Al igual que otras temáticas, el analfabetismo está en estrecha relación con una cuestión de género. Las cifras dan cuenta que el atraso es mayor en mujeres y niñas. Entre los numerosos obstáculos que les impiden ejercer su derecho a estudiar y obtener un título, se destacan la pobreza, el aislamiento geográfico, la pertenencia a una minoría, la discapacidad, el matrimonio y el embarazo precoces, la violencia de género y las actitudes tradicionales relacionadas con el papel de las mujeres. Por dar un ejemplo, en Egipto un censo de población (2017) reveló que, de 18,4 millones de egipcios analfabetos, 10,6 millones eran mujeres. Asimismo, en Mozambique un 31% de las mujeres son analfabetas, en contraposición al 15 % de hombres. Por tanto, la alfabetización puede permitir que niñas y jóvenes tomen conciencia de otras problemáticas que las incumben, tales como matrimonios precoces, violencia de género o participación política, no sólo en los países mencionados, obviamente.
Aún existen grandes desigualdades de género en el acceso y permanencia de las niñas en las escuelas, ya que son ellas, en general, las más desfavorecidas. Y a pesar de los logros alcanzados, existe un mayor número de niñas que de niños sin escolarizar. El Instituto de Estadística de la UNESCO señala que en el mundo 16 millones de niñas nunca irán a la escuela y, además, que las mujeres representan dos tercios de los 750 millones de adultos que carecen de conocimientos básicos de alfabetización.
La Agenda mundial Educación 2030 reconoce que la igualdad de género requiere un enfoque que “garantice no sólo que las niñas y los niños, las mujeres y los hombres obtengan acceso a los distintos niveles de enseñanza y los cursen con éxito, sino que adquieran las mismas competencias en la educación y mediante ella”.
Crear programas de alfabetización dirigidos a las mujeres y mejorar sus capacidades puede propiciar cambios significativos. En muchos casos, las mujeres son sostén de hogar, por lo que educarse les permite encontrar o mejorar un trabajo, acceder a bienes materiales y simbólicos. En definitiva, redunda en el bienestar de sus hijos.
Necesitamos aulas donde los niños y niñas partan de la igualdad y problematicen la realidad, donde propongan cambios para su barrio. Pero para ello es necesario un docente que sostenga que alfabetizar es reconocer las individualidades y las subjetividades de sus alumnos, cuyas trayectorias son distintas a otras instituciones. Debemos romper con la idea de que todos los alumnos actuarán de la misma manera porque todos tienen la misma edad o que cursarán en tiempo y forma la escuela. Identificar las problemáticas de sus contextos permitirá buscar otras formas alternativas de enseñar para que puedan aprender de la mejor manera posible.
Hoy por hoy, el ritmo rápido en las aulas, la imprevisibilidad, donde suceden hechos que no están previstos e imponderables, hacen que, algunas veces, se quiera cumplir con los contenidos antes de reflexionar acerca de algunos temas importantes al interior de la escuela, de “esta escuela” y de “estos estudiantes”, con particularidades, tan diferentes a otros educandos.
Alfabetizar es comprometerse con el otro, es ser parte del andamiaje necesario para que ese niño o niña pueda descubrir e interpretar el mundo; un mundo más igual para todos y todas.
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