La reconversión del estudiante universitario

Cuando la pandemia sea superada, nos enfrentaremos a una “nueva normalidad” en la enseñanza universitaria

Hacia una nueva normalidad educativa (Shutterstock)
Hacia una nueva normalidad educativa (Shutterstock)

La situación de emergencia desatada por la pandemia del COVID-19 ha sido la impulsora de un cambio radical en las modalidades de aprendizaje en todos los niveles educativos, pero especialmente en la educación superior. Forzadas por el contexto, las universidades debieron recurrir a la educación remota como alternativa para garantizar la continuidad académica. De esta manera fue posible que se siguiera enseñando y aprendiendo en un contexto de aislamiento social preventivo y obligatorio, con diversos niveles de flexibilización según el territorio considerado.

Las respuestas del sistema universitario han sido heterogéneas entre las distintas instituciones e incluso al interior de cada universidad, dependiendo tanto de las capacidades pedagógicas de sus docentes como de los recursos tecnológicos a su disposición. La continuidad educativa en gran medida ha sido posible gracias al esfuerzo colectivo de cientos de docentes. Sin embargo, aunque mucho menos mencionado, también hay otro gran protagonista que hizo posible la continuidad académica: el estudiante.

La situación forzada obligó a los alumnos a familiarizarse con nuevas formas de aprender. Más allá del acceso a recursos tecnológicos, que constituyen una condición necesaria pero no suficiente para un satisfactorio desempeño, también ocuparon un rol central los hábitos de estudio y la capacidad de trabajo autónomo de los estudiantes. Para aquellos que transitaron su primer cuatrimestre como estudiantes universitarios, el contexto de aprendizaje significó realmente un gran desafío. No sólo supuso acelerar un proceso de adaptación a un nuevo nivel educativo, sino también a una nueva modalidad de aprendizaje a la que no estaban habituados. Probablemente este haya sido el colectivo estudiantil que debió enfrentarse a mayores dificultades. En estos casos resultaron sumamente relevantes las clases sincrónicas semanales con los docentes, que permitieron seguir un hilo de estudio, consultar dudas e intercambiar con otros compañeros. Un segundo segmento de estudiantes universitarios llegó con mayores herramientas: contando ya con experiencia universitaria debieron adaptarse a una modalidad de enseñanza remota. En estos casos fue muy relevante el acceso a materiales de estudio y la capacidad de organizarse con rutinas de estudio sistemáticas, que habilitaran tanto la adquisición de conocimientos como el desarrollo de competencias, valores y pensamiento crítico. Finalmente, los estudiantes avanzados se encontraron con la posibilidad obligada de desarrollar su capacidad de trabajo autónomo y de aprender a aprender. Sin dudas, aunque de manera no buscada, en muchos casos estos desafíos tendrán implicancias muy positivas para aquellos que pudieron superarlos. El gran riesgo que ha acentuado toda esta situación es la posible ampliación de las brechas entre quienes tienen la posibilidad de acceder y transitar adecuadamente una educación de calidad y quienes no tienen dicha oportunidad.

Sin lugar a dudas, en este breve período la educación superior ha cambiado. Cuando la pandemia sea superada, nos enfrentaremos a una “nueva normalidad” en la enseñanza universitaria, que será distinta a la anterior porque recuperará todos los aprendizajes de este. Se acentuará la diversificación del sistema de educación superior. Las modalidades híbridas de enseñanza, que articulan presencialidad y virtualidad, habrán llegado para quedarse. Se distinguirán propuestas formativas de alto valor de otras menos exigentes. La formación virtual supondrá para los estudiantes ventajas en cuanto al ahorro de horas perdidas de viaje en los grandes centros urbanos, así como también la posibilidad de articular la universidad con demandas laborales que suponen viajes o la alternancia de períodos variables de alta y baja exigencia. También facilitará el acceso a la educación superior a madres y padres jóvenes, así como los adultos mayores. Asimismo, la presencialidad seguirá siendo relevante y tendrá un peso fundamental en la conformación de redes de relaciones sociales que trascienda el estudio y suponga, a futuro, la pertenencia a colectivos profesionales que favorezcan la colaboración y el apalancamiento de carreras laborales, empresariales o científicas. Cada institución de educación superior dará distintas respuestas a estas demandas y se profundizarán las diferencias institucionales. Será clave para los estudiantes conocer cuáles son las respuestas que más se adecúen a sus situaciones personales para poder elegir aquella universidad más conveniente para su propia situación, de modo que le ofrezca mayores perspectivas de desarrollo profesional y personal.

El autor es miembro de la Academia Nacional de Educación