Un carpintero, una modista, un pescador de agua dulce, un inmigrante ruso, una docente, dos inmigrantes franceses. No son los personajes de una novela, sino padres y madres que, cada uno en su tiempo y en su contexto, encontraron oportunidades germinadas al calor de la educación para el desarrollo de sus hijos.
René Favaloro, el Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, el Nobel de Medicina César Milstein -destacado por sus aportes a la investigación de anticuerpos monoclonales, hoy una esperanza mundial frente al coronavirus-, y el también galardonado Bernardo Alberto Houssay fueron hijos de trabajadores que encontraron en la Argentina un suelo fértil para la movilidad social ascendente.
Reconstruir el entramado social para convertir la asistencia social en oportunidades concretas de trabajo para más de 5 millones jóvenes es una deuda de Estado. Saldar esa deuda es un deber moral que está más allá de ideologías y colores políticos. Porque privar a la juventud de oportunidades es condenar el futuro de las próximas generaciones.
Todos y todas merecen una oportunidad para abrirse camino, para construir sus propias vidas y emprender en una profesión, en un oficio, en el arte, en la cultura, en el mundo empresario o en el de los deportes. La suerte de los jóvenes -nada menos que 5 millones, y especialmente golpeados en relación a otros segmentos etarios de la población- es, en definitiva, la suerte y futuro de la nación.
El desempleo joven no es nuevo ni atribuible a un gobierno. Es un fenómeno mundial que en los últimos años se acrecentó a un ritmo vertiginoso impulsado acaso por el avance tecnológico como principal factor de cambio. Depende ahora de todos nosotros adaptarnos a la nueva realidad y convertir las crisis -pandemia y nueva realidad laboral- en una usina de oportunidades.
De abajo hacia arriba, como en la historia de carpinteros y pescadores cuyos hijos se formaron en la educación pública y luego se convirtieron en formadores de los que venían atrás. Recuperar esa dinámica requiere generar un suelo común, un punto de partida que sea igual para todos y todas. Y hay que remarcarlo: de abajo hacia arriba, siempre emparejando hacia arriba. Y una vez logrado ese suelo de igualdad, entonces sí se podrá reactivar y garantizar el empleo joven desde una perspectiva universal.
¿Se puede pensar en clases de piano o violín cuando no hay ni para un plato de comida en la mesa? ¿Se puede pensar en libros, apuntes o fotocopias para la facultad con los pies descalzos? ¿Se puede pensar en una escuela de danzas cuando una merienda de pan y mate cocido se espera como un milagro? ¿Se puede ir al Zoom cuando no hay ni para tostadas? Difícilmente se pueda pensar en emprender. Porque con hambre no se puede pensar.
Es el Estado el encargado responsable de poner en escuadra las diferencias de una sociedad brutalmente desigual. Es el Estado el encargado responsable de abrir puertas y construir puentes sin dejar a nadie atrás. Es el Estado el encargado responsable de garantizar el acceso a la educación, a la salud, al trabajo y a la propiedad.
Nivelar hasta que la plomada marque igualdad, brindar herramientas para que cada uno encuentre a tiempo su verdadera vocación, difundir la oferta educativa de cada una de las instituciones, algo que parece una obviedad, pero no lo es porque no todos tienen la misma posibilidad de acceso a la información; tender una mano y auxiliar a los que queden en el camino, y acompañar de cerca a quienes eligen el sendero del esfuerzo y la superación. Ese es el desafío. Esa es la obligación moral.
Reparar la averiada matriz del empleo joven es un objetivo prioritario y central en el gobierno de Alberto Fernández. Lograrlo -como se dijo- no depende de un gobierno, sino de una política de Estado que represente e identifique en compromiso y valores a la sociedad en su conjunto.
Como en la historia de los inmigrantes rusos y franceses, o la del pescador de Pontevedra cuyo hijo argentino se convertiría en Nobel de la Paz por su compromiso con la defensa de la democracia, y la resolución de conflictos por medios no violentos, hoy el drama del desempleo joven también genera procesos migratorios.
La diferencia es que hoy esos procesos no encuentran respuesta en horizontes lejanos -ni cercanos-. El drama de la falta de empleo para los jóvenes es mundial. Tres años atrás, en 2017, la Organización Internacional del Trabajo alertó sobre una situación de gravedad y una retracción drástica. Concretamente, entre 1997 y 2017 la fuerza de trabajo representada por los jóvenes pasó de 21,7% a 15,5%. En los hechos, 35 millones de trabajadores menos.
Los últimos datos del Indec confirman la tendencia global: mientras la tasa de desempleo se ubica en 13,1%, la medición para hombres de hasta 29 años alcanza un 22,7%; mientras que para las mujeres del mismo segmento se ubica en un alarmante 28,5%.
Ya en 2013, el Observatorio de la UCA advertía que el problema del desempleo juvenil alcanzaba una magnitud relevante en la Argentina. “Pocos jóvenes encuentran trabajo que se puede calificar como decente y la situación de empleo es particularmente precaria para jóvenes de bajos recursos”, algo que -remarcaba- “resulta un desaliento creciente y un alto riesgo de exclusión social”.
Según cifras de la OIT, en septiembre de 2019 había en el mundo 64 millones de jóvenes desempleados, y otros 145 millones que, aunque trabajando, eran pobres. Todo en un escenario previo a la pandemia.
Eso explica que los procesos migratorios en busca de oportunidades no encuentren respuesta. Por eso hoy más que nunca la presencia del Estado es decisiva para construir un futuro de más y mejor trabajo para los jóvenes, saliendo en auxilio de quienes quedan en el camino, promoviendo la formación, la capacitación y el entrenamiento en el mundo del trabajo.
Frente a un proceso de migración sin respuesta, una propuesta de acompañamiento y oportunidades para los jóvenes en sus lugares de origen. Frente a la expectativa difusa de una carrera en tierra lejana, una propuesta de arraigo, trabajo y prosperidad en un suelo patrio. Frente a la zozobra y la desesperanza, la reconstrucción de un país de trabajo, prosperidad y bienestar.
Ese es el desafío que nos convoca. Replantear una matriz laboral capaz de generar oportunidades para más de 5 millones de jóvenes. Replantear una matriz laboral capaz de generar su propia demanda de acuerdo a las necesidades propias de cada región; y todo de la mano de universidades e instituciones de formación a lo largo y ancho de nuestro país; generando propuestas laborales específicas para cada condición y entorno geográfico.
No es un cambio ni un reencausar que pueda lograr un gobierno. Es la tarea de un Estado más allá de ocasionales mandatos. Porque reformular una matriz ya oxidada y temporalmente desanclada en términos de reformulación tecnológica, requiere una política de Estado planificada desde el consenso y a largo plazo. Y es que ya ni siquiera se trata de garantizar el acceso a carreras universitarias tradicionales como Medicina o Abogacía, sino de generar propuestas laborales novedosas, eficaces y, fundamentalmente, capaces de cubrir las nuevas demandas.
Por eso la que viene no será la historia de un carpintero, una modista, un pescador, un inmigrante ruso, una docente y dos inmigrantes franceses. Porque en definitiva todo cambia. Así y todo, fortalecer la educación y replantear todas y cada una de las estrategias de capacitación y formación desde una perspectiva de inserción laboral será -de algún modo- encarar la reconstrucción de aquella gran patria de oportunidades.
La autora es presidenta del Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales y concejala ad honorem de la Ciudad de La Plata