Las pasiones que alimentan las grietas

¿De dónde vienen y por qué se forman las brechas que conocemos en nuestra sociedad? Hay un elemento cultural, pero asentado en las emociones. Los políticos apelan al sentimiento de tribu, no a una mente abierta y globalizada

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Argentina's Vice President Cristina Fernandez de Kirchner reacts next to former Argentina's President Mauricio Macri after she was sworn in, in Buenos Aires, Argentina December 10, 2019. REUTERS/Agustin Marcarian

Hay entre nosotros ciertas ideas que asumimos como credos y alimentan la brecha que todos conocemos. ¿De dónde vienen y por qué se forman así? También las pasiones parecen alimentar las respuestas a esa pregunta.

El 26 de diciembre pasado falleció Edward Osborne Wilson (1929-2021), tal vez un desconocido para casi todos. Fue un destacado biólogo y naturalista, profesor en Harvard y sujeto al mismo tipo de pasiones que alimentan nuestros debates, sólo que en otro campo. Y curiosamente, sus conclusiones son importantes aportes a las razones de estos mismos enfrentamientos.

En una sesión de la American Association for the Advancement of Science en 1978, cuando fue presentado ante la audiencia, un participante subió y le vació la jarra de agua en la cabeza. Al rato, luego de secarse continuó con su conferencia. ¿Qué es lo que generó semejante rechazo? ¿Qué pudo ofender tanto? Y si bien fue uno el que lo hizo, el principal frente de rechazo a sus investigaciones eran profesores de la misma Harvard.

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Lo que hizo Wilson fue cuestionar una visión prevalente entre científicos y filósofos desde John Locke, conocida como la “página en blanco”. Según esta, no hay ideas innatas en la mente (así se titula uno de los primeros capítulos del libro de Locke Ensayo sobre el Entendimiento Humano), llegamos a este mundo con un cerebro que es una página en blanco que comenzamos a llenar con los datos e información que recibimos a través de los sentidos. Es decir, nuestra formación es esencialmente cultural, nos empapamos del mundo que nos rodea.

Wilson partió del supuesto opuesto, que existe una base biológica para nuestras conductas, al menos algunas de ellas. El rechazo fue completo, especialmente desde la izquierda, que consideraba esto era una justificación de la discriminación en base al sexo o a la raza. Se asociaban estas ideas con la eugenesia, la idea de mejorar la herencia genética a través de ciertas intervenciones o la selección de ciertos individuos. La eugenesia terminó totalmente desacreditada cuando se la asoció con el intento nazi de generar una raza superior o políticas posteriores de esterilización forzada, y con toda razón. Todo eso se volvió mala palabra, pero no solamente se volvió tabú la eugenesia sino la biología social misma y no son la misma cosa. Wilson fue asociado con esas propuestas y discriminado cuando su campo era el de la ciencia, no el de la política.

¿Porqué la izquierda rechazaba de plano una influencia biológica en las conductas? Pues porque en el centro de su ideología se encuentra la necesidad de formar un “hombre nuevo”, en palabras del Che. Era necesario moldear las mentes humanas para que se adecuen al nuevo sistema, uno en el que las personas estarían motivadas por la revolución, el socialismo, no por los intereses personales. El Khmer Rouge llevó a la práctica estas ideas. Tal vez no es de extrañar que encontráramos posiciones similares en los dos extremos, unos por la positiva (formar nueva gente), otros por la negativa (eliminar “mala” gente).

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Pero lo de Wilson no tenía nada que ver con la eugenesia, sino con la ciencia. No obstante, sus aportes científicos también han preocupado a algunos liberales, tal vez porque si ciertas conductas son “predeterminadas” entonces se reduce el campo del libre albedrío y de la responsabilidad individual. No obstante, Wilson nunca fue “determinista” y en 1975 publicó un libro de gran impacto, Sociobiología, la nueva síntesis, donde analiza aquellas conductas humanas moldeadas por la evolución en beneficio de la reproducción de los genes, algo que ya había planteado Darwin en El Origen de las Especies.

Este mundo abierto por Wilson explota en estos momentos con aportes de las ciencias naturales y sociales de todo tipo, y tienen auge en libros de divulgación de gran éxito como los de Jordan Peterson, Steven Pinker, Matt Ridley, Gerd Gigerenzer y muchos otros, que buscan explicar también las raíces de ciertas ideas que predominan en nuestra sociedad. Esto se extiende a las ideas económicas, por supuesto. ¿Por qué la gente piensa que las exportaciones son buenas y las importaciones son malas? ¿Por qué favorece el control de alquileres o de precios cuando sabemos que nunca funcionan? Hay un elemento cultural, por supuesto, pero asentado en las emociones. Los políticos conocen esto intuitivamente, pero muy bien, apelan a esas emociones, no a la razón. Apelan al sentimiento de tribu, no a una mente abierta y globalizada.

Muchas de esas emociones “vienen de fábrica”, como planteara Wilson, y sobre ellas se montan los políticos populistas planteando siempre “ellos contra nosotros”: el problema es siempre el FMI, el capitalismo, los acreedores, etc. Los liberales tienen más problemas en promover su idea de un orden abierto y globalizado, una idea que tiene no más de 200 años; nada en términos de la evolución de la mente en grupos por siglos.

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