto cuando cruza los brazos para festejar y se queda solo en el centro del mundo. En qué está pensando Pratto un año después, en los ocho segundos en que retiene la pelota y no se la pasa a Montiel. Cómo es que el mundo gira de nuevo para el otro lado. Cómo se hace para jugar un partido sin arquero y sin suplentes. Cómo se puede ganar tanto y perder tanto en tan poco tiempo. Y cómo es que la vida sigue, si ya nos habíamos puesto de acuerdo en que después de ese partido ya no iba a haber más nada.

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La lista es arbitraria pero tiene un patrón: la conciencia de que lo que explica el ciclo de Gallardo no está solo adentro del cuerpo de Gallardo sino también en los cuerpos de los otros que lo orbitaron. En sus jugadores, en sus rivales, en las casualidades y las partículas del universo que componen una secuencia, una época, la narrativa de la felicidad y de la belleza, de la frustración y de la derrota, de todo lo que pasa cuando un ser vivo se hace cargo de estar vivo y va para adelante.

Un estadio repleto despidió a uno de los máximos ídolos de la historia del club (REUTERS)

Gallardo fue la audacia sin cálculo. Había sido el hijo nacido en el club que llegó a primera y agarró la 10, y en el ejercicio de la 10 fue figura e ídolo, quizás no tanto como sus contemporáneos Enzo y Ortega pero lo suficiente como para llevarse en la memoria auditiva cien muñeco-muñeco de cien monumentales, el reconocimiento unánime a un tipo que ya de pantalones cortos veía cosas que los demás no. Ya estaba bien así: a quién no le alcanzan cien ovaciones para tirar una vida. Pero volvió a los 38 años para deshacerse de sí mismo y ser una cosa nueva. A responder de un saque, sin preguntarse nada, cómo se hace para hacerse padre de la misma casa en la que uno fue hijo. A cumplir de manera pública, ante millones de miradas, con el destino al que estamos llamados los seres humanos que es el de ser, por sobre todas las cosas, el puto amo de nuestras vidas.

De aquel cumplimiento como hijo le había quedado la espina del último partido, en su tercera etapa en River como jugador, un 1-5 contra Tigre en el Monumental en mayo de 2010 en que el técnico Ángel Cappa lo plantó en el banco y no lo hizo entrar. Contra ese error de su historia, esta vez aprovechó su poder como DT, la facultad de ponerse o sacarse a sí mismo, y anunció la retirada unos días antes de la última fecha de local del año para tener, ahora sí, su despedida, la paradoja de estar en el banco pero ser el centro de la cancha.

Hubo una época del fútbol, hasta hace no tanto, en que los entrenadores cobraban menos que las figuras de los planteles. Esa lógica se revirtió del todo en la era del Barcelona que alteró la historia y que a pesar de ser de Messi quedó en la memoria como de Guardiola, cuando el fútbol europeo entendió que la acumulación de tantas estrellas requiere una luna que las constele. Más humildemente, mucho más acá, River sobrevivió estos años a su realidad pesificada dolarizando el sueldo de su entrenador para blindar lo imposible, aprovechando el silenzio stampa que opera alrededor de los salarios del fútbol, otra moda que antes no existía, y poniendo al club entero al servicio de los equis millones de palos verdes por año —¿habrán sido seis, habrán sido siete?— que juntamos entre todos para el Muñeco cada vez que la cuota de los socios saltó por encima de la inflación mientras los asientos de plástico del estadio se siguieron despintando con cada lluvia. Nadie nos preguntó pero nos dijimos, sin decirlo, que si esas lluvias iban a incluir la de la noche contra Tigres, un clima colectivo que hiciera de nuestras vidas una serie épica, cualquier precio estaba bien.

Y entonces el Monumental estuvo, una vez más, al ciento diez por ciento de su capacidad, con gente tapando hasta las escaleras de las plateas, orientado al adiós de su líder pero tal como está hace rato en partidos importantes y partidos irrelevantes, en la fecha veintipico de un torneo sin destino y sin descensos o con, ya nadie ahí adentro sabe, como no sabemos tampoco qué procesión estamos acompañando y hasta cuándo, quizás hasta ayer. River perdió con Central para que la sorpresa no tan sorpresiva de la salida del Muñeco tuviera más sentido, y todo el segundo tiempo estuvo al servicio del caos para que todo fuera más confuso: pases de cinco metros pifiados, rivales haciendo tiempo en cada corte, el VAR operando a su ritmo insoportable, la hazaña de dar vuelta el 0-2 impedida por el mal fútbol y por el árbitro, por la imposibilidad de hilar dos o tres jugadas seguidas sin interrupciones. El colmo se dio en el empujón de Juanfer al árbitro, para que el mismo que hizo el gol más importante de estos ocho años fuera el que firmara la escena absurda del partido final, como un recordatorio de que lo que acá quiere ser europeo está siempre a un centímetro de volverse demasiado colombiano, demasiado argentino, demasiadas las razones que tuvo siempre Gallardo para no ser el Ferguson de nadie y para sortear, con amor y prolijamente, su destino sudamericano.

El "Muñeco" se emocionó al hablarle a los hinchas

Fue, sobre todo, un misterio. Hecho de otros cuerpos y de factores externos, hecho de todos nosotros y de las noches de lluvia o despejadas pero también de su silencio, del gesto neutro con que arrimó su cara cada vez que tuvo un micrófono. “Nunca soñé algo así”, dijo ayer, “y si lo soñé fue algo muy mío”, consciente de que en el cumplimiento de las voluntades de tantos hinchas estaba también cediendo una energía propia, desgastando una batería que en ningún hombre es infinita. Cada vez que se sentó en las conferencias de prensa había un aire demasiado suyo, oculto en su oratoria limitada pero entregado en el coraje con que dijo, después de la ida de su primera final de Libertadores, que “este partido no se nos puede escapar en casa”, o en su salida al balcón del Monumental unos minutos después de que sus jugadores empataran en la Bombonera, haciéndose cargo de lo que habíamos sentido todos cuando Armani le sacó esa pelota a Benedetto y nos prometimos, muy adentro del cuerpo, que por una puta vez la felicidad iba a quedar para siempre de nuestro lado, que de ahora en adelante el verso de que nacimos hijos de ellos iba a ser un cantito difícil de repetir. Hijos de quién, dijimos, y el Muñeco abrió los brazos para absorber, con la certeza impostada o instintiva con que un padre le dice a su casa que va a estar todo bien, como si compartiera muy cada tanto, como una excepción de la historia, el secreto que no comparte con nadie.

“¿Ustedes quieren saber lo que es el fútbol?”, dijo alguna vez Alejandro Sabella: “Ábranle la cabeza a Gallardo y van a encontrar el Larousse ilustrado del fútbol”. Como eso no va a pasar, lo que quedará registrado será lo que se entienda y lo que no se entienda, ocho años y medio de proezas y desventuras que lo tuvieron siempre en el núcleo de la Tierra, incluidas escenas lado B como la de un mediodía de 2020, en plena pandemia, en que el presidente de la nación lo citó a un almuerzo en la Quinta de Olivos para saber su opinión sobre las cosas. Para ver qué hacemos con todo esto. Gallardo fue, comió, volvió, y retuvo lo más que pudo cualquier alarde del lugar absurdo en que lo pusieron. Pasado el tiempo habrá que decir que el hombre, a su modo, con más o menos arrogancia y más o menos sentido de la ubicación, se bancó bastante bien el delirio de grandeza que debe provocar en cualquiera la noción tan nítida de que hubiera tantos argentinos queriendo que se quedara para siempre y tantos otros queriendo que se fuera de una vez para nunca, para nunca más volver.

Entre sus legados torcidos estará también el loop de videitos en TikTok en que cada estudiante de periodismo deportivo que la quiere pegar y entreviste a un jugador de fútbol de la C o de Arabia Saudita termine cada ping pong preguntando qué es peor, descender o perder una final de Libertadores contra tu clásico rival, que es una pregunta inconducente porque una nos pasó a nosotros y la otra les pasó a ustedes, y todos vamos a estar hechos para siempre de las cosas que nos pasaron. Ésta, sin dudas, es nuestra: Marcelo Daniel Gallardo.

Ahora cerrá los ojos vos, Muñeco. Treinta segundos cerralos, y mirá lo que vimos nosotros mientras vos bajabas las escaleras. Después del palo de Jara todavía hay un córner y Andrada sube a cabecear. Es una mancha verde fluorescente que amenaza con arruinarnos la vida, pero en ese momento es algo anterior, un puntito verde como aquel láser en la cara de Gigliotti que marida bien con la tensión de nuestros cuerpos, con el mes entero que llevamos incubando esa final para confluir en este minuto ciento veinte, algunos miles allá en el estadio, algunos millones en Argentina, todos menos vos que seguís bajando las escaleras. Se adelanta Pavón, se cierra la pelota. Te juro que hay un centímetro, Muñeco, que separa el cabezazo de Andrada del puño de Armani. Te juro que escondimos la cara pero relojeamos el guantazo. Te juro que el tiempo y las cosas, todas las cosas, le cayeron a Juanfer y te juro que tiró un taco, entre torpe y elegante, que provocó otra confusión y después un campo abierto. Por la derecha vimos venir al Pity y la izquierda de la pantalla fue una alfombra de pasto de diez mil kilómetros. Preguntale al que quieras: algo en nuestros cuerpos se reseteó en ese momento. Preguntale al que quieras si no miró a su papá, si no le agarró el brazo a su hermana o a su hijo, si no puso las manos en la cabeza, si no se paró. Son ocho segundos, Muñeco, pero te juro que hay un instante de la vida en que los músculos flotan y todas las cosas de la historia que hasta entonces salieron mal van a parar a un estado de bienestar, al punto exacto en que el pudor de ser felices se distiende y es tomado ya no por la idea sino por la felicidad, por todas las cosas de la historia que van a salir bien. Ahora abrí los ojos, Muñeco. Que tu vida esté hecha, en adelante, de esos ocho segundos que nos regalaste.

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