Comenzaré esta columna con una frase de Peter Drucker, referente de la estrategia empresarial: “La operación se come a la estrategia en el desayuno”. Adaptada a la realidad argentina quedaría así: “La política se come a la estrategia antes del desayuno”.
Desde niños los argentinos hemos escuchado hablar de planes económicos, y los ministros de economía han llegado a ser, por momentos, más importantes que los presidentes. En ocasiones se recurre a ellos como los salvadores de la patria, y se pretende que traigan esa tan buscada y pocas veces encontrada fórmula del éxito económico.
Este artículo de ninguna manera intenta restarle valor o importancia a un plan económico. De hecho, yo mismo me cansé de solicitar uno, que no parece estar a la vista. Y el presidente Alberto Fernández manifestó no creer en los planes económicos. Lo cual claramente es un disparate y nos obliga a pensar: ¿en qué sí cree, cuál es su idea para salir de la que ya es la peor crisis de nuestra historia?
Claramente, el problema no es nuevo y se refleja la estadística del Banco Mundial que muestra a la Argentina al tope de los países con mayor cantidad de años en recesión. El país se acostumbró a improvisar, a sobrevivir, a negar la realidad. Algo típico de quienes no tienen un plan u objetivos claros. Si Argentina fuese una persona, claramente sería un fracasado crónico.
En esta nota voy a hablar de algo de lo que pocas veces se habla y que debería ser el arma más valiosa para poder pensar en una recuperación económica pero, sobre todo, en el futuro del país. Intentar de una vez y para siempre alejarnos de la permanente pendiente negativa que nos sumerge en una decadencia que tiene como indicador más representativo el índice de pobreza, el cual no deja de crecer.
La primera palabra es conocida: “plan”. La segunda no tanto: “estratégico”. El mundo empresarial conoce bien el concepto y es imposible que una empresa no cuente con uno.
El plan estratégico es un documento integrado en el plan de negocios que recoge la planificación económico-financiera, estratégica y organizativa con el que una empresa u organización cuenta para abordar sus objetivos y alcanzar su misión de futuro. Por alguna razón, en la órbita estatal ni siquiera se debate en profundidad la idea.
Cuando se analiza a Argentina como un todo, claramente el panorama parece, al menos sombrío y cuesta mucho pensar por dónde comenzar a desatar el nudo que lleva años sin solución. Como el problema es tan grande, la solución también debe serla.
El plan económico del que tanto se espera debe ser parte de un plan estratégico más amplio. Para ir a lo concreto, debe comenzar por hacer un claro diagnóstico de la situación actual de todas las economías regionales, el contexto internacional (con el agregado del Covid-19), un análisis profundo de la economía sector por sector, un profundo análisis de las instituciones, etc.
Una vez realizado este diagnóstico tendremos las bases para poder pensar –con mucho consenso y amplitud– la visión de la Argentina para los próximos diez años. Con humildad y mucho pragmatismo es momento de definir dónde se encuentran las oportunidades, cuáles son las debilidades, las fortalezas estratégicas y a partir de ahí, poner objetivos claros y posibles. Por supuesto, todo esto debe ir acompañado de diferentes escenarios posibles.
Un primer ejemplo de la importancia de segmentar el análisis lo encontramos en las provincias argentinas. Vemos provincias como Mendoza y San Luis, que muestran niveles de actividad y empleo que superan la media del resto. Por otro lado, tenemos otras, como Formosa, Jujuy y Chaco, que muestran niveles de desarrollo equiparables a los países pobres de África. Estas realidades tan diferentes sin dudas muestran la necesidad de diferentes planes. En el primer caso para potenciar y en el segundo para desarrollar.
Si segmentamos por rubros, sucede lo mismo. El sector agrícola sigue teniendo gran potencial y con una clara inversión en infraestructura pueden lograr mejoras en el corto plazo. El avance tecnológico del campo argentino no tiene nada que envidiar a las principales potencias mundiales. Claramente, es necesario enterrar viejos rencores y mirar a futuro. Argentina está destinada a seguir siendo parte del granero del mundo, pero requiere mayor generación de valor y competitividad.
En lo que respecta a energía, el país cuenta con grandes oportunidades, como la eólica y la energía atómica (Argentina es uno de los siete países con capacidad para producir reactores nucleares). También en gas y petróleo, con el potencial de Vaca Muerta, que se ve afectada por la guerra de precios internacionales, pero que en un mediano plazo podrá abastecer el mercado interno y tal vez convertirse en una potencia internacional. Para todo se requieren inversiones y éstas solo vendrán con reglas claras y un plan a largo plazo.
La industria de la pesca, por ejemplo, es una de las “minas de oro” que históricamente no se logra desarrollar. Una extensión de costa que se estima cercana a los 6.000 kilómetros y con miles de barcos extranjeros que pescan de manera ilegal, nos indica que la riqueza es inmensa.
Si salimos del mundo de los commodities vemos que las posibilidades también son grandes. Sobre todo en la industria del conocimiento, donde Argentina cuenta aún hoy con un gran potencial. Para potenciar esta industria, de alto valor agregado, es clave contar con leyes apropiadas y una fuerte inversión en educación para generar más y mejores perfiles listos para proveer la mano de obra calificada a un segmento con mucha demanda. Es una industria de rápido crecimiento, lo que es clave en un país que no crece desde 2011.
Otra industria de la que poco se habla y que podría desarrollarse fácilmente es la de servicios profesionales. Es cada vez más frecuente que las organizaciones tercericen su contabilidad, finanzas, marketing, ventas, centros de atención telefónica, etc. Para ello es necesario mejorar la competitividad, no solo a nivel de precios, sino de infraestructura y leyes.
El turismo receptivo es otra de las industrias con mayor potencial en el corto plazo.
Ahora la cuestión es, ¿por qué a pesar de todas estas evidentes y recurrentes oportunidades no logramos dejar de caer en crisis y en la decadencia? Seguramente las respuestas a una pregunta tan amplia son varias. Solo me detendré en las que considero más importantes.
- Sistema político. Claramente, el sistema político argentino no busca el éxito de largo plazo, más bien todo lo contrario. El político local piensa en lapsos de dos años, que es lo que divide a las elecciones legislativas de las presidenciales. Están acostumbrados a anuncios populistas que buscan el voto fácil y de los sectores más necesitados, los que solo pueden pensar en cubrir sus gastos básicos, y están lejos de pensar en un futuro.
- Empresariado. Podríamos dividir a las empresas en grandes (2% del total) y mipymes (98% restante). Las grandes empresas por lo general se caracterizan por realizar negocios oportunistas que requieren de apoyo de la política, en general corrupta. Esto hace que pocas empresas –las hay–, piensen como mucho, en lapsos de cuatro años, que es justo lo que suele durar un gobierno. Con la llegada de uno nuevo seguramente deberán revisar y renegociar todos los acuerdos.
Las mipymes –que son aproximadamente 900.000 en la Argentina– sólo se enfocan en sobrevivir, y en el mejor de los casos intentan no perder contra la inflación, el dólar, las tasas de interés. Se ríen del largo plazo, ya que nadie puede marcar un rumbo o decirles que va a pasar mañana.
El empresariado en general –el grande y el pequeño–, sabe que su socio (el Estado) no lo quiere, pero lo necesita para recaudar. Esta eterna mala relación desmotiva y genera una visión por demás cortoplacista.
- Convicción ideológica equivocada. Existe una visión ideológica dominante en la política, pero también en muchos ámbitos de la sociedad, sobre el rol del Estado y el de los privados. Suelen verse enfrentados y no logran una coordinación clara. Como una pareja que no puede separarse, viven enredados en disputas de poder y pases de factura. Peleas que nunca generan algo positivo.
- Instituciones ineficientes y burocráticas. Las instituciones deberían estar a disposición de la producción y del trabajo, no en contra. El Estado presta servicios de mala calidad, muy ineficientes y genera burocracias que implican sobrecostos y demoras en la ejecución. Solo como parámetro, Argentina está al tope de los países menos competitivos y con mayores trabas para la apertura de una empresa. Y ni que hablar para el cierre. En resumen, abrir una es muy difícil y cerrarla –cuando te va mal–, implica gastar más dinero y liquidar cualquier oportunidad de reinvención.
Imaginemos que el futuro de su empresa depende solo de lo financiero (en el caso del Estado sería el ministro de economía). O sea, todas las decisiones se enfocan exclusivamente en obtener rentabilidad, en lograr un equilibrio entre ingresos y egresos. No olvidemos que el dueño de la empresa es un gastador compulsivo. Como no existe la posibilidad de generar más y mejores negocios, la única forma de lograr cumplir con los objetivos del accionista es ser creativo en la forma de conseguir dinero. A su vez, los empleados no lo respetan y también son gastadores y poco trabajadores. Así que también debe ser creativo en lograr mayores ingresos para ellos. Esta película no puede terminar bien.
Argentina necesita un plan estratégico, y punto. Con consenso, interdisciplinario, con visión, con objetivos claros y con la política en función de la estrategia. No al revés.
Este plan requiere de la parte económica, como de tantos otras, pero siempre con el fin de definir y cumplir con algo simple: “Un mejor futuro para los argentinos”.
Sin futuro el presente es sombrío. Con un presente sombrío el futuro lo es aún más.