Salud mental: el desafío de rearmarnos

El coronavirus, como otras conmociones que podemos sufrir en la vida, invita a repensarnos. Siempre las dolencias son singulares, pero además hoy el contexto nos interpela a todos y todas

Quienes tengan la posibilidad, no deberían desaprovechar el entretiempo de la pandemia para rearmarse. (Shutterstock)

El coronavirus nos arrojó un baldazo de conciencia de enfermedad y muerte, dos rivales que intentamos gambetear mientras corremos en la cancha de la rutina cotidiana. Perdimos la sensación de inmortalidad que ofrecía la vida más o menos ajustada a nuestros deseos y posibilidades. Mientras todo marcha en el orden establecido, nos sentimos omnipotentes y negamos la finitud. Pero el virus vino a contagiarnos también de realidades que no queremos ver: que juguemos como juguemos la derrota es inevitable. No hay de dónde aferrarnos para siempre. Nos alarma lo que no debería alarmarnos, porque la posibilidad de enfermar y la certeza de morir ya estaban descriptas en el contrato de la vida; pero lo firmamos sin leer la letra chica. Como tampoco hay de antemano un sentido a la existencia, hay que dárselo, hay que buscarlo, cada ser debe diseñar su propio mapa, porque de lo contrario recorrerá el camino que le tracen los demás y no será más que una marioneta de los deseos ajenos. La pandemia puso en letra grande que la vida es contingente, que no hay garantías, que nadie puede anticiparnos lo que sucederá. Pero el sacudón que le dio a cada existir puede ser aprovechado para generar algunos cambios, nuevos propósitos, para redireccionar la vida y vivir con más plenitud.

La pandemia instaló un quiebre entre el pasado y el futuro. Dejó el sabor de un ayer idealizado, nostalgia sobredimensionada por el malestar actual. Y tiñó de incertidumbre el futuro; aunque del mañana nunca tenemos certezas, en la actualidad todo parece más inconsistente, más líquido aún, como diría Zygmunt Bauman. ¿Pero por dónde empezar para rearmarnos? ¿Todo tiempo pasado fue mejor? Tal vez esta sea la pregunta fundamental, punto de partida de reflexiones sucesivas que posibiliten pensarnos y diseñar los cambios que deseemos realizar antes de entrar de lleno en la llamada “nueva normalidad”. De alguna manera no hay ser humano que no haya sido conmovido por las consecuencias del coronavirus; desde luego que hay personas más damnificadas que otras. Pero quienes tengan la posibilidad, no deberían desaprovechar el entretiempo de la pandemia para rearmarse.

Cuando el contagio del coronavirus se hizo real y no una noticia entre otras, se focalizó en la salud física y quedó en segundo plano la salud mental. Debimos aprender a cuidarnos y cuidar a los demás, para no enfermarnos, y trabajar en conjunto para que no se propague la enfermedad. Pero fueron pasando los días, los meses, el aislamiento y sus efectos, y la salud mental comenzó a complicarse. Las formas de percibirnos y percibir el mundo se modificaron de tal manera que nuestra identidad empezó a resquebrajarse también. El contexto siempre se hace texto, eso quiere decir que no es sin consecuencias lo que sucede a nuestro alrededor. Nos constituimos en un interjuego entre el ser individual y lo social. Entonces la salud mental se resintió porque todo lo que nos contenía, dentro como fuera de la casa, fue perdiendo su consistencia. Sin encuentros reales y sin abrazos. En un afuera de expresiones tapadas bajo barbijos, con miradas paranoicas, y con la tensión del coronavirus acechándonos; pero también los aciertos y las derrotas de quienes salen a la calle a pelearla con lo que cada día ofrece o quita en su perversa ruleta. Porque el trabajo aporta identidad y estabilidad económica y una gran parte de la población está desocupada, o trabaja menos, o desde su casa, con todo lo que eso implica. Una de estas tardes mientras atendía por videollamada, de fondo la paciente tenía un pizarrón superpoblado de números; una mujer que tuvo que hacer de su comedor aula de escuela. Se desarmó nuestra “normalidad”, nuestros proyectos. Cada tanto reviso mi agenda 2020 y no sé si reír o llorar; citas, reuniones, charlas, congresos y presentaciones de libros que fui tachando, postergando o reubicando en el incierto mañana. Se agrietó el formato o posible equilibrio psicoemocional que habíamos logrado antes de la pandemia. Y ahora nos enfrentaron a un nuevo desafío: rearmarnos.

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Es tiempo de repensar la salud mental. El descontento con la vida pasa factura. El malestar empujó, inevitablemente, a que se manifestaran algunos síntomas. Síntomas que son la forma en la que se revela el inconsciente, nuestro ser más íntimo. Si bien el coronavirus es uno, los seres y sus circunstancias son diversos. Es en relación a cuánto se alteró cada vida, qué síntomas se manifestaron, y cuánto costará rearmarse. La incertidumbre ha capturado la escena humana en general. Las angustias y las ansiedades, comunes en la vida nuestra, crecieron en intensidad, lo mismo que las conductas obsesivas y los miedos. La pandemia desordenó nuestra subjetividad, desacomodó el modo en el que nos sentíamos y nos percibíamos en el mundo. Cada ser lo va transitando como puede, acorde a la estabilidad psicofísica, a las condiciones emocionales, habitacionales y económicas que tenía antes de la pandemia, y cuánto se alteró todo esa estructura. Necesitamos de rutinas, de contenciones, y hoy todo se ha fragilizado. Aclarando siempre que quienes ya vivían en estructuras frágiles, sus vidas hoy están más arrasadas aún.

Recordemos que en las medidas de cuidado también entra la salud mental. Mens sana in corpore sano, insiste desde hace siglos la cita latina. Interconexión que establece que si se desajusta el cuerpo o la mente, se altera el equilibrio alcanzado. Por lo tanto urge rearmarnos anímicamente para ser y estar lo mejor posible en el mundo que se está redefiniendo. Pero reconquistar un bienestar psicofísico y social requiere de un trabajo profundo. Primero, registrar nuestros malestares, trabajar íntimamente para percibir lo que sentimos: saber qué nos pasa, cuánto nos afectó esta pandemia. Entender que el malestar es inevitable. Saturación, desasosiego, miedo, bronca, tensión, angustias, ansiedades, son sentimientos lógicos por ser humanos en medio de una situación excepcional, inédita. Y recordar que no necesariamente estos síntomas desencadenarán cuadros psicopatológicos. Son manifestaciones. Son caminos a recorrer. Pero también debemos saber que si no atendemos estos avisos, estos síntomas, puede complicarse nuestra salud mental. Siempre es importante detectar lo que sentimos y que surjan preguntas. ¿Por qué me siento así? ¿Qué cambió entre el ayer prepandemia y la actualidad? ¿Realmente vivía bien antes de la pandemia? ¿Cuánto me afectó la cuarentena? ¿Qué descubrí en esta suerte de pausa? Dialogar con nuestro ayer. Ser críticos y críticas con la vida que llevábamos y entonces recién proyectarnos, si es posible, en un formato de existencia más afín al deseo. Ponerle palabras a lo que sentimos es determinante, porque de lo contrario se manifestarán el cuerpo y el psiquismo. Hay una máxima psicoanalítica que dice que aquello que no se habla se actúa. Esto quiere decir que si no hablamos, si no ponemos palabras a lo que sentimos, hablará nuestro cuerpo a través de contracturas, dolores de estómago, de cabeza, alteraciones en el dormir, infartos, enfermedades psicosomáticas… Y hablarán nuestras emociones alteradas, oscilando entre las angustias y las ansiedades, la alegría y la tristeza.

El coronavirus, como otras conmociones que podemos sufrir en la vida, invita a repensarnos. Siempre las dolencias son singulares, pero además hoy el contexto nos interpela a todos y todas. Estamos en un tiempo en el que se nos invita a la toma de conciencia del valor de la vida propia y ajena. Pero por sobre todo es un momento que puede ser fecundo para repensar el sentido de cada existencia. Tiempo precioso que podemos aprovechar para rearmar nuestro bienestar singular en equilibrio con el mundo social y el planeta que sigue aguantándonos.

El autor es psicólogo y escritor

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