Ver para creer

La Fiesta de las Luces llama a observar no sólo con, sino a través de la mirada, para alcanzar la iluminación

Januca

Tras siglos de opresión, los judíos deciden luchar por su libertad. Expulsan a los griegos y llegan victoriosos a la cima del Gran Templo de Jerusalém. Allí encuentran una vasija con una pequeña cantidad de aceite que apenas alcanzaría para volver a encender el fuego eterno del Templo. Necesitaban al menos una semana para elaborar más aceite sagrado. Pero esa noche, el milagro iluminaría aún más que la luna nueva. El aceite duraría 8 días y la llama ardiendo sin consumirse. El milagro continuaría encendiéndose en los siguientes 2.200 años.

Al encender las luces de Janucá, se suele recitar un texto llamado “Hanerot Halalu”, “Estas velas”. El pequeño párrafo que se encuentra en el Tratado de Sofrim del Talmud de Babilonia, recuerda aquella lucha y el famoso milagro del escaso aceite. Sobre el final, el texto sorprende al recordar que: “durante los 8 días de Janucá esas velas son sagradas, por lo que no está permitido utilizarlas para ninguna otra cosa excepto, para observarlas”.

Podríamos entender la indicación de no menospreciar ese fuego de recuerdo en cuestiones menores o triviales. Pero, ¿para qué aclarar la necesidad de observarlas? Porque descubrir un milagro exige tiempo. Reclama una mirada más allá de los ojos. Porque lo que vemos es muchas veces más convincente de lo que creemos.

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Viajamos en el tiempo. En tiempos bíblicos, mil años antes del milagro del aceite y el fuego que no se consumía, sucedía un hecho similar. Moisés pastorea sus ovejas por el desierto y de pronto, ve. Es algo inexplicable. Se acerca aún más para observar. El texto insiste cuatro veces en apenas dos renglones con el verbo ‘observar’. Es una zarza, un arbusto ardiendo en medio del desierto. Un arbusto que se quema, una llama que arde y no se consume. Entonces Moisés se pregunta: ¿Madúa? ¿Por qué?

Sólo el idioma hebreo contiene dos palabras para la pregunta “¿por qué?”. Una es “MADÚA” y la otra es “LÁMA”. “MADÚA” viene de la palabra “Madá” que significa “ciencia”. Es el ‘por qué’ que pregunta acerca de las causas, la búsqueda del origen de lo que nos sucede. Mientras que “LÁMA” viene de una conjunción de las palabras “Le Má”, que significa “para qué”. Es el ‘por qué’ que pregunta acerca del sentido de lo que nos pasa, la búsqueda del mañana al que nos puede llevar lo que nos sucede en el hoy.

Cuando nos preguntamos “¿por qué me pasa esto?” podemos elegir el ‘por qué’. Podemos preguntárselo al pasado o bien, al futuro.

Moisés observa el fuego. Queda embelesado ante la belleza del misterio. Las llamas bailan con sus colores intentando alcanzar el cielo. Desafían la gravedad, inspiran una iluminación interna. Allí en medio del brillo reconoce rostros, recuerda fragancias, escucha una voz. Al detenerse a observar profundamente, se pregunta: ¿Madúa?, ¿Por qué estoy acá? Y entonces descubre. Descubre que hay fuegos que no dependen de un combustible natural. Que su origen no es el arbusto, ni el aceite. Que hay fuegos cuyo origen lo trasciende todo. Una vez que entiende en el ‘Madúa’ que el misterio trascendente lo trajo hasta ese lugar, está listo para responder al ‘Láma’, y encontrar su misión en el mundo.

El milagro exige observar la intimidad de lo natural y descubrir su voz. Estar completamente presentes y abrir los sentidos a lo inefable. Si observamos el fuego con el alma atenta, concentrados solamente en la danza de la llama, podremos también nosotros escuchar. Escuchar la respuesta a esa pregunta que nos detiene. Escuchar en el susurro esa voz inconfundible de los que amamos. El consejo de aquella voz que necesitamos volver a oír para actuar, para decidir, para calmar.

Nada más parecido al fuego que el alma. Danza, arde, brilla, susurra, enamora e ilumina en constante elevación. Es por eso que nos intiman a que aprendamos a observar los fuegos de manera profunda, sin caer en la tentación de utilizarlos para nuestro provecho. Caminamos por la vida, a veces, sin prestar atención a los fuegos que nos regalan. Milagros de lo cotidiano. La Fiesta de las Luces llama a observar no sólo con, sino a través de la mirada, para alcanzar la iluminación. Observar a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos, a nuestros amores. A nuestros pasados y futuros. Allí están las respuestas a los Madúa y a los Láma.

Amigos queridos. Amigos todos.

Se trata de aprender a ver más allá de lo que dicen los ojos. La llama se mantiene con el combustible de lo que trasciende. Solo desde ahí, es que puede lograrse el milagro.

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