Me pregunto por qué encuentro algo obsceno en los testimonios de mujeres, con nombre y apellido, que fueron madres y se declaran públicamente arrepentidas. “Aman a sus hijos pero se arrepienten de ser madres”, es la primera frase del ensayo Madres arrepentidas, de la socióloga israelí Ornah Donath. Diversas formas de esa misma frase se pueden leer también en los cientos de respuestas a la encuesta en redes de la comunidad feminista argentina Mujeres que no fueron tapa, que además resultó motor para “Estoy arrepentida de ser madre”, una nota con entrevistas, de Gisele Sousa Dias, publicada recientemente en este mismo medio. La existencia de los hijos no estaría comprometida en la fantasía de volver el tiempo atrás, pero -en algunos casos con foto y sonrisa- dicen que, de no haber tenido hijos, sus vidas serían mejores. El hastío, la soledad, la disponibilidad permanente y la falta de libertad son las razones más mencionadas.
Separar la función de su producto no es algo tan difícil de entender, por lo que no voy a centrarme en ese punto. Me interesa un aspecto quizá todavía más complejo: la necesidad de decir todo, las consecuencias de la delgadísima línea entre lo público y lo privado.
Entonces formulo la primera pregunta, ingenua en apariencia, pero necesaria para pensar la complejidad de la escena: ¿cómo se sentirán los hijos ante esas públicas declaraciones?
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Me pregunto por la relación del arrepentimiento con el viejo mandato de maternidad: la “pura madre” sin deseos individuales. Me pregunto si el arrepentimiento no es un efecto, un síntoma, de esos mismos mandatos. Me pregunto cuántas de esas mujeres que se arrepienten están atravesadas por ideales a los que no pueden (ni quieren) responder y por tanto se arrepienten, como una manera de desistir, de atreverse a decir (ahora que se puede) “esto no es para mí”. Me pregunto si esa negativa no produce un efecto indeseado de afirmación del mandato, es decir, habría otras que sí podrían ejercer la maternidad sin hastío y libres de ambigüedades.
Con esto no quiero decir que entonces la maternidad es para todas. Por supuesto que existe la ausencia de deseo de hijo, los hijos paridos sin deseo y también el arrepentimiento, solo pretendo aumentar la lupa sobre el fenómeno de las declaraciones públicas.
Entonces, vuelvo a la necesidad de decir y soy consciente de que grandes efectos feministas han sido fruto de conquistar la palabra, pero como toda conquista, también está sujeta al riesgo del exceso, de la creencia de que todo puede ser dicho y, por lo tanto, incluido. Un asunto clave el de la inclusión, por cierto, puesto que sería saludable recordar más seguido que la inclusión total es imposible, el propio lenguaje da cuenta de eso, por lo tanto, en el afán excesivo de incluir podríamos, sin darnos cuenta, sin pretenderlo, estar excluyendo, por propia obra del lenguaje.
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Vuelvo entonces a la pregunta por los efectos, pero con una variante: ¿acaso pensamos que las personas somos capaces de escucharlo todo? ¿No sería esa otra forma de idealizar? Es decir, idealizar a los hijos, creer que son capaces de no sentirse comprendidos en el arrepentimiento.
El pensamiento feminista, aquel con el que me siento identificada, piensa en términos de cuidado, de cuidado del semejante, con una perspectiva compleja y no binaria. ¿Qué función tiene entonces la declaración pública de arrepentimiento? Casi puedo escuchar a quienes están respondiéndome que las palabras de unas pueden servir de identificación para otras y el tema puede dejar de ser tabú. Es cierto, entiendo y comparto ese argumento, tanto como encuentro necesaria la pregunta por los efectos colaterales. Me pregunto si el arrepentimiento no es una forma más de mantenerse lejos del conflicto, buscar un estado que se defina con una afirmación (estoy arrepentida), me pregunto si no es equivalente a afirmaciones como “estoy feliz de ser madre”, en lugar de abrir el juego a pensar la maternidad como un estado esencialmente dinámico y contradictorio: querer estar e irse al mismo tiempo.
Me pregunto si la declaración pública de arrepentimiento va en dirección a un mundo feminista o si no es más de lo mismo: en favor de unos o unas, sojuzgamos a otras, otros y nos dirigimos a un mundo cada vez más individualista. En ese caso, en caso de que no fuese una salida, solo podríamos esperar un recrudecimiento de pensamientos conservadores en los hijos, respecto de su propia descendencia: no hacer sufrir lo propio a costa de represión y pensamiento binario. Por eso me pregunto si lo que hoy se presenta como un gesto liberador puede no ser tal y vuelvo a mi sensación de obscenidad.
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Lo obsceno es lo que está fuera de lugar, lo que se excede, lo que ya no responde a un decir, sino a la creencia de que lo indecible solo requiere ser puesto en palabras. Lo indecible, como tal, solo puede ser leído. El pensamiento complejo podría llevarnos, pienso, a un mejor puerto, a un puerto en donde no necesitemos nombre público para todo, donde no se nos obligue a afirmarnos con un soy que nos coagule en una etiqueta, donde el hastío de la maternidad y la obvia necesidad de irse del mundo materno cada tanto, varias veces al día, sea una naturalidad, algo que a nadie debería espantar.
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